Eduardo Pérez, un asunto de familia.
El director del Museo de la Patagonia, Eduardo Pérez, sosteniendo una imagen de Américo, su papá. Fotos: Facundo Pardo.
Eduardo Pérez camina por el Museo de la Patagonia como si lo hiciera por su casa. Y, en cierto modo, lo es. Porque, más allá de ser su actual director, hace treinta y tres años que trabaja aquí, donde también cumplió funciones su padre, Américo. Antes, su abuelo Manuel Jesús también había desempeñado tareas en Parques Nacionales.
Tres generaciones en este rincón de la Patagonia, en labores vinculadas al cuidado de la cultura y la naturaleza.

Un museo con mucha historia.
Sobre su abuelo, Eduardo cuenta: “Ingresó a Parques en 1937. Estuvo en el montaje de la Modesta Victoria y fue su primer marinero. Se jubiló en 1978”.
Acerca de su papá, en tanto, indica que ingresó a Parques en 1967 y se jubiló en 2015. Había empezado a trabajar en Movilidad, pero en 1977 el director del museo de aquel momento, Alberto Félix Anziano, lo convocó para que se sumara a ese sector.
Américo falleció hace dos años, y una foto lo eterniza en el hall de entrada del Museo de la Patagonia.

Interés por los tiempos pasados.
Entonces, este sitio ha estado presente para Eduardo desde la niñez (en la actualidad, tiene cincuenta y dos años). Cuando era pequeño, solía visitar a su papá e incluso se interiorizaba por el material que había en el lugar. “Siempre fui un bicho de biblioteca”, sonríe, y comenta que, durante su etapa en la primaria y en la secundaria, siempre escogía bibliotecas como sitios para estudiar. De esa manera, desde chico conoció las del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Centro Atómico, por ejemplo.

Los libros siempre llamaron la atención de Eduardo.
Y, con ese cariño por el saber, más la impronta grabada a fuego por ser tercera generación de trabajadores de Parques, Eduardo empieza a hablar del Museo de la Patagonia, brindando datos diversos.
De tal manera, comenta que a partir de la Ley 12.103, que determinó la creación de la Dirección de Parques Nacionales, el Parque Nacional Nahuel Huapi y el Parque Nacional Iguazú, se impulsó una política en la cual figuraba la intención de que cada una de esas áreas protegidas contara con un museo.

Fotografías que reflejan tiempos añejos.
De aquel proyecto, el Museo de la Patagonia fue el único que logró permanecer y crecer con el tiempo. “A este nivel, es el único que existe”, destaca Eduardo, que suma: “Para Parques, tiene un valor enorme, porque acá está la carta de donación de Francisco Moreno a la Nación de tres leguas (ubicadas en cercanías de Lago Frías y Puerto Blest, al oeste del lago Nahuel Huapi), y el inicio del expediente, donde empieza toda esta historia que tiene que ver con los parques nacionales y las áreas protegidas”.

Francisco Pascasio Moreno; su legado se resguarda en el Museo de la Patagonia.
“El 6 de junio de 1939 salió la resolución del Directorio por la que se creó el museo, y las puertas se abrieron el 17 de marzo de 1940, en el marco de la inauguración del Centro Cívico”, narra.
Así, menciona que “el primer director fue Enrique Amadeo Artayeta, que era conocido de Ezequiel Bustillo y tenía una colección propia, etnográfica y arqueológica, que Parques adquirió para la creación de este museo”.
“Artayeta se dedicó mucho tiempo a recolectar material. Era autodidacta. Investigaba acerca de las piezas y estudió las lenguas mapuche y pampa. Publicó muchos artículos en diarios acerca de los pueblos indígenas, sobre todo de Norpatagonia”, expresa Eduardo, quien, al referirse al objetivo que guio los orígenes de la institución, señala: “Se necesitaba contar con una síntesis sobre la región, por eso, desde el primer momento, se pensó en un museo regional, que abarcara todo el terreno patagónico, y se tomó a Bariloche, al Parque Nacional Nahuel Huapi, como la puerta de acceso a Patagonia. Querían contar la historia natural y cultural de la zona”.
Asimismo, recuerda, entonces, que la base fue “la colección etnográfica y arqueológica de Artayeta”, y después “se comenzó con el trabajo de recolectar otras cosas”.

El esquí también está presente en el museo.
Una de las características de aquellos tiempos iniciales tenía que ver con mostrar la totalidad de los objetos con que se contaba, es decir, no había depósitos. En cambio, en la actualidad, se observa una línea histórica explicativa acompañando a determinados elementos, mientras que otros se muestran en ciertas ocasiones. Lo que no se exhibe, en tanto, se mantiene en diversas reservas (se lo resguarda, no son meros depósitos).
Esa primera intención de exponer todo llevó a que se mandaran a fabricar —a medida— vitrinas de distinto tipo, en roble y cedro. La mayoría del mobiliario actual pertenece a aquellos tiempos primigenios.

Eduardo, brindando detalles de la historia del museo.
Eduardo informa que, tras Artayeta, el rol de la dirección quedó en el ya mencionado Alberto Félix Anziano, desde 1955 hasta los primeros años de la década del ochenta.
“Él era taxidermista, y muchos que conocen del tema han alabado su labor”, apunta, en referencia a las piezas sobre las que trabajó y que están en exhibición.

El cuadro de Berni que el museo atesora.
Luego, la antropóloga social Cecilia Girgenti fue directora, hasta 2007.
Eduardo resalta que gracias a ella se rescató mucho material que, precisamente, si no hubiese sido por su desempeño, se desconoce qué hubiese pasado. Por ejemplo, rememora que, cuando la Administración de Parques Nacionales se desprendió del hotel Llao Llao, fue ella quien intercedió para que el cuadro Jujuy, de Antonio Berni, que estaba en aquel establecimiento, pasara al museo, junto con muchas otras cosas.

Información y objetos confluyen en el edificio ubicado en el Centro Cívico.
Después de Cecilia, fue el turno del licenciado en Historia Eduardo Bessera. “Con él se amplió el archivo documental y la biblioteca”, expone Eduardo Pérez, quien, en marzo de 2020, lo sucedió.
Si se está atento a la fecha, se recordará que en aquel tiempo desembarcó la pandemia de covid. Es decir, lejos estaba de ser el mejor momento para hacerse cargo de un museo. Pero Eduardo supo capear la situación. “Fuimos uno de los primeros museos que abrió pospandemia”, afirma con orgullo.

Cada documento es un tesoro.
Así, tras destacar los puntos distintivos en la labor de las personas que lo precedieron en el cargo, Eduardo —licenciado en Museología, Repositorios Culturales y Naturales— reflexiona que lo suyo tiene más que ver con “la puesta en valor de los objetos”.
“Las colecciones continuamente se van incrementando. Ingresan cajas de manera constante. Se traen piezas para guardar y estudiar. Cualquier sociedad necesita contar con un lugar de resguardo, de reserva, de manejo del patrimonio. Algunos dicen que el museo es el lugar al que viene a parar lo que se descarta, pero no es así. Nada es basura ni descartable. Todo tiene valor si lo ponemos en contexto”, aprecia.

Con el alma en el museo.
Asimismo, remarca que la intención es que “el museo esté integrado a la sociedad”, y sostiene: “Intentamos que todos tengan acceso al material. El universo de las ciencias nos considera un espacio de reserva y custodia. Los investigadores vienen acá. Los museos deben ser accesibles en todo sentido. Un documento tiene que estar al alcance de cualquiera que desee consultarlo, al menos en fotografías de alta definición o copias”.

Los documentos pueden consultarse.
Eduardo, cuando ingresó a trabajar en el museo, comenzó en el área de atención al público; luego fue asistente de montaje y se desempeñó también en el área de reservas, donde aprendió diversas tareas relacionadas con la conservación.
Además, compartió el lugar con su papá, que estaba en recepción y atención al público. “Éramos muy cómplices, y él tenía una memoria privilegiada”, evoca el hijo, para luego sumar: “Decía que el museo era su segunda casa, vivía para esto. Me daba muchos consejos, y me enseñó varias cosas que hoy aplico. Cuando se jubiló, no podía olvidarse de este lugar”, cuenta, mirando la fotografía de su padre en el sector de ingreso al museo, imagen que, de alguna manera, mantiene a Américo presente en ese sitio al que tanto quiso.



