¿El inglés suena más verdadero? Mariana Dimópulos reflexiona junto a J. M. Coetzee

Instalada en Berlín desde 2020 –en lo que define como su «segunda casa», tras una estancia previa entre 1999 y 2005–, Mariana Dimópulos se conecta desde su computadora. Así participó ayer en la charla que compartió con J. M. Coetzee. El autor sudafricano estuvo en la sala Victoria Ocampo de la Feria del Libro para presentar Don de lenguas (El hilo de Ariadna), un diálogo sobre lo que hace humano al lenguaje.

Mariana Dimópulos, escritora argentina, aborda el diálogo que sostiene con el Nobel sudafricano en Don de lenguas.  Foto: Catalina Bartolomé, gentileza Filba.

De su relación con el ganador del Premio Nobel, asegura: “Fue un camino de encuentro personal. Viví dos meses en Adelaida, una ciudad pequeña de Australia, y allí surgió una amistad que podría no haber sucedido, pero sucedió”.

Dimópulos volvió a Australia, esta vez a Sídney, invitada por él para participar en una conferencia sobre «la cuestión del sur»: el eje sur-sur, las lenguas y la circulación de libros. “Así se me activó todo el protocolo de pensar sobre la traducción. Trabajé con él primero traduciendo a Robert Musil para una colección que él curaba, y luego surgió la invitación para traducir El polaco, que fue la piedra basal de nuestra colaboración en el ensayo Don de lenguas”.

–¿En qué momento esos apuntes técnicos de traducción de El polaco trascendieron el oficio para convertirse en un ensayo sobre la naturaleza misma del lenguaje?

–La aspiración del proyecto surgió del «gesto» de Coetzee de hacer circular sus libros primero en castellano y en Argentina. No fue un proceso ingenuo. Yo venía de dar clases de teoría de la traducción en la UBA (recientemente me doctoré en la Universidad de Bonn con una tesis sobre filosofía y traducción que se va a publicar este año en Routledge, editorial especializada en el campo de la edición académica). A mí se me activó inmediatamente el protocolo de pensar la traducción no solo como técnica, sino como un agente dentro del mapa del libro. Lo que comenzó como un intercambio sobre matices lingüísticos terminó siendo un diálogo sobre cómo las lenguas nos habitan, nos dominan y nos permiten –o nos impiden– nombrar la verdad.

Se permite una salvedad: “No soy la mejor intérprete de su obra en general”, dice, y sin embargo avanza. La zona que le interesa no es tanto la totalidad de J. M. Coetzee como el modo en que se vincula con la lengua. Ahí aparece una clave: el inglés no como pertenencia, sino como dirección; una lengua hacia la que se fue, más que una en la que nació. “No es su lengua materna –explica–, aunque creció en un mundo donde también se hablaba inglés, donde la educación misma estaba moldeada por el inglés, casi derretida en él”.

Mariana Dimópulos, escritora argentina, aborda el diálogo que sostiene con el Nobel sudafricano en Don de lenguas.  Foto:  gentileza Adriana Hidalgo.

Desde ese desplazamiento se entiende mejor la dimensión de su figura. “Es un Nobel muy leído –subraya–. Cuando viajo a Estados Unidos o converso con gente de la universidad, aparece siempre como parte fundamental del canon en lengua inglesa”. Desde ese lugar de autoridad, retirarse de una lengua en la que alcanzó ese nivel de prestigio y reconocimiento resulta, para ella, un gesto de enorme interés. Y precisa el alcance de ese viraje: no se trata de cualquier lengua sino del español, un idioma de alcance global –con más de 500 millones de hablantes– y con una historia, también, atravesada por la violencia. “Es otra lengua imperial, con su propio pasado lleno de sangre, como el del inglés”.

–Ese «gesto» de Coetzee de publicar primero en español parece una subversión política del sistema editorial. ¿Cómo lo definís técnicamente?

–Es un gesto glotopolítico. Un autor central del canon en inglés decide retirarse, aunque sea momentáneamente, de esa lengua de autoridad para volcarse al español. Y no solo eso: propone a las editoriales valorar por igual el original y la traducción, como si la traducción fuera, en sí misma, el original. Ahí hay una crítica directa a la industria global, donde el inglés sigue funcionando como árbitro de lo que vale. Él llegó a decirme que, si el original de su novela hubiera estado en albanés, nadie habría insistido en la importancia de traducir desde el original; lo hacen porque el inglés es una lengua de gran prestigio imperial. Al elegir el castellano –y, específicamente, la variedad dialectal argentina para sus primeras ediciones– está subvirtiendo el orden «natural» de los hechos editoriales.

–Recién señalaste que idiomas como el inglés o el español no son simples herramientas de comunicación neutrales, sino que cargan con una historia profunda. ¿A qué te referís exactamente cuándo afirmás que estas lenguas tienen un pasado «lleno de sangre»?

–Me refiero a que el español y el inglés son lenguas mundiales cuyo prestigio y alcance actual se asientan sobre un pasado de expansión imperial y colonial. Históricamente han funcionado como agentes de dominación y estandarización, utilizados por los Estados-nación para unificar poblaciones bajo un idioma oficial y marginar –o excluir– a quienes no pertenecían a esa cultura. Un ejemplo extremo es la figura del lingüicidio, como ocurrió en Australia, donde lenguas de pueblos originarios fueron sistemáticamente erradicadas al prohibir a sus hablantes el uso de su lengua materna para imponer el inglés por la fuerza. En América Latina, este proceso se manifestó tras la Conquista y se consolidó en el siglo XIX, cuando los Estados asumieron la misión de estandarizar las lenguas centrales para someter a las poblaciones indígenas a través del idioma. Por lo tanto, la lengua no es solo una cuestión de gramática o afectos íntimos, sino un agente de poder que a menudo ha avanzado destruyendo o silenciando otras formas de habitar y nombrar el mundo.

–Hay un punto fascinante en el libro sobre la «validación» de la verdad según el idioma. ¿Es cierto que algo suena «más verdadero» si se dice en inglés?

–Es un problema muy antiguo y europeo. En Estados Unidos, por ejemplo, no tienen plena conciencia de que la lengua inglesa domina el mercado mundial del saber. Una frase dicha en un paper científico escrito en inglés parece «más verdadera» que la misma frase enunciada en castellano o albanés. Es polémico, pero el simple hecho de enunciar algo en la lengua de dominio parece otorgarle una legitimidad automática. Coetzee ve esto en todos lados y por eso su decisión de «neutralizar» su prosa, de escribirla de forma «depurada» para extraerla de toda pertenencia imperial.

–Con Coetzee debaten la distinción entre «lengua materna» y «lengua paterna».

–Es un debate central. Definimos la lengua materna como la de la intimidad, la que aprendemos en brazos de nuestra madre y se convierte en el idioma del corazón, donde las palabras nos parecen «naturales». La lengua paterna es la lengua mayor: la de la escuela, el Estado, el mercado y el poder. Coetzee tiene una historia familiar compleja de lenguas abandonadas por el progreso social: el polaco y el alemán de sus ancestros fueron reemplazados por el inglés. Es un hombre cuya relación con el inglés es de ida; no es su lengua materna. Se crio en un mundo multilingüe, entre el afrikáans y el inglés, y siempre se ha sentido un poco «impostor» en la cultura anglófona.

–¿Cómo se refleja esto en tu propia historia familiar?

–Yo estoy atravesada por esos caminos. La lengua materna de mi padre es el griego, pero con sus hijos nunca la usó; mi madre nació en España y llegó de niña a la Argentina, conservando un acento peninsular muy marcado y sin dominar nunca el voseo. Yo crecí viendo a mi padre hablar griego con su madre, diálogos de los que yo no entendía una palabra. Para mí, la lengua no es solo afecto; es también el Estado, es un pacto con los otros, es ir hacia lo ajeno para entender lo propio. En mi caso, opté más tarde por otras lenguas impulsada por el deseo de ideas: el alemán de Frankfurt, el inglés de las novelas del XIX o el francés del existencialismo.

–En un mundo que parece girar cada vez más hacia la hegemonía de una sola lengua, ¿qué tan vasta es la diversidad lingüística que realmente nos rodea?

–La multiplicidad de expresiones que poseemos los seres humanos es inmensa, aunque muchas veces no seamos conscientes de su magnitud. Si bien anteriormente se manejaba la cifra de aproximadamente 6.000 idiomas en el mundo, en la actualidad ya se habla de unas 7.000 lenguas. En el caso particular de la Argentina, está comprobado que en su territorio conviven 14 lenguas, a pesar de que la estructura educativa oficial ha tendido históricamente a la homogeneización y son muy pocas las escuelas bilingües que imparten clases en lengua indígena y español. Esta diversidad nos revela que una gran parte de la población mundial habita un espacio «entre lenguas», lo que demuestra que la identidad no es algo monolítico, sino un proceso atravesado por la experiencia de lo ajeno.

Mariana Dimópulos, escritora argentina, aborda el diálogo que sostiene con el Nobel sudafricano en Don de lenguas.  Foto:  gentileza.

–Pensemos en el futuro. ¿Cuánto puede cambiar el universo de la traducción con la Inteligencia Artificial?

–Mi tesis es que, una vez que la tecnología de traducción de voz a voz progrese y cancele la latencia –ese pequeño titubeo en el intercambio–, ya no será necesaria una lingua franca. Cualquiera podrá hablar en su lengua materna y ser oído en la lengua del otro. El inglés perderá su dominio como herramienta de comunicación universal porque la lengua será, en efecto, la traducción misma. De hecho, estoy escribiendo unos textos para el Instituto Cervantes sobre estas “futurologías”.

–¿Cómo funcionaría esa «lengua de la traducción»?

–Como señalaba, cualquiera podrá hablar en su lengua materna y ser oído en la lengua del otro. El inglés perderá su dominio como herramienta de comunicación universal porque la lengua será, en efecto, la traducción misma. Esto abre una posibilidad histórica que hasta hace poco era difícil de imaginar: el fin de la hegemonía anglosajona a través de la automatización. Me interesa especular –en el sentido de pensar– sobre ese escenario.

–Ustedes plantean que escribir es usar la propia lengua «como si fuera extranjera».

–Es una metáfora que tomamos de Marcel Proust. El autor no busca la perfección retórica, sino que trabaja su idioma hasta volverlo extraño. Kafka decía que nada era tan difícil como lograr que un personaje saliera de una habitación con solo escribir “salió”. Coetzee escribe en un inglés “depurado” y neutralizado, como si fuera una lengua extranjera. Traducir eso implica desaprender ciertas comodidades del idioma para respetar esa extranjería interna.

Mariana Dimópulos, escritora argentina, aborda el diálogo que sostiene con el Nobel sudafricano en Don de lenguas.  Foto:  gentileza.

–Además de Don de lenguas, presentás en la Feria otro libro muy importante: El siglo de Hannah Arendt. Cómo las mujeres revolucionaron el pensamiento político.

–Es un libro sobre cómo, a principios del siglo XX, las mujeres adquirieron dos derechos decisivos: el político y el acceso al saber técnico a través de la universidad. Esa combinación dio lugar a una filosofía política escrita por mujeres. Retrato a siete pensadoras, desde Rosa Luxemburgo hasta Judith Butler, pasando por Simone Weil, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt, Iris Murdoch y Ágnes Heller. No es un libro de feminismo en el sentido tradicional; es una invitación a pensar una tradición estratégica producida por mujeres que ingresaban como sujetos de derecho a la política. Necesitamos que las mujeres piensen estratégicamente, no solo que luchen. Como digo a veces, medio en broma: el próximo Marx será una mujer.

Don de lenguas, de J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos (El hilo de Ariadna).

El premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee dialogó ayer con Mariana Dimópulos y participará hoy miércoles a las 19:00 del ciclo La Palabra Indígena. Diálogo con Escritoras y Escritores Originarios. Mesa I. Presentación del libro “Un mal salvaje”, J. M. Coetzee y Fabián Martínez Siccardi en la sala Victoria Ocampo.

Redacción

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