Siempre seremos cuatro. Esta frase, aparecida mensualmente durante quince años, es una de las que más éxito histórico ha tenido en la sección de necrológicas de La Vanguardia . Parte de la familia de Manuel Martínez Calderón lo recordaba con unas simples palabras que, sabrá Dios, quizá tenían su vida propia. En la ultra tecnológica época actual—en la que lo habitual es colgar en redes sociales una foto y un texto emotivo de la persona fallecida—es de agradecer que todavía haya quien comunique a través del papel los fallecimientos de sus seres supuestamente queridos. Si, además, se puede expresar de forma creativa, mejor que mejor. Así lo hizo la familia de Manuel Brañas González, de quien explicaron sus allegados, a modo de hermoso chiste, que cada día solía leer todas las esquelas menos, obviamente, el día en que se publicó la suya. Por suerte, hay quien se toma la vida como una seria broma, aun sabiendo que el río de Jorge Manrique acaba siempre en el mar.
A una conocida florista de la Rambla alguien de Mas Rampinyo le regaló una esquela en vida y es algo que la alegró enormemente, aceptando que hay personas que no comulgan con este humor fúnebre.
Evocan misteriosos ecos de espionaje y mensajes camuflado, y tienen un componente literario
El culé Pere Serra i Guinjaume y su familia, una vez al año, compartían un diálogo público acerca del Barça y hubo quien escribió al Defensor del Lector mostrando su rechazo y, en parte, preocupándose más de las muertos ajenos que de los propios vivos.
A nivel social, una necrológica no deja de ser una información local más extensa de lo que parece. La mayoría aparecen presididas por la cruz de Cristo pero, según cada creencia, hay distintas variantes: la Estrella de David, la paloma de la paz, la senyera o, directamente, la nada. A veces, son empresas o entidades quienes las publican y, del mismo modo que hemos visto componentes divertidos, en demasiadas ocasiones pueden ser especialmente dolorosas, ya que nos muestran edades injustas o familias desgarradas. Cuando refieren a alguna persona destacada, encuadran un fallecimiento ya conocido. Y hay días que sorprenden en la cercanía porque, como decía el padre de José Luis de Vilallonga, últimamente se muere gente que antes no se moría. Se activan entonces recuerdos laberínticos, se sopla sobre la brasa de rencillas arrinconadas o se generan reencuentros personales, aunque sean breves y de tanatorio. Evocan también misteriosos ecos de espionaje y mensajes camuflados en estos pequeños obituarios. Y tienen un componente literario.
Eduardo Mendoza ha explicado alguna vez que, entre sus personajes, hay apellidos que salieron de esquelas publicadas. Si, como hacemos muchos, alguien pretende imitarle, que esté atento cuando vayan cayendo todos aquellos a quienes se le ha concedido la Creu de Sant Jordi, ya que uno de los aspectos que implica este reconocimiento es una esquela en edición de papel. Y no de las pequeñas precisamente



