En cualquier ciudad del mundo, uno puede entrar a un café de especialidad y sentir una extraña familiaridad. Azulejos blancos, barra de acero, tipografías limpias, baristas con delantal beige. El menú: flat white, espresso, doppio, lungo; nada en castellano. La escena es reconocible incluso antes de oler el café. Lo mismo ocurre con los edificios, los rostros o los perfiles de Instagram. Todo empieza a parecerse demasiado a todo.
Esa sensación forma parte de un proceso más amplio de homogeneización cultural: la tendencia a reducir la diversidad mediante la repetición de formas, estilos y gustos hasta volverlos iguales. En su versión más cotidiana, eso significa que las diferencias locales se diluyen en favor de un estándar global.
La globalización y, sobre todo, los algoritmos han acelerado esa convergencia. Las redes sociales organizan el mundo en comunidades de interés cada vez más precisas y nos muestran aquello que más se parece a lo que ya nos gusta. El resultado no es la diversidad infinita que prometía internet, sino una especie de circuito cerrado donde lo distinto queda relegado y lo familiar se reproduce de manera reiterativa.
Incluso lo que se presenta como alternativo termina estandarizado. El café de especialidad es un buen ejemplo. Nacido como reacción a la lógica industrial como es la cápsula de Nespresso e incluso al café quemado de toda la vida, terminó desarrollando su propio lenguaje universal. Un código estético reconocible en cualquier capital: minimalismo, neutralidad, una cierta idea de “calidad” que se expresa más en el entorno que en el producto.
La arquitectura atraviesa un proceso similar. La ciudad deja de ser un relato singular, con excepción de los cascos históricos, para convertirse en una sucesión de piezas compatibles. Barrios enteros que responden a un mismo patrón global. Los nuevos desarrollos son imposibles de distinguir unos de otros en el que no hay rastro de particularidades originales ni mucho esfuerzo estético. Sólo se observan cubos blancos y líneas rectas. Un lenguaje donde el color también tiende a lo funcional, a la monotonía monocromática de lo neutro.
Pero tal vez el terreno donde la homogeneización se vuelve más inquietante es el cuerpo. La proliferación de ciertos estándares estéticos, pómulos marcados, labios de hialurónico, nariz pequeña, piel aplastada no por la almohada sino por el bótox, ha generado una suerte de “cara global”. La medicina estética ha sido amplificada por redes sociales, eliminando la diversidad de rasgos.
Lo distinto sigue existiendo, pero como parte del menú. Lo “raro” se domestica y también es parte de lo que se ofrece.
Lo homogéneo es más fácil de producir, de consumir, de comprender y de replicar. Permite moverse por el mundo sin esfuerzo y sin sorpresa. Pero también elimina aquello que hacía a cada lugar, y a cada experiencia, algo difícil de imitar.
Tal vez por eso la incomodidad que genera esta sensación de déjà vu permanente. Si todo es similar, si da igual estar en cualquier parte del mundo ¿qué queda de lo propio?
Pero quizás el problema no sea solo que todo se parezca, sino que esa semejanza se haya convertido en aspiración. Tener la misma cara, la misma casa, hablar con los mismos anglicismos, moverse en los mismos códigos estéticos es un símbolo de estatus. No distingue lo propio, sino la capacidad de alinearse con un estándar global que funciona como marca de pertenencia.
Y en buena medida lo hacemos porque está de moda. Porque esos códigos circulan como tendencia y deseo. Lo vemos y lo queremos. Lo aspiracional no surge de la nada, se construye colectivamente y se refuerza en cada gesto cotidiano. Así, entre flat whites, bares en tonos pastel y caras cada vez más parecidas, todo empieza a tener gusto a nada.




