Manolito, el amigo de Mafalda, es una persona real que tenía un almacén a la vuelta de la casa de Quino en San Telmo. Hace algo más de un siglo, el 10 por ciento de todas las personas que vivían en la ciudad de Buenos Aires habían nacido en Galicia. Diego Maradona tiene sus orígenes familiares en una localidad gallega de la provincia de Lugo. Se dice que Buenos Aires es la quinta provincia gallega y el periodista español Arturo Lezcano (Ferrol, 1976), que vivió como corresponsal de medios europeos durante seis años acá, ratifica esa idea mitológica en su libro El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega (Libros del K.O.), que está presentando mañana en el Centro Cultural de España en Buenos Aires y que agotó ejemplares en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires la semana pasada. Porque lo que sobra en la capital argentina son nietos de gallegos.

El libro se publicó al mismo tiempo en castellano y en gallego, con más de 600 páginas y detalles de diseño que hablan de la reflexión y el cuidado sobre el tema. En el lomo del volumen, un puntito minúsculo representa a escala a la Galicia territorial en relación con la monumentalidad del continente americano, que pobló con su diáspora. En la faja, un mapa con los caminos que recorrieron los migrantes desde su pueblo hacia América. Un dato: en el territorio gallego viven unos 3 millones de ciudadanos. Fuera de ahí, más de 563.000, por lo que el 20 por ciento de la población gallega total reside lejos del país, con una gran mayoría asentada en América (más de 400.000). Sobre esa diáspora es que se lanzó Arturo Lezcano.
El periodista contó días atrás en la Feria del Libro que su «método científico» de abordaje sobre el universo que quería retratar era simple: «Me sentaba cerca de la persona y le pedía que me contara su historia», explicó. Invariablemente, hombres y mujeres, muy mayores o no tanto, le respondían que no había nada que contar, que la suya era una vida sin interés. Dos horas después, prácticamente tenía que escapar porque los recuerdos seguían manando de memorias siempre prodigiosas para evocar «a terriña» que habían dejado del otro lado del mar y la epopeya de cruzar el Atlántico y volver a empezar de este lado.
En primera persona
El propio Lezcano conoce la emigración en primera persona. Su madre, Viruca, le repite con frecuencia que él mismo nació «gracias a Fidel Castro». Parece que, de no haber sucedido la revolución cubana, ella habría también partido hacia la isla para reunirse con un tío, por lo que difícilmente hubiera conocido a su marido, el padre del periodista. Es que lo exótico en Galicia es no tener un migrante en la familia.
Ese fenómeno que atraviesa la historia de Galicia (y, en el reverso, también la de la Argentina) fue analizado por historiadores, sociólogos, lingüistas y economistas. En la Argentina, los historiadores Fernando Devoto, María Liliana Da Orden y Ruy Farías Iglesias son referencia en la materia, así como en Europa lo es su par Xosé Manoel Núñez Seixas. También la literatura de allá y de acá abordó el tema (en Europa, las novelas de Víctor Freixanes y María Xosé Porteiro, por citar solo dos autores, y aquí las de María Rosa Lojo, por caso). Pero el periodismo, más allá de la noticia del día, aún tiene una deuda con la emigración en lo que refiere a los abordajes en profundidad, con las herramientas de la crónica. Eso es lo que hace Lezcano.
Para eso, realizó a lo largo de doce años más de 200 entrevistas detenidas, minuciosas, de pura escucha. Luego, seleccionó las vidas representativas de singularidades y continuidades del fenómeno migratorio en la Argentina, Cuba, Uruguay, Brasil, Nueva York, Venezuela, México y Panamá. El resultado es un espejo en el que es imposible no verse. Antes de presentar el libro mañana en el CCEBA, Lezcano respondió las preguntas de Clarín.
–¿Cuán evidente es, para quien llega de Galicia a Buenos Aires, la huella gallega en la ciudad y, en ese caso, dónde concretamente la ves (y nosotros no porque la tenemos naturalizada)?
–Para mí, en Buenos Aires como en otras ciudades, y estoy en Montevideo ahora mismo, en la avenida 18 de Julio, es muy perceptible. Hay huellas visibles y huellas invisibles. Para el gallego que llega a Buenos Aires por primera vez, es como entrar en una especie de eucronía, una realidad paralela en la que coterráneos nuestros formaron una sociedad que es como otra Galicia paralela en el tiempo y en el espacio. Y es una sensación muy, muy extraña para quien llega por primera vez, porque está viendo realmente caras gallegas, apellidos gallegos por todos lados, en los colectivos, en los bares, en las tiendas, en los apellidos de una clase de colegio, de un diario o en cualquier lugar donde aparezcan nombres. Son huellas que son invisibles porque forman parte del ser argentino y están tan naturalizadas como los apellidos italianos o los judíos, pero son nuestras. Y luego hay otras huellas más visibles, que son las más típicas, como el cruceiro de Parque Lezama o el panteón del Centro Gallego en el Cementerio de la Chacarita o los 50 centros gallegos que funcionan en Buenos Aires. Pero, claro, a lo mejor, la gente va por la avenida Santa Fe y no se da cuenta de que en portales y galerías hay murales de Luis Soane, o entra al teatro San Martín y no se da cuenta de que ahí está el gran mural de Soane titulado «El nacimiento del teatro argentino». Es decir, hay un sinfín de huellas que nos hacen pensar que en algún momento, a través del Atlántico, existió ese país invisible en el que se cruzaron dos Galicias, y la porteña, está bien claro, está viva y más que viva.
–¿Qué características del ser porteño te parece que son herencia de los inmigrantes que llegaron de Galicia?
–Es una pregunta bastante complicada, habría que hacer nuestras las palabras del médico e intelectual Antonio Pérez Prado, que siempre decía que la expresión más perfecta del gallego es el porteño. Yo creo que hay muchas cosas, y haciendo nuestro el concepto elaborado por María Rosa Lojo de criptoidentidad, que pasan por invisibles o que se adjudican al origen italiano. Por ejemplo, el lunfardo está ahí: yeite, gayola, barullo, descangayado, chumbo (aunque posiblemente sea del portugués en este caso) y muchos otros vienen del gallego. Otro elemento es que en el ser porteño habita cierta sagacidad o intuición que es muy gallega, y específicamente del gallego de aldea, pues es de donde veníamos todos, prácticamente el cien por ciento. Y esa intuición, ese segundo de cavilación antes de tomar la decisión, es muy gallega. Y luego el individualismo, tan propio del gallego, y que también se manifiesta en algunas cosas del porteño, para bien y para mal. Y la retranca, esa ironía argentina, creo que es herencia, en gran parte, nuestra. Aunque hay que recordar que se dice que los uruguayos son más gallegos por carácter y quizás sí haya algo de eso.

–Y a la inversa, ¿cómo se ve el proceso ahora que en Galicia suenan los castellanos americanos por las calles?
–Estoy convencido de que lo que resulte de los próximos 20 años en España, por el aluvión de inmigrantes de los últimos 15 años, dependerá de esa integración de la segunda generación. Es decir, de esa integración dependerá en gran medida cómo será el futuro del país. En el caso de Galicia, mucho más. Galicia dejó de perder población para ganarla. Eso quiere decir que tiene muchísima gente llegando y su integración es básica, igual que lo fue la de la segunda generación, por ejemplo, de los gallegos en la Argentina. Y estamos haciéndolo día a día. Todavía no hay representación de la extrema derecha en Galicia ni un cargo público. Seguramente, el año que viene ya la habrá, pero creo que todo se resume en la palabra empatía, en ponerse en el lugar del otro, en que, por mucho aluvión y por mucha gente que llegue en muy poco tiempo, algo nos queda dentro de nuestra sabiduría y de saber que nuestros padres, nuestros abuelos y bisabuelos y más allá, llegaron como pudieron, muchas veces sin papeles y sin trabajo, para hacerse un hueco. Igual que se hacen ahora los de las nuevas diásporas, en las que, además, hay muchos que son descendientes, con lo cual se cierra el círculo.
–¿Qué cosas pensabas y ya no pensás sobre Galicia y su gente (la diáspora y la territorial) después de escribir el libro?
–Lo que yo pienso es que, después de este libro, la gente se va a abrir más o va a tener menos miedo a contar su historia. No tanto por temor sino por pensar que su historia no vale nada y, en realidad, vale. Es decir, ayuda, aunque sea un poquito, a quitarnos esa pátina de autoodio casi, o de baja autoestima respecto a nosotros mismos. Respecto a las cosas que pensaba y no pensaba sobre Galicia, me mantengo firme desde que empecé a escribir este libro en la idea de que había un país invisible que contar, en los dobleces de los mapas, en los sitios recónditos, en los lugares más ignotos de las Américas, adonde llegaron gallegos. Y otra cosa que pienso es que se puede ver un patrón importante y transversal, mucho más homogéneo de lo que se piensa. Da igual que hayas emigrado desde la Mariña Lucense a Cuba, desde Celanova a Venezuela, desde Avión a México, desde Bergantiños a Uruguay o a la Argentina, se repiten paso por paso todos los ejes y patrones de vida. Eso quiere decir que llevamos muy dentro una determinada forma de ser, que creo que solo es equiparable al otro gran hecho transversal, que es la lengua.
Arturo Lezcano básico
- Nació en Ferrol, en 1976. Trabajó 12 años como corresponsal en Latinoamérica.

- Ha colaborado en El País, Gatopardo, O Globo, Jot Down, Vanity Fair, Líbero, La Voz de Galicia y tintaLibre, entre otros. Creador de los podcasts In situ, La Fortuna, Olafo o En el corredor de la muerte.
- Dirigió A terra onde nin o demo chegou (TVG, 2010) y escribió el documental El último símbolo (Amazon, 2020). Fue guionista de Salvados (La Sexta) y productor de NBC Telemundo, actualmente dirige su propia productora Ailalelo.
- Ha publicado Fútbol sobre lenzo (Lea, 2005) y sus textos aparecen en las antologías Un mundo lleno de futuro (Planeta) y Crónica (UNAM).
Un país invisible se presentará mañana miércoles a las 18 en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (Paraná 1159). Entrada libre y gratuita hasta completar aforo.

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