Ir al teatro, tomar un taller de pintura o simplemente visitar un museo con frecuencia podría frenar el envejecimiento biológico en la misma medida que hacer ejercicio una vez por semana. Esa es la conclusión de una investigación publicada en la revista Innovation in Aging, que analizó datos de más de 3.500 adultos en el Reino Unido y encontró una relación directa entre la participación en actividades artísticas y culturales y cambios moleculares en el ADN asociados a un envejecimiento más lento.
El estudio, liderado por investigadores del Instituto de Epidemiología y Atención de la Salud de la University College London (UCL), comparó el nivel de participación cultural de los participantes con alteraciones químicas en el ADN que afectan la edad biológica sin modificar el código genético. Este mecanismo se conoce como epigenética: los genes no cambian, pero ciertos factores externos influyen en cómo se expresan.
Los resultados mostraron que quienes participaban en actividades artísticas y culturales con mayor frecuencia, y en una mayor variedad de ellas, tendían a envejecer más despacio y a tener una edad biológica más joven. Los efectos fueron especialmente marcados en adultos de 40 años en adelante, y se mantuvieron incluso después de controlar variables como el índice de masa corporal, el tabaquismo, el nivel educativo y los ingresos.

La magnitud del efecto resultó comparable a la del ejercicio físico. Las personas que realizaban alguna actividad artística al menos una vez por semana envejecían un 4 por ciento más lento que aquellas que rara vez tenían ese tipo de participación, exactamente la misma diferencia que se observó entre quienes hacían ejercicio semanalmente y quienes no hacían ninguno.
La investigadora principal, la profesora Daisy Fancourt, evaluó el alcance del hallazgo: «Estos resultados demuestran el impacto de las artes en la salud a nivel biológico. Aportan evidencia para que la participación artística y cultural sea reconocida como un comportamiento promotor de la salud, de manera similar al ejercicio», indicó en un comunicado de la UCL.
Qué miden los relojes epigenéticos y qué encontraron
Para estimar la edad biológica y la velocidad de envejecimiento, los investigadores utilizaron siete relojes epigenéticos: herramientas que analizan la metilación del ADN, un proceso en el que una molécula de metilo se adhiere a una unidad del genoma en sitios específicos. Esos cambios varían con la edad y permiten estimar cuánto envejeció una célula más allá del tiempo cronológico.
Los dos relojes más modernos del estudio, DunedinPoAm y DunedinPACE, están diseñados para medir la velocidad a la que una persona envejece, no solo su edad biológica en un momento dado. Un puntaje de envejecimiento más acelerado se asocia con mayor riesgo de enfermedades relacionadas con la edad. En ambos, tanto la frecuencia como la diversidad de actividades culturales y físicas estuvieron ligadas a un envejecimiento más lento.
Con el reloj DunedinPACE, participar en actividades artísticas al menos tres veces al año se asoció con un envejecimiento 2 por ciento más lento; la participación mensual, con un 3 por ciento más lento; y la semanal, con un 4 por ciento más lento, en comparación con quienes participaban menos de tres veces al año. Esa diferencia en la velocidad de envejecimiento es comparable a la que estudios previos encontraron entre fumadores actuales y exfumadores.
Con otro de los relojes, PhenoAge, que estima la edad biológica, quienes participaban en actividades artísticas al menos una vez por semana resultaron tener, en promedio, un año menos de edad biológica que quienes rara vez lo hacían. Quienes hacían ejercicio con esa misma frecuencia mostraron una diferencia algo menor: poco más de medio año.

La coautora sénior del estudio, la doctora Feifei Bu, destacó el carácter pionero de la investigación: «Nuestro estudio aporta la primera evidencia de que la participación artística y cultural está vinculada a un ritmo más lento de envejecimiento biológico».
«Esto se suma a un cuerpo creciente de evidencia sobre el impacto de las artes en la salud, con actividades artísticas que demostraron reducir el estrés, disminuir la inflamación y mejorar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, tal como se sabe que hace el ejercicio», agregó.
Los investigadores también subrayaron que no solo importa la frecuencia sino la variedad. Según la profesora Fancourt, cada actividad aporta «ingredientes» distintos para la salud, como estimulación física, cognitiva, emocional o social, lo que explicaría por qué la diversidad de participación cultural también se asoció a beneficios.
Los datos provinieron del UK Household Longitudinal Study, una muestra representativa a nivel nacional cuyos participantes entregaron muestras de sangre para el análisis.
El equipo de la UCL lleva casi una década estudiando los vínculos entre las artes y la salud. La profesora Fancourt es titular de la cátedra UNESCO en Arte y Salud Global y dirige un Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Artes y Salud en la UCL. La investigación contó con financiamiento de UK Research and Innovation (UKRI) y de la fundación Wellcome.

