“A Ray Bradbury nada le gustaba más que escribir. Todo en su escritura es lúdico. El proceso mismo de la búsqueda de una idea, el (ALGO) sobre el que escribir, lo es”, escribe la escritora y periodista Laura Fernández en esta nueva edición del maestro de Crónicas marcianas a cargo de Páginas de Espuma ¿Existe acaso un escritor que haya dado vida a más personajes, sensaciones y mundos que el nacido en Waukegan?

Aquel niño criado a orillas del río, formado en las bibliotecas públicas, que escribía en los pedazos de papel que encontraba, terminaría consagrándose como uno de los más excelsos cuentistas de la literatura occidental.
Ciencia ficción, fantástico, terror, misterio y hasta policial son algunos de los géneros que abarcó en una producción que se extendió casi durante sus 91 años de vida. Este monumental volumen de más de mil páginas es la excusa perfecta para adentrarse en su literatura.
Y también, por qué no, para recordar que en Bradbury la imaginación no es una herramienta sino una forma de respirar: cada cuento parece escrito con esa urgencia desesperada de quien no puede hacer otra cosa que inventar mundos.
“Toda antología es una forma de lectura, una interpretación”, escribe el escritor español Paul Viejo en la nota de esta edición. A cargo de la curaduría de este volumen, explica que decidió utilizar el criterio de orden cronológico más que un entrecruzamiento temático u otro tipo de parámetro.
Versiones autorizadas
En sus propias palabras: “No se trata de una restitución filológica en sentido estricto –pues se han elegido las versiones autorizadas más consistentes y accesibles–, sino de una aproximación que favorezca la comprensión del Bradbury en movimiento: cómo ciertas obsesiones se repiten, cómo el estilo se afina, cómo las formas narrativas evolucionan con el tiempo”.
De esta manera es posible dejarse llevar a través de las diversas vicisitudes que atravesaron la obra de Bradbury, aquella que comenzó publicando en revistas populares como Weird Tales o Amazing Stories entre 1938 y 1947. Leerlo así, en continuidad, tiene algo de viaje: uno avanza y siente que no solo cambian los cuentos, sino también la temperatura emocional de su escritura.
Así llama la atención “El viento”, uno de sus primeros relatos, publicado en 1943. Estructurado a partir de una conversación entre el protagonista y un viejo amigo algo neurótico y que no ve hace tiempo, ya se pueden vislumbrar las obsesiones del autor: la paranoia, la lejanía, la distancia entre diferentes planos espacio-temporales y lo ominoso de la existencia.
Todo esto se presenta en diferentes historias no necesariamente en escenarios fantásticos o del espacio exterior, tal como se lo suele ubicar fácilmente dentro de la ciencia ficción, algo que nunca terminó de convencerlo del todo. Porque si algo deja en claro este volumen es que Bradbury nunca necesitó seres alienígenas para inquietar: le bastaba una casa, una noche, o incluso una conversación cualquiera para abrir una grieta en lo real.

“El peatón” es otro de sus relatos clásicos que resalta. Ambientado en un futuro distópico en donde la mayoría se la pasa encerrada en su casa mirando televisión, un mero caminante es motivo de sospechas por parte de los agentes policiales. Lo cual no deja de ser casi una postal anticipatoria del presente del siglo XXI, atravesado por las tecnologías digitales y la mediatización de la existencia.
Leerlo hoy produce un pequeño escalofrío, como si Bradbury hubiera estado mirando por encima de nuestro hombro desde hace décadas.
Maestría para el diálogo
En “Las maquinarias de la alegría” demuestra también, al igual que autores como J. D. Salinger, su maestría para el diálogo. También se incluyen clásicos, como “Las doradas manzanas del sol”, en donde se afianza su estilo que toma elementos espaciales o paranormales pero los entrelaza con un tamiz humano, demasiado humano. Por ejemplo, en un relato escribe: “Click Hathaway notó que la nave se movía bajo sus pies como la piel de un animal sensible”.

Como dice su editor, Paul Viejo: “Es un planeta simbólico, poblado de ruinas propias y ajenas, donde lo importante no es la tecnología del viaje, sino la carga cultural que los viajeros terrestres arrastran consigo”. En ese sentido, cada cuento parece una cápsula: no tanto del futuro, sino de las obsesiones más persistentes del presente.
El último relato incluido es de 2009 y se titula “Un encuentro literario”. Se trata de un diálogo amoroso entrecruzado por el amor por los libros y las buenas historias. Si es una suerte de despedida del autor, sin dudas es un gesto poético inmejorable.
Y quizás también una última declaración de principios: que al fin y al cabo, más allá de Marte, las máquinas o los fantasmas, lo único verdaderamente perdurable son las grandes historias como las de Ray Bradbury, a quien seguimos leyendo y admirando.
Ray Bradbury, Cuentos (Páginas de Espuma).

