Calles de arena intacta, fachadas blancas abiertas al sol, porches en penumbra y caballos amarrados a la sombra. La escena podría recordar a un remoto poblado fronterizo, suspendido fuera del tiempo, pero aquí todo gira en torno a una devoción que transforma el paisaje y a quienes lo atraviesan. Y cuando llegan los peregrinos, El Rocío despierta.
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