A estas horas, dentro de un año, en la comida dominical de los hogares de Barcelona se harán todo tipo de cábalas sobre quién será el próximo alcalde de la ciudad. Una de las listas habrá ganado las elecciones municipales celebradas el día anterior, el 23 de mayo del 2027, pero ya van dos mandatos en los que, a diferencia de lo sucedido desde principios del siglo XIX, la lista más votada no amarra el cetro de la ciudad. Le pasó a Ernest Maragall en el 2019 y lo mismo le sucedió a Xavier Trias en el 2023 la mañana del pleno de investidura, cuando regaló al Saló de Cent su célebre “que us bombin” tras un pacto sobre el pitido final que le apeó de la alcaldía. En el 2011 se puso fin a 32 años de gobiernos socialistas y empezó una nueva era de maridajes de todo color y pelaje, estables o efímeros, que han puesto carísimo el mando local. No parece que en la próxima etapa vayan a volver las amplias mayorías. Pero sí hay una lección que todos han aprendido a base de golpes: más vale malo conocido que bueno por conocer.
La política municipal bebe de muchas cosas ajenas que pueden alterar el devenir de estos 12 meses y, por ende, el resultado de las urnas. Lo primero es el pan de cada día: cualquier cosa que haga Donald Trump con afectación planetaria deja en segundo plano todo intento local de llamar la atención, ya sea en positivo o en negativo. O sea, tapa los logros y esconde los fracasos. La invasión de Ucrania, un nuevo virus o una catástrofe natural; Barcelona y su estado de ánimo no son ajenos a lo que pueda suceder más allá del Llobregat, el Besòs y Collserola.

Lo segundo está en la Ciutadella y en la Carrera de San Jerónimo, en el Parlament y en el Congreso de los Diputados (y un poco también en los tribunales). Salvador Illa aprobará este año sus primeros y únicos presupuestos de la legislatura y atraviesa por una suerte de luna de miel política, pero Pedro Sánchez, atenazado por los presuntos casos de corrupción, se agarra a la Moncloa como un niño a una piruleta que podría romperse en mil pedazos si Junts apoya una por ahora poco probable moción de censura junto a PP y Vox. Siempre ha sido así: el partido del Gobierno genera una onda expansiva que afecta para bien a sus polluelos autonómicos y locales.
Johan Cruyff lo definió de maravilla en abril de 1992 tras una derrota del Barça por 1 a 0 en el campo del Sparta de Praga. “Es urgente arreglar algunas cosas. ¿Por qué no se marca en las últimas semanas? Porque el entorno influye y por eso el club es tan complicado”, explicó el entrenador del dream team.
La estrategia
La consigna del gobierno del PSC es muy clara: intentar no cometer errores y sacar brillo a los éxitos
Más allá de ese entorno indomable del que no pueden huir Barcelona ni su alcalde está lo que uno sí puede modular y aspirar a controlar. Siguiendo con el símil futbolero, fue Jorge Valdano quien habló de “miedo escénico”, ese vértigo ante lo que a uno se le viene encima. En ese papel bascula, con aparente parsimonia, la figura de Jaume Collboni, el alcalde de los nueve concejales y los 14 comisionados que tiene las naves del resto de grupos municipales con todos los cañones apuntando hacia su bancada. Aunque con matices, porque no es lo mismo quien siempre te gira la cara que quien te saluda en el ascensor.

El PSC tratará de sacar partido a un final de mandato lleno de carteles luminosos. La visita del Papa, la salida del Tour de Francia y el congreso mundial de arquitectos; el final de las obras en Balmes, Meridiana (hasta Fabra i Puig) y el eterno colector de Vila i Vilà del Poble-sec, fundamental para que el barrio no se convierta en un parque acuático en los días de lluvia intensa. Y, por encima de todo, el estreno de la nueva Rambla previsto para el albor del 2027, tres años antes de lo previsto por el gobierno de Ada Colau. Basta con pasearse un día por las obras. Ni los jabatos del Camp Nou se dan tanta prisa. El paseo nodriza de Barcelona renacerá con la vocación de recuperar el favor perdido de los barceloneses. Al menos ese es el deseo del gobierno municipal, pero está por ver si la oferta comercial y de restauración también da un vuelco o sigue siendo un harén para el turista. Ayudará mucho en el futuro la recuperación de los teatros Capitol y Principal o la Foneria de Canons, que se convertirá en el Centro de Cultura Digital de Catalunya.
El dichoso entorno
Las políticas de Trump, el devenir de Illa y Sánchez y los casos de corrupción también pesarán en las municipales
Es la fina línea entre el deseo político y la realidad social. Lo mismo sucede con el lema que Collboni menciona en cada acto: “El derecho a quedarse en Barcelona”. El mensaje llega a la ciudadanía pero puede pasar que llegados al 23 de mayo del año que viene, ese anhelado derecho a quedarse en Barcelona no haya pasado del mundo de las ideas al de las cosas. ¿Y entonces qué? La Rambla puede llenarse de familias de los 73 barrios de la ciudad una vez se haya inaugurado. Y cualquier joven que quiera un piso digno en su vecindario lo logrará porque habrá precios asequibles para todos. Puede ser que pase. Pero también puede ser que no pase.

Hacia esa última opción navegan con viento de cola todos los destructores de los grupos de la oposición, que con mayor o menor vehemencia ya han ido afilando sus lenguas en los últimos plenos y comisiones. Objetivo: aislar a Collboni y evidenciar su soledad. El PSC lo intentó con Junts, con BComú y con ERC, pero jamás trufó la cosa para formar gobierno y repartirse las carteras municipales. Aunque es justo reseñar que Esquerra ha sido y está siendo, como lo fue el PP de Alberto Fernández Díaz de la CiU de Trias entre 2011 y 2015, el socio prioritario sin asiento en la corte. Así las cosas, por la vocación de gobierno que destila la candidata de ERC, Elisenda Alamany, Socialistas con independentistas deberían estar arriba de todo de las quinielas de pactos en esa comida del día siguiente.
Las quinielas
El pleno se atomizará, con la entrada de Aliança, y las mayorías serán más caras, con socialistas y ERC como posible tándem
Al mandato, con el verano a la vuelta de la esquina, podría decirse que le queda un telediario. Y además hay otros temas de política local que pueden amortiguar el altavoz mediático de la acción de gobierno de Collboni. A corto plazo, la elección del candidato de Junts, un Succession de mucho cuidado que debería resolverse antes de la verbena. Suele decirse que hay seis grados de separación para conectar con otra persona del planeta. Aplicado a la larga lista de nombres que han sonado para representar a los posconvergentes en las municipales, la cosa se reduce como mucho a un par de contactos.

Más adelante también generará un cierto ruido la irrupción del cabeza de cartel de Aliança Catalana, formación que según todas las encuesta entrará con fuerza en el pleno municipal. Los sondeos también pronostican que Vox repetirá, así que se adivina un mandato agitado, con siete grupos municipales.
No esperen grandes pactos en este año que será más de riña que de consenso. Atrás quedan los recientes acuerdo sobre la ordenanza de civismo o el incremento de la tasa turística. Podría suceder que el candidato de Junts decida desatascar la reforma de la reserva del 30% de vivienda social en nuevas promociones y grandes rehabilitaciones. Pero también puede ser que no suceda. Otra incertidumbre, con el boom de las armas blancas y la irrupción de los tiroteos a plena luz del día, es la inseguridad. Eso también es pasto del entorno y el miedo escénico.



