Una encíclica contra la época

Hay un punto central en la encíclica Magnificas Humanitas de León XIV sobre inteligencia artificial, parece escrita menos sobre una tecnología específica que contra una época entera.

Durante años, el discurso dominante sobre IA giró alrededor de la automatización, la eficiencia y la productividad. Como si el problema consistiera apenas en cuánto tiempo ahorra redactando mails o resumiendo PDFs. Pero hace tiempo que la inteligencia artificial dejó de ser solo eso. Lo que empieza a emerger es una nueva infraestructura de poder, y todavía nadie sabe demasiado bien quién la controla ni bajo qué reglas debería funcionar.

León XIV formula una crítica frontal al tecnofeudalismo contemporáneo. En la encíclica insiste en que no todo lo técnicamente posible debe convertirse automáticamente en aceptable. La frase parece sencilla, pero resulta profundamente subversiva dentro del clima cultural actual. El papa plantea que el mundo podría ingresar en una etapa donde unas pocas corporaciones tecnológicas privadas organicen aspectos centrales de la vida social.

Desde el comienzo, León XIV sostiene que ningún algoritmo es neutral. Todo sistema automatizado contiene una idea implícita sobre el comportamiento humano, sobre qué se considera deseable, eficiente o legítimo. En ese punto, la encíclica resulta más lúcida y más audaz que buena parte de la política mainstream occidental, que todavía discute la IA únicamente en términos de regulación económica o innovación.

El Vaticano parece comprender que detrás de la discusión tecnológica existe una disputa antropológica mucho más profunda. La pregunta de fondo es qué tipo de ser humano produce una sociedad organizada alrededor de sistemas algorítmicos. Qué ocurre cuando la capacidad de decidir, clasificar, vigilar o interpretar el mundo empieza lentamente a desplazarse desde instituciones políticas hacia modelos entrenados por corporaciones privadas.

Y eso conecta directamente con el clima ideológico que domina hace años en Silicon Valley. Incluso más que Elon Musk, la figura intelectual más influyente allí es Peter Thiel. El fundador de Palantir entendió antes que muchos que las plataformas tecnológicas no tenían potencial para convertirse solamente en empresas gigantes, sino en estructuras capaces de reorganizar la soberanía global.

Por momentos, compañías como Palantir se expresan menos como startups que como potencias geopolíticas. Su lenguaje está atravesado por conceptos como civilización occidental, superioridad tecnológica, seguridad estratégica y competencia global. La inteligencia artificial deja de aparecer como simple innovación y se transforma en un instrumento de orden al servicio del capital y del poder estatal-militar.

Las grandes tecnológicas ya no solo producen herramientas, organizan visibilidad, condicionan comportamientos, administran atención y generan dependencia infraestructural. El ciudadano empieza lentamente a transformarse en usuario; la deliberación política, en gestión algorítmica; y la soberanía estatal, en negociación permanente con plataformas privadas.

Por eso resulta tan relevante la intervención de León XIV. El Vaticano entra en una discusión que excede ampliamente lo religioso o lo moral en sentido clásico. Está ingresando en la disputa sobre quién administra la complejidad del siglo XXI. La
vieja utopía libertaria de internet terminó mutando lentamente en un complejo tecnológico-militar privado con niveles inéditos de concentración de poder.

Hay un momento especialmente interesante de la encíclica donde el papa insiste en la idea de límite. Lejos de sonar conservadora, esa noción toca un problema central del imaginario tecnológico contemporáneo, la idea de que todo límite humano es, en el fondo, un error técnico susceptible de ser optimizado. El envejecimiento, la vulnerabilidad o incluso la incertidumbre política aparecen como problemas hackeables.

La encíclica plantea exactamente lo contrario. Una sociedad incapaz de tolerar la fragilidad humana probablemente termine construyendo sistemas cada vez más inhumanos para administrarla. Allí aparece el choque con el aceleracionismo tecnológico. Para buena parte de Silicon Valley, el ser humano es un sistema lento que debe ser mejorado. Para León XIV, en cambio, seguir ese camino implica reducir el valor de las personas únicamente a su capacidad de producir, consumir o procesar información.

El texto no tiene nada de ludita. No propone destruir la tecnología ni romantizar un regreso al pasado. Tampoco ofrece respuestas nostálgicas. Lo que intenta hacer es reintroducir una idea que el clima cultural contemporáneo parece haber perdido, la necesidad de establecer límites políticos al desarrollo técnico. La técnica, por sí sola, no salvará al mundo.

El problema central no es que la inteligencia artificial avance demasiado rápido, sino que las sociedades parecen haber renunciado a decidir colectivamente hacia dónde debería avanzar. Si la IA reorganiza progresivamente el trabajo, la cultura, la economía, la vida cotidiana e incluso las guerras, entonces la discusión ya no es meramente tecnológica. Es una discusión sobre quién diseña el futuro humano.

La verdadera disputa ideológica del siglo XXI no será tecnología contra humanidad, sino entre dos ideas incompatibles acerca de qué significa seguir siendo humanos dentro de un mundo gobernado por sistemas técnicos. La Iglesia entendió que la revolución algorítmica no es comparable con la aparición de internet o de las redes sociales. Se parece mucho más a una nueva Revolución Industrial, pero desarrollada a una velocidad infinitamente mayor y con niveles de concentración de poder sin precedentes históricos.

Por eso Magnificas Humanitas tiene una importancia mucho mayor de la que muchos observadores perciben. Se trata de uno de los primeros manifiestos sistemáticos contra la deriva tecnocrática del capitalismo tardío y sus consecuencias políticas. La vieja idea liberal de que la tecnología simplemente “evoluciona” de manera espontánea queda completamente cuestionada.

Por primera vez en mucho tiempo, una institución milenaria como la Iglesia Católica y parte del mundo tecnológico parecen discutir la misma pregunta fundamental. Qué queda de la política cuando las infraestructuras privadas comienzan a organizar la realidad con más eficacia que los propios Estados.

Redacción

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