Dos investigadoras de la Universidad Médica de Carolina del Sur (MUSC) en Charleston, Carolina del Sur, en colaboración con instituciones especializadas en los efectos de la soledad en la salud de los pacientes, realizaron un estudio sobre la cicatrización de úlceras crónicas en piernas y pies.
La investigación de la Dra. Laurie Theeke fue publicada en Advances in Skin & Wound Care. Sus conclusiones vinculan el tratamiento fisiológico con las evaluaciones psicosociales, tras descubrir una relación entre la soledad y el comportamiento de genes proinflamatorios, que retrasan la cicatrización de las heridas.
En otras palabras, significa que la vida social, y la calidad de esa sociabilización, influyen en el comportamiento de los genes relacionados con la inflamación cutánea.
Los genes proinflamatorios se activan durante una lesión o enfermedad, pero se desactivan durante el proceso de cicatrización. Si las heridas permanecen abiertas, no cicatrizan correctamente.

Este estudio se centró en pacientes con heridas que permanecieron abiertas durante más de cuatro semanas. Los hallazgos contribuyen a un área clave de la investigación médica enfocada en la genómica social.
La soledad, el sistema inmune y la cicatrización de las heridas
Theeke lleva más de 15 años estudiando la relación entre la soledad y la salud. Se graduó de una licenciatura en enfermería en 1989, luego hizo la maestría y finalmente el doctorado en enfermería en la Universidad de Virginia Occidental.
Actualmente es miembro de la Academia Estadounidense de Enfermería y de las Academias Nacionales de Práctica. Se la considera una clínica experta, líder en enfermería, educadora y mentora experimentad.
Su programa de investigación se desarrolla de forma ininterrumpida desde 2009 y tiene como objetivo impulsar la ciencia sobre la soledad, la cognición, la demencia, el envejecimiento y la salud.
La doctora Theekee además desarrolló «LISTEN», una intervención diseñada específicamente para abordar la soledad. Recientemente amplió su objeto de estudio y se centra en el impacto de la soledad en los resultados de salud en poblaciones con desigualdades que experimentan inequidad.
«Cuando las personas se sienten solas, entran en un estado de alerta, de lucha o huida«, explicó la investigadora en el comunicado de prensa compartido en el sitio web de la Universidad Médica de Carolina del Sur (MUSC).
«Su sistema inmunitario se debilita y tienen menos probabilidades de recuperarse que quienes no se encuentran en ese estado», aseguró.
El estudio de la conexión entre las interacciones sociales, los genes y las enfermedades, se conoce como genómica social.
«Busca definir cómo nuestra vida social influye en el comportamiento de los genes en el cuerpo. Cómo las experiencias sociales, tales como la soledad, el aislamiento y el sentimiento de pertenencia, pueden modificar la expresión, activación o desactivación de los genes», indicó Theeke.
Junto a su colega Teresa Kelechi, decana asociada de investigación en la Facultad de Enfermería de la MUSC y también autora del artículo, se propusieron investigar si la soledad influye en la activación de genes inflamatorios y puede impedir una correcta cicatrización.
Kelechi notó que algunos pacientes cicatrizaban más lentamente. «Tenían heridas limpias, tenían una buena nutrición, tenían una exposición adecuada a la luz natural, tenían todo lo necesario para cicatrizar y estar sanos; pero no lo lograban, y no podíamos identificar qué era», explicó.
Ambas empezar a sospechar firmemente que la soledad era ese factor que faltaba. Analizaron un conjunto de genes definidos por la respuesta transcripcional conservada a la adversidad, un modelo biológico en el que ciertos genes se activan o desactivan en respuesta al estrés psicológico adverso.
La Escala de la Soledad de UCLA
La amplia experiencia de Kelechi en el cuidado de heridas fue fundamental para fijar criterios sobre la evolución de las úlceras. Además, dividieron a los participantes en grupos de alta soledad (L+) o baja soledad (L-) utilizando la Escala de Soledad de UCLA de 20 ítems.
Esta escala es uno de los cuestionarios psicológicos más utilizados a nivel mundial para medir la percepción subjetiva de aislamiento y soledad.
Fue desarrollada originalmente en 1970 y revisada continuamente hasta sus versión más recientes. Dentro de las preguntas hay afirmaciones como «Me siento aislado de los demás», y los participantes determinan la frecuencia con la que experimentan cada sensación.

Kelechi subraya que la soledad no es lo mismo que el aislamiento social. «El aislamiento suele definirse por el número de contactos sociales de una persona, mientras que la soledad refleja la calidad percibida de esas relaciones», explicó.
Luego se tomaron muestras de sangre de cada miembro de los grupos L- y L+ para medir la expresión de genes proinflamatorios.
Las investigadores descubrieron que el grupo L+ presentaba una expresión significativamente mayor de genes proinflamatorios, lo que podría explicar el retraso en la cicatrización.
Identificaron 18 de estos genes que conforman un perfil distintivo y caracteriza al grupo con altos niveles de soledad.
«Esto indica que las heridas crónicas y la soledad pueden reforzarse mutuamente, y la soledad puede estar relacionada con un perfil de expresión genética proinflamatoria medible», afirmó Kelechi.
Kelechi y Theeke presentaron una solicitud de subvención para un ensayo aleatorio en el que los pacientes de clínicas de atención de heridas recibirían terapia cognitivo-conductual (TCC) individual para abordar la soledad.
El plan de investigación consiste en medir la expresión génica antes y después de la terapia. «Es posible modificar la expresión génica en tan solo tres meses«, aseguró Theeke.
«Quizás incluso sea posible revertir los retrasos en la recuperación si logramos solucionar el problema que provoca el aumento de la expresión de ciertos genes», manifestaron.
Los resultados sugieren que el cuidado de las heridas debe incluir evaluación y apoyo psicosocial, y no solo apósitos y procedimientos físicos.
«La próxima frontera en el cuidado de las heridas no serán solo apósitos o tratamientos avanzados. También incluirá la necesidad de una conexión social adecuada«, indicó Theeke.
Hay consenso científico en que los genes y el entorno social pueden moderarse mutuamente. Nuestro estilo de vida puede modificar cómo funciona nuestro ADN, aunque sin alterar su secuencia original.
A través de la epigenética, el entorno social, el estrés y las relaciones pueden activar o silenciar ciertos genes. Este estudio representa un puntapié para futuras investigaciones, centradas en definir en qué medida la vida social influye en nuestro cuerpo.

