La experiencia de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) constituye hoy una referencia estratégica para América Latina. A dieciocho años de la firma de su Tratado Constitutivo, sigue ofreciendo claves para pensar los desafíos de la región.
El origen se remonta al agotamiento del modelo neoliberal, característico de los años noventa, que abrió paso a la búsqueda de una integración regional apoyada en la defensa de los recursos estratégicos suramericanos. El hito fundamental de este cambio ocurrió en noviembre de 2005, durante la Cumbre de las Américas en Mar del Plata.
En ese escenario, ante la propuesta de Estados Unidos de implementar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la respuesta institucional priorizó el fortalecimiento del mercado interno, el trabajo y la generación de empleo por sobre los acuerdos de desregulación comercial. Aquella postura regional tensionó el alineamiento automático con Estados Unidos y abrió una nueva etapa de articulación política regional.
La formalización de ese recorrido llegó en mayo de 2008 con la firma del Tratado Constitutivo de Brasilia, que dio nacimiento a la UNASUR. El bloque reunió a doce Estados con el objetivo de consolidar una agenda común que trascendiera los pactos meramente arancelarios e incorporara dimensiones sociales, políticas, energéticas y de defensa.
La articulación política del bloque
De acuerdo con los testimonios del entonces canciller argentino Jorge Taiana y de la ex embajadora Alicia Castro, quienes participaron de manera directa en este proceso, la complementariedad política suplió las marcadas diferencias entre la diplomacia reservada de Néstor Kirchner y la retórica directa de Hugo Chávez, articulando una potencia política que fortaleció la capacidad de acción en la región.
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Bajo esa dinámica, Luiz Inácio Lula da Silva aportó el respaldo diplomático y el peso estratégico de Brasil para consolidar el bloque, sumándose a una conducción donde la dirigencia argentina reconocía el auxilio financiero que Venezuela brindó al país durante la crisis de 2003 y 2004, mientras que Caracas encontraba en Buenos Aires y Brasilia el soporte político necesario para deponer el aislamiento en la región.
En mayo de 2008, la firma del Tratado Constitutivo dotó a la UNASUR de personería jurídica internacional
A este núcleo, denominado de manera informal por Chávez como «los tres mosqueteros», se sumaron voluntades que ampliaron la base social del espacio.
Evo Morales incorporó la filosofía del «vivir bien» para cuestionar la transferencia incondicional de materias primas al exterior, proponiendo un modelo de integración enfocado en el equilibrio social y el resguardo de la naturaleza, frente a una lógica histórica que redujo a la región a proveedora de recursos para los mercados globales.
Por su parte, Rafael Correa aportó el andamiaje técnico de la Revolución Ciudadana de Ecuador, orientado a la planificación estatal soberana y al diseño de proyectos de infraestructura conectiva y redes de salud comunes para dotar al bloque de capacidad ejecutiva.
Bajo la premisa histórica de Simón Rodríguez, «o inventamos, o erramos», estos mandatarios partieron de problemáticas comunes para poner las respectivas experiencias nacionales a disposición del diseño de una agenda soberana compartida.
Escudos políticos y soberanía financiera
Para mayo de 2008, la firma del Tratado Constitutivo dotó a la UNASUR de personería jurídica internacional. La organización diseñó una agenda orientada a garantizar el acceso universal a la salud, la erradicación del analfabetismo y la creación de una ciudadanía suramericana.
Esa agenda se tradujo en proyectos concretos impulsados por la Secretaría General, como el diseño para abastecer de gas natural al Cono Sur desde los yacimientos de Camisea en Perú, la finalización del corredor vial interoceánico Perú-Brasil y la asistencia técnica y humanitaria desplegada en Haití tras el terremoto de 2010, ejecutada a través de una secretaría técnica propia para evitar condicionamientos de agencias externas.
La creación del Banco del Sur se proyectó como una alternativa al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, funcionando como una institución de desarrollo financiada con reservas propias donde cada país miembro poseía un voto, independientemente de su aporte de capital.
Bajo la premisa histórica de Simón Rodríguez, «o inventamos, o erramos», estos mandatarios partieron de problemáticas comunes para poner las respectivas experiencias nacionales a disposición del diseño de una agenda soberana compartida
En paralelo, el Consejo Sudamericano de Defensa operó como un mecanismo de resguardo de los recursos estratégicos regionales: agua dulce, minerales y biodiversidad. Este espacio adquirió relevancia al constituirse en un escudo político efectivo ante crisis institucionales complejas.
Durante la denominada «Crisis de la Media Luna» en Bolivia en 2008, el bloque se reunió de urgencia en Santiago de Chile para rechazar de manera unánime la insurrección civil y cerrar las fronteras comerciales a los sectores golpistas, ratificando el orden constitucional de Evo Morales.
Dos años más tarde, el 30 de septiembre de 2010, un alzamiento armado policial retuvo al presidente Rafael Correa en Quito; la UNASUR convocó a una cumbre de emergencia a medianoche en Buenos Aires, envió a sus cancilleres al territorio y respondió con rapidez para impedir la escalada.
Dos meses después, se incorporó formalmente su Cláusula Democrática, estipulando el aislamiento inmediato y sanciones severas para cualquier Estado que alterara el orden constitucional.
Los límites del diseño
A pesar de la efectividad operativa en coyunturas críticas, el andamiaje institucional de la UNASUR contenía tensiones estructurales que explican su posterior declive. El testimonio de Rafael Correa señala dos fallas de diseño originadas en las delegaciones técnicas.
La primera consistió en la adopción de la «regla del consenso», la cual requería unanimidad para la toma de decisiones. Este mecanismo otorgaba, de facto, derecho a veto a cualquier país miembro, lo que posteriormente facilitó la parálisis de la organización ante los cambios de signo político.
La segunda debilidad se ubicó en la subordinación burocrática del Secretario General, el principal cargo ejecutivo, a los dictámenes del Consejo de Delegados, limitando la capacidad de resolución autónoma de la estructura.
Para compensar estas limitaciones, la práctica política determinó que la Secretaría General fuera ejercida por expresidentes. Néstor Kirchner asumió la primera conducción en mayo de 2010 durante la cumbre de Los Cardales, orientando su gestión a destrabar conflictos limítrofes y consolidar la institucionalidad.
Su fallecimiento en octubre de ese mismo año inició una reconfiguración irreversible para el espacio. La posterior pérdida de Hugo Chávez en 2013, sumada a los drásticos giros políticos que sobrevinieron con la destitución de Dilma Rousseff en Brasil y el triunfo de Mauricio Macri en la Argentina, terminaron por alterar profundamente los equilibrios de poder en la región.
El andamiaje institucional de la UNASUR contenía tensiones estructurales que explican su posterior declive
La secuencia posterior a la muerte de Néstor Kirchner y Hugo Chávez coincidió con la intensificación de ofensivas políticas, mediáticas, judiciales e institucionales que apuntaron a desestabilizar las condiciones que habían hecho posible aquella etapa de integración.
El retroceso de la UNASUR se inscribe en ese proceso de desarticulación más amplio, marcado por el desplazamiento de gobiernos que habían colocado la articulación regional entre sus prioridades estratégicas.
Del proyecto regional al nuevo ciclo de subordinación
En un escenario global marcado por la disputa entre potencias, América Latina vuelve a enfrentar los reflejos de una renovada Doctrina Monroe. Bajo la administración de Donald Trump, iniciativas como el “Escudo de las Américas”, presentadas bajo la retórica del combate al narcotráfico, reactivan una lógica conocida en la región: dependencia, endeudamiento, pérdida de soberanía y desintegración social.
Tomar el caso argentino permite medir con precisión ese desplazamiento. Néstor Kirchner fue uno de los principales impulsores de la UNASUR y una figura central del ciclo político que, tras el rechazo al ALCA en Mar del Plata, apostó por construir una estrategia regional con capacidad de decisión propia.
Dos décadas después, el gobierno de Javier Milei encarna el movimiento inverso: una política exterior fundada en el alineamiento con Estados Unidos, asumido como señal de pertenencia y como criterio de inserción internacional. Entre aquel impulso integracionista y esta subordinación declarada se cifra buena parte del cambio de época que atraviesa América Latina.

