Por momentos, las grandes celebraciones quedan grabadas en la memoria por sus cifras. Por la cantidad de gente, por los récords, por la magnitud de una organización que logra reunir a miles de personas detrás de una misma emoción.
Pero otras veces ocurre algo distinto. En medio de la multitud, lejos de los escenarios y de los anuncios oficiales, sucede una pequeña historia que termina explicando mucho mejor el espíritu de una jornada.
Eso fue lo que le ocurrió a Nano Viollaz, docente de Colón, que el pasado 25 de Mayo llegó junto a su esposa a Gualeguaychú para vivir una de las celebraciones patrias más convocantes del país. Como tantos otros visitantes, quería presenciar el reconocido Pericón Nacional que cada año convierte al Corsódromo en una enorme pista de baile celeste y blanca.
La ciudad era una fiesta
Desde temprano, las calles se poblaron de familias, agrupaciones tradicionalistas, escuelas, fuerzas de seguridad, músicos y vecinos. Las banderas argentinas flameaban en cada rincón mientras una multitud difícil de calcular ocupaba cada espacio disponible. El aire tenía ese perfume especial de las fechas patrias: emoción, encuentro y pertenencia.
Mientras esperaba el comienzo del baile, apoyado en una baranda junto a su esposa, Nano vivió una escena que decidió compartir con R2820 porque, según cuenta, le devolvió la esperanza.
Un adolescente de unos 16 años se acercó tímidamente para pedirle un favor.
Necesitaba llamar a su padre para avisarle que no regresaría a almorzar a su casa y que se quedaría disfrutando de los festejos. Nada más.
En tiempos donde la desconfianza suele imponerse como reflejo inmediato, el pedido sorprendió al docente. Sin embargo, había algo en aquel muchacho que transmitía tranquilidad. No buscaba dinero ni inventaba excusas. Solo quería evitar que sus padres se preocuparan.
La llamada se realizó. El joven incluso activó el altavoz, como queriendo demostrar que sus intenciones eran sinceras.
Del otro lado, un padre recibió la noticia y respiró aliviado.
La conversación duró apenas unos minutos, pero alcanzó para revelar algo más profundo: el chico había aprendido el valor de avisar, de respetar a su familia, de hacerse responsable de sus decisiones aun en medio de la emoción de una jornada inolvidable.
Y entonces apareció la explicación de todo.
Un amigo le señaló discretamente a una joven bailarina que aguardaba su turno para ingresar a la pista. Vestida para el Pericón, sonreía entre los cientos de participantes que se preparaban para protagonizar la gran danza patria.
Nano comprendió enseguida.
El muchacho no había elegido al azar a quién pedirle ayuda. Desde hacía rato observaba desde cerca. Necesitaba avisar a su familia porque tenía otro plan para esa tarde: quedarse un poco más cerca de aquella muchacha. De su Julieta.
Minutos después comenzó el espectáculo.
Miles de pañuelos blancos dibujaron figuras sobre el Corsódromo. La música tradicional envolvió a bailarines y espectadores. La danza colectiva se transformó, una vez más, en una imagen poderosa de identidad y pertenencia.
Pero para el docente colonense, la escena más conmovedora no estaba sobre el escenario principal.
Cada tanto, entre la multitud, aquellos dos jóvenes se buscaban con la mirada.
Cuando el Pericón terminó y los bailarines recorrieron el circuito saludando al público, ella pasó frente al lugar donde él la esperaba. Apenas levantó una mano en un saludo discreto, casi secreto. Él respondió con una sonrisa nerviosa.
Más tarde, ambos caminaron juntos entre las pulperías y los puestos de la fiesta, compartiendo risas y conversaciones que seguramente solo ellos recuerden.
La imagen quedó grabada para siempre en la memoria de quien fue testigo involuntario de esa historia.
Porque detrás de aquella escena sencilla había algo mucho más importante.
Había educación.
Había respeto.



