La Casita de Lucy: el refugio que construyen quienes creen en las oportunidades

En la esquina de Palacios y Roca no hay grandes carteles ni edificios imponentes. Hay algo mucho más valioso: una casa sencilla que desde hace más de dos décadas abre sus puertas para recibir a niños y adolescentes que buscan aprender, crecer y encontrar oportunidades.

Allí funciona La Casita «Lucy Rocca de Rossi», un espacio de Cáritas que lleva el nombre de una mujer cuya vida estuvo marcada por la solidaridad y el compromiso con los más vulnerables. Reconocida por su incansable trabajo comunitario, Lucía María Rocca de Rossi, «Lucy», dedicó sus días a impulsar proyectos educativos y sociales destinados a mejorar la calidad de vida de niños y jóvenes con menos recursos de Gualeguaychú.

La Casita nació en 2003 y desde entonces conserva intacta la misión que inspiró su creación: acompañar, contener y brindar herramientas para construir un futuro mejor.

Hoy forma parte de las acciones de promoción humana y educación que desarrolla Cáritas San Juan Bautista, aunque durante años dependió de Cáritas Catedral. Más allá de las jurisdicciones, la esencia sigue siendo la misma: una comunidad de voluntarios que transforma tiempo, esfuerzo y amor en oportunidades concretas para decenas de chicos.

Sin embargo, sostener ese sueño no resulta sencillo.

La Casita se mantiene gracias al trabajo voluntario y a una feria solidaria que funciona los miércoles. Con lo recaudado se pagan la electricidad, los artículos de limpieza y el seguro escolar de los niños. Pero los tiempos han cambiado y la situación económica también golpea a este rincón de solidaridad.

«Ya no estamos llegando todos los meses a cubrir los gastos», reconocen quienes trabajan allí. La aparición de nuevas ferias en la zona redujo considerablemente las ventas y obliga a redoblar esfuerzos para sostener las actividades.

Quienes forman parte de la institución destacan especialmente la tarea que durante quince años llevaron adelante Gustavo Chesini y Susana Garro, dos nombres que quedaron profundamente ligados a la historia de la casa y a su transformación permanente.

Un aula donde nadie queda atrás

Cada martes y jueves, entre las dos y media y las cuatro de la tarde, el patio y las salas de La Casita vuelven a llenarse de voces infantiles.

Son 35 chicos de nivel primario que llegan desde distintos sectores de la periferia de la ciudad. Muchos concurren a las escuelas Nº 106, Rawson o Gervasio Méndez. Todos comparten una misma necesidad: encontrar un espacio donde alguien les dedique tiempo y atención.

Analía Melgarejo, responsable del área primaria, explica que siete docentes jubilados ofrecen de manera voluntaria clases de apoyo escolar.

«El año pasado todos los chicos que asistieron pudieron pasar de grado», cuenta con orgullo.

Ese resultado no fue casual. A través de proyectos presentados ante Cáritas Argentina, la institución logró incorporar el acompañamiento de una psicopedagoga que observó las trayectorias de aprendizaje y orientó a los docentes según las necesidades particulares de cada alumno.

Pero La Casita no sólo enseña matemática o lengua. También construye recuerdos.

Muchos de esos niños fueron por primera vez al cine gracias a una iniciativa que consiguió entradas gratuitas y el aporte solidario de vecinos que colaboraron para comprar pochoclos y gaseosas. «Fue una experiencia inolvidable para ellos», recuerdan.

También hubo festejos por el Día del Niño (se cuenta con el apoyo del Colegio Las Victorias), encuentros recreativos y momentos compartidos que para muchos chicos representan experiencias inéditas.

Y este año se sumó además una ludoteca. Cada miércoles, los mismos niños que asisten al apoyo escolar participan de una hora de juegos guiados por siete voluntarios y una psicopedagoga.

Pero no se trata solamente de jugar. Cada actividad está pensada para estimular capacidades cognitivas, fortalecer habilidades y favorecer los procesos de aprendizaje. Entre risas, rompecabezas y desafíos, también se construye educación.

Un puente hacia el futuro

La tarea continúa durante la adolescencia.

En el nivel secundario concurren actualmente 26 estudiantes provenientes de escuelas como Pablo Aedo, El Potrero, la Escuela Normal, el Colegio Luis Clavarino y las ENET.

Marisa La Palma coordina ese espacio y describe el trabajo como una verdadera misión.

«Los profesores son todos jubilados y encuentran en esto una tarea de apostolado», explica.

Tres docentes de Matemática, una profesora de Biología, otra de Historia y Formación Ética, junto a profesores de materias generales, dedican horas de su tiempo para acompañar a jóvenes que muchas veces necesitan algo más que ayuda con una materia.

Lapalma exxplicó a R2820 que La Casita trabaja con reglas claras y un fuerte compromiso familiar.

Las inasistencias son controladas, existe comunicación permanente con los padres y siempre hay una lista de espera para ingresar. En caso que se sucedan las faltas sin justificación se prioriza al que está esperando.

«Más de cuatro o cinco alumnos por profesor harían perder la personalización que buscamos», señala Lapalma. Las clases duran una hora y media. Los estudiantes cuentan con una biblioteca equipada y acceso a los materiales que necesitan para estudiar.

Pero el acompañamiento va mucho más allá de las tareas escolares.

Existe un seguimiento constante de las calificaciones, contacto con las instituciones educativas y un trabajo articulado con las familias para detectar dificultades y fortalecer los aprendizajes.

«El objetivo es acompañar todo el proceso educativo», resume.

La obra silenciosa

Mientras la ciudad corre detrás de sus urgencias cotidianas, en esa esquina de Palacios y Roca sucede algo diferente.

No aparecen estadísticas espectaculares ni grandes anuncios. Sucede algo más profundo.

Un grupo de personas comprometidas –muchos jubilados-  vuelve a enseñar después de haber terminado su carrera. Un voluntario se sienta a jugar con un niño para ayudarlo a aprender. Una psicopedagoga encuentra nuevas formas de acompañar. Una familia descubre que no está sola. Y un chico que quizás tenía dificultades para seguir en la escuela encuentra un lugar donde alguien cree en él.

La Casita de Lucy sigue siendo eso: una obra silenciosa que transforma vidas sin hacer ruido.

Un espacio que mantiene vivo el legado de aquella mujer que entendió que la educación, la solidaridad y la promoción humana son las herramientas más poderosas para cambiar destinos.

Por eso quienes hoy sostienen el proyecto hacen una invitación abierta a toda la comunidad.

Se necesitan voluntarios, colaboradores y manos dispuestas a ayudar. Porque cada aporte, por pequeño que parezca, permite que la puerta de La Casita siga abierta.

Y mientras esa puerta permanezca abierta, también seguirá encendida la esperanza.

Redacción

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