Juan Antonio Samaranch decía de los Juegos Olímpicos de 1992 que habían conseguido cambiar la mentalidad de los barceloneses. “Ahora son más optimistas, menos quejicas”, defendió, en una entrevista en La Vanguardia en marzo de 1996. No se ha perdido el deporte social –casi olímpico– de fiscalizar todos y cada uno de los 73 barrios de Barcelona, pero si algo consiguió ese verano, coinciden todos los que lo hicieron posible y los que lo han estudiado, es asentar una confianza que ya nunca se marchó. Al frente de la metamorfosis, con permiso del alcalde Pasqual Maragall, estuvo precisamente el ya desaparecido presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), fallecido en el 2010, una figura a la que este martes se ha rendido homenaje justo el año en el que se cumplen 40 años de su célebre “a la ville de… Barcelona”.
Son muy pocas las personas que consiguen reunir en un mismo auditorio a la Casa Real, al Gobierno, a la Generalitat y a un ayuntamiento de la talla del de Barcelona. Ha sido, han coincidido todos, “una deuda pendiente”, un reconocimiento desde la ciudad que en octubre de 1986 inició una transformación urbanística que dejo un legado que aún perdura 34 años después.
Felipe VI elogia la “personalidad de trascendencia histórica” del padre del olimpismo moderno
El acto en los jardines del Palauet Albéniz ha sido un paseo tan ligero como completo por la trayectoria de Samaranch, hombre que, como solía contar él mismo, se enamoró del deporte gracias a una pista de patinaje instalada en el Turó Park. Barcelona le inspiró y a ella se entregó a partir de 1980, cuando asumió el liderazgo del ente olímpico y mandó un telegrama al entonces alcalde Narcís Serra al que ha dado lectura el actual regidor, Jaume Collboni. Decía lo siguiente: “Agradezco la enhorabuena de mi ciudad, a la que siempre he procurado servir, por mi elección como presidente del COI. Celebraría mucho que mi gestión pudiera ayudar a la vocación olímpica que siempre ha tenido Barcelona”.
El cuento ya saben cómo termina: como decía el protagonista, “los mejores Juegos Olímpicos de la historia”. “Barcelona le debía este homenaje”, ha zanjado Collboni. El acto ha contado con la presencia del editor de La Vanguardia, Javier Godó, conde de Godó, el presidente ejecutivo del Grupo Godó, Carlos Godó, y el director de La Vanguardia , Jordi Juan. Pero también han estado en la grada el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente; el conseller d’Esports, Berni Álvarez; el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez-Llibre; el presidente del Círculo Ecuestre, Enrique Lacalle; el presidente del RACC, Josep Mateu, o concejales de la época de Maragall como Enric Truñó y Albert Batlle, que sigue activo como teniente de alcalde de Seguridad.

Felipe VI, abanderado de España en aquel 25 de julio de 1992, ha elogiado la “personalidad de trascendencia histórica” de Samaranch, al que ha calificado de “hombre comprometido con su tiempo y amigo leal”. Ha recordado su defensa constante de los valores de “paz, libertad e igualdad” y ha puesto en valor su “diplomacia, su humanidad y su inteligencia” en el momento de abordar, ha evocado el Rey, cuestiones espinosas como el fin de la guerra fría o la cuenta guerra de los Balcanes.
“Nos enseñó a creer en nosotros mismos”, ha sostenido en su intervención el president Salvador Illa, convencido de que el deporte contemporáneo “no se puede entender sin la contribución de Samaranch”. En el mismo sentido se ha expresado el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, que lo ha definido como el gran héroe que trajo los Juegos a Barcelona”. “Hemos luchado mucho por este acto necesario y obligatorio”, ha dicho el máximo responsable del olimpismo.

También ha intervenido la familia, que ha tenido el gesto de invitar a subir a la otra familia, la deportiva, entre los que estaban el tenista Manolo Orantes y la nadadora Mari Paz Corominas. “Ha sido un gran honor y lo sigue siendo compartir con todos vosotros a Juan Antonio Samaranch”, ha regalado su hija María Teresa. Entre el público también ha estado el publicista Lluís Bassat, que en conversación con este diario, ha recordado aquellos años en los que se juntaron “genios con un objetivo común que enamoró a todos”. “Ese es el desafío -ha resumido-; encontrar algo que nos comprometa y nos implique a todos”.



