Dentro de pocos días volveremos a vivir una de las grandes pasiones argentinas: el Mundial.
Volverán las discusiones sobre tácticas, jugadores, entrenadores y candidatos al título. Volverán los análisis, las estadísticas y las comparaciones inevitables con otras épocas.
Y quizás ahí encontremos una enseñanza mucho más profunda que un simple partido de fútbol. Una enseñanza sobre política.
Durante décadas, Argentina se enamoró de los liderazgos extraordinarios. Del caudillo. Del conductor. Del hombre fuerte. Del dirigente que parecía capaz de resolverlo todo solo.
En el fútbol, esa figura tenía nombre propio: Diego Maradona.
Y en la política, cada generación tuvo sus propios «Maradonas».
Líderes carismáticos, dominantes, capaces de concentrar toda la atención, todas las decisiones y toda la expectativa en una sola persona.
Pero el mundo cambió.
Y quizás uno de los mayores errores que está cometiendo la política argentina es no haber entendido todavía que el paradigma del héroe solitario se está agotando.
Porque mientras gran parte de la política sigue buscando a Maradona, el mundo ya eligió a Scaloni.
La diferencia parece pequeña. Pero es enorme.
Maradona representaba el talento individual llevado a su máxima expresión.
Scaloni representa otra cosa.
Representa la construcción de equipos.
Representa la planificación.
Representa la humildad para aprender.
Representa la capacidad de escuchar.
Representa el liderazgo que potencia a otros en lugar de intentar reemplazarlos.
Y eso tiene mucho más que ver con los desafíos actuales de la política que cualquier otra discusión ideológica.
Porque gobernar en 2026 no se parece en nada a gobernar hace veinte años.
En este contexto, creer que una sola persona puede resolver todo es una fantasía.
Sin embargo, todavía vemos dirigentes que toman todas las decisiones.
Que no delegan. Que no escuchan. Que se rodean únicamente de personas que piensan igual.
Que confunden liderazgo con concentración de poder.
Y después se preguntan por qué las gestiones se vuelven lentas, burocráticas o incapaces de adaptarse.
La respuesta es sencilla. Porque los desafíos actuales ya no se pueden enfrentar con modelos de conducción diseñados para otra época.
Y quizás la mayor enseñanza que deja la Selección Argentina no sea ganar la copa del mundo.
Quizás la mayor enseñanza sea el modelo de liderazgo que construyó Lionel Scaloni.
Porque Scaloni nunca construyó una selección alrededor de los nombres.
La construyó alrededor de una idea.
Siempre estuvo claro a qué jugaba Argentina.
Podían cambiar los jugadores.
Podían cambiar los titulares.
Podían cambiar los esquemas.
Pero no cambiaba la identidad.
Y ese es uno de los problemas de muchas organizaciones políticas.
Dependen tanto de una persona que cuando esa persona se va, todo se desordena.
No hay método. No hay cultura. No hay continuidad. No hay equipo.
Scaloni logró exactamente lo contrario.
Construyó un sistema que funciona más allá de quién entre a la cancha.
Por eso muchas veces ingresaban suplentes y el funcionamiento general no se modificaba.
Porque el protagonismo no era individual. Era colectivo.
Pero además hizo algo todavía más valioso.
Tuvo el coraje de renovar.
Mientras gran parte del país discutía nombres históricos, él empezó a dar lugar a una nueva generación.
Julián Álvarez llegó a Qatar sin ser una figura consolidada.
Enzo Fernández arrancó el Mundial desde el banco de suplentes.
Muchos ni siquiera imaginaban el protagonismo que terminarían teniendo.
Sin embargo, Scaloni vio potencial donde otros veían experiencia acumulada.
Y les dio la oportunidad.
Eso también es liderazgo.
Saber cuándo sostener. Y saber cuándo renovar.
Porque los equipos que no se renuevan envejecen.
Pero los que se renuevan sin identidad también fracasan.
La clave está en hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Renovar sin perder el rumbo.
Incorporar nuevas generaciones sin abandonar los valores que hicieron exitoso al equipo.
La política tiene mucho para aprender de eso.
Porque muchas veces seguimos discutiendo apellidos cuando deberíamos estar formando dirigentes.
Seguimos pensando en cargos cuando deberíamos estar construyendo equipos.
Seguimos mirando hacia atrás cuando el desafío está adelante.
Otra enseñanza enorme es que Scaloni no armó una selección con jugadores de un solo club.
Fue a buscar talento donde estuviera.
No le importó el origen. Le importó el rendimiento. Le importó el compromiso.
Le importó lo que cada uno podía aportar al equipo.
Y eso también debería inspirar a la política.
Los mejores gobiernos no se construyen solamente con amigos. Ni con incondicionales. Ni con los que siempre estuvieron.
Se construyen con personas capaces. Con perfiles diversos. Con talento. Con compromiso.
Finalmente, la Selección también mostró algo fundamental.
Messi hacía magia.
Julián corría, presionaba y convertía goles.
Enzo manejaba el juego.
Pero también estaba el Dibu Martínez salvando una pelota imposible en la final.
También estaba Cuti Romero dejando todo en defensa.
Todos eran importantes. Todos cumplían un rol. Todos entendían que el objetivo estaba por encima de las individualidades.
Y esa es quizás la enseñanza más poderosa de todas.
Los grandes equipos no se construyen cuando todos quieren ser protagonistas.
Se construyen cuando cada uno entiende cuál es su función y trabaja para que el conjunto funcione mejor.
La política necesita asumir una verdad incómoda.
El problema de muchos gobiernos ya no es la falta de buenas personas.
Es la falta de método.
Es la falta de equipos.
Es la falta de preparación.
Es la falta de capacidad para gestionar en escenarios cada vez más complejos.
Porque gobernar en 2026 exige algo más que liderazgo personal.
Exige construir organizaciones que funcionen más allá de una persona.
Exige formar susesores. Exige preparar a la próxima generación.
Exige dejar instituciones más fuertes que los dirigentes que las conducen.
Tal vez el verdadero legado de Scaloni no sea una copa.
Tal vez sea haber demostrado que los equipos pueden ser más importantes que las figuras.
Y esa es una lección que la política argentina todavía necesita aprender.
Porque mientras algunos siguen esperando al próximo Maradona, el mundo ya empezó a premiar a los Scaloni.
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