Antonio Solís, carpintero jubilado, 67 años: “Ahora el cliente cree que le estás engañando, antes confiaba en ti”

Antonio Solís no recuerda un momento de su vida en el que la carpintería no estuviera presente. Empezó con 14 años en el taller de su padre, cuando aprender un oficio era, más que una opción, una forma natural de entrar en la vida adulta. Hoy, a sus 67 años, con más de cinco décadas de experiencia a sus espaldas y recién jubilado, mira atrás con la sensación de haber vivido una transformación al completo.

En ese tiempo no solo ha cambiado la manera de trabajar, sino también la relación con el cliente y con el propio oficio. Solís asegura que antes bastaba con cumplir y trabajar bien para tener siempre faena, mientras que ahora la desconfianza, el precio y la inmediatez pesan más que la calidad. También lamenta la falta de relevo generacional: cada vez llegan menos jóvenes al taller y, cuando lo hacen, ya no tienen la misma mentalidad, cuenta a La Vanguardia.

Toda una vida dedicada a la carpintería

¿Qué le enseñó el oficio que hoy cree que se ha perdido?

Lo primero que nos enseñaban era a ser honrados, a trabajar limpio, a tener palabra y a ser constantes, algo difícil de encontrar hoy. Si tú decías “mañana por la tarde voy”, mañana por la tarde estabas allí. No había móviles para avisar ni excusas. Eso hacía que al cliente lo tuvieras siempre ganado. Luego veían que trabajabas bien, que eras limpio, que eras formal… y te recomendaban. Todo era boca a boca, y funcionaba.

¿Cómo era trabajar en aquella época? Foto: Unsplash

¿Cómo era trabajar en aquella época?

Había muchos carpinteros en cada barrio, pero todos teníamos trabajo. La gente se hacía sus casas y siempre había algo que hacer desde carpintería de obra hasta puertas, muebles… Yo hacía mucho mueble porque era más fino. Aprendías el oficio entero y con 18 años ya sabías trabajar de verdad, no solo con las herramientas, sino también haciendo números, presupuestos o tratando con proveedores.

En estos más de 50 años, ¿qué es lo que más ha cambiado?

Ha ido evolucionando poco a poco. Hasta los años 80 íbamos creciendo, comprando maquinaria, aprendiendo en ferias… Yo incluso me iba a Milán a ver acabados, materiales, siempre formándome. Luego vinieron las crisis y hubo un parón, pero ahora el cambio es muy grande. Ya no hay talleres como antes y no se valora el oficio.

¿En qué se nota esa pérdida de valor?

En que tú eres un profesional, aconsejas al cliente y creen que les estás engañando. Y luego es al revés: te dicen que es caro, no valoran el trabajo, no entienden lo que hay detrás. Antes no pasaba eso.

¿También ha cambiado el tipo de cliente?

Sí. El mejor cliente es la persona mayor, que viene, te explica lo que quiere, confía en ti y tú haces el trabajo. Ese cliente funciona. La gente joven no: lo compran todo por internet, en IKEA, lo montan, lo desmontan. No le dan valor y eso afecta mucho al oficio.

¿Cuál es la diferencia entre un carpintero de verdad y alguien que no lo es?

El carpintero de verdad tiene taller, maquinaria, está legalizado y sabe lo que hace. El otro compra cosas, va a tu casa y si tiene un problema no sabe resolverlo. Eso no es el oficio.

¿Hoy se puede vivir bien de la carpintería?

Sí, pero tienes que saber llevarla. Si eres autónomo, tienes un taller y un par de trabajadores buenos, funciona, pero hay muchos gastos -seguros, maquinaria, etc.- y si no te administras bien, te vas a la ruina.

¿Cuál es la diferencia entre un carpintero de verdad y alguien que no lo es? Foto: Unsplash

¿Ha visto casos así?

Muchos. Gente que compra mucha maquinaria para hacer una sola cosa y luego se queda sin trabajo. Yo siempre digo: no te metas en algo solo por un cliente, porque si ese cliente se va, te quedas con la máquina y no te sirve de nada.

Usted comentaba que nunca ha tenido un sueldo fijo. ¿Cómo se organiza eso?

Todo el dinero que entra lo meto en un mismo saco y de ahí pago primero todos los gastos: proveedores, seguros, maquinaria… y lo que queda al final de mes es lo que me llevo yo. Siempre digo que primero administro el dinero de los demás y luego el mío.

¿Cuál es el mayor error que comete alguien que encarga un trabajo?

No tenerlo todo claro. Tiene que haber presupuesto, planos y condiciones, todo explicado y, si puede ser, firmado. Si no, vienen los problemas: “yo pensaba que esto era así”, “yo creía que costaba menos”, y luego hay líos.

¿Por qué cree que hay menos jóvenes interesados en el oficio?

Porque no quieren esa vida. Antes trabajábamos muchas horas, sábados incluidos. Ahora quieren terminar a las tres y descansar, así no aprendes un oficio como este.

¿Falla también la formación?

Sí, porque falta práctica. Antes el chaval entraba en un taller y aprendía de verdad. Ahora hacen cursos, pero luego no hay continuidad. Desde hace años no entra nadie en mi taller pidiendo trabajo. Antes venían los padres a dejarte al hijo para que aprendiera.

¿Por qué un mueble a medida puede parecer caro hoy en día?

Porque lo comparan con uno industrial y no tiene nada que ver. Un mueble a medida está bien hecho, se puede desmontar, adaptar, ampliar o incluso llevarlo de una casa a otra, algo que no sucede con el industrial. Este último lo desmontas una vez y ya no queda igual: se rompe, se estropea. En cambio, uno bien hecho te puede durar toda la vida. Yo he visto gente tirar muebles buenísimos para poner otros peores y eso es porque no se valora.

Después de tantos años, ¿qué es lo más impactante que le ha pasado trabajando?

Una vez entré en una casa con llave, como hacemos siempre comprobando antes, y me encontré a una mujer en muy mal estado. Llamé a la ambulancia y a la policía. Si no llego a entrar en ese momento, no lo cuenta. Eso no se olvida.

¿Y lo más duro del oficio?

Los impagos. Que te dejen dinero a deber y tengas que seguir. A mí me han pasado cosas así y tienes que levantarte y seguir trabajando. Esto es así.

Joel Sáez

Redacción

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