“Podría ser diabetes, que provoca dolores en los pies, o infecciones como la culebrilla o el herpes Zóster, cuando el virus ataca los músculos y, aun cuando se hayan iniciado las curaciones, quedan dolores; o también el VIH, la artritis reumatoidea, el lupus, la esclerosis múltiple. O mismo un ACV, un accidente automovilístico que dañó algún nervio, un tratamiento oncológico o incluso una amputación, que deja ese ‘dolor fantasma’. Las causas pueden ser muchas, pero el efecto es siempre el mismo: dolor”.
En realidad, es el llamado dolor neuropático periférico, “condición que sufre entre el 7% y el 10% de la población mundial, y que genera una naturaleza debilitante y frustrante», detalló el científico riojano Carlos Laino, autor de un reciente paper en el que mostró -en un estudio, por ahora, con animales- mejoras no conocidas por acción de los ácidos omega-3. O sea, un efecto de disminución del dolor, gracias a ese ácido de la grasa del pescado.
Laino es bioquímico, doctor en farmacología y dirige el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional de La Rioja. Ya había sido citado en este diario por sus investigaciones con un concentrado de cannabis disponible para tratar epilepsia, del que él había encontrado un segundo efecto positivo “out of label” (o sea, fuera de etiqueta o prospecto) en pacientes con migraña crónica. Algo similar se contará acá, sólo que la estrella es el omega-3, o como dice él (porque hay más de un tipo) “los” omega-3.
La historia comenzó hace 20 años, cuando Laino llegó de formarse en Canadá y se interesó por profundizar en algo de lo que había sospecha en el ámbito científico, y es que, además del probado efecto antiinflamatorio de estos ácidos tan presentes en la grasa del pescado (sobre todo, los salmónidos, las sardinas y anchoas), también podría generarse una repercusión distinta, a nivel analgésico. Al nivel del dolor.
Resulta que había. Al menos, en un modelo preclínico con animales, detalla el paper que publicó hace días en el Journal of Pharmacy and Pharmacology, de la Royal Pharmaceutical Society (el colegio farmacéutico de Gran Bretaña). Lo titularon “Efectos beneficiosos del aceite de pescado enriquecido con ácidos grasos omega-3 en el desarrollo y mantenimiento del dolor neuropático”.
Aunque la cautela es buena aliada cuando las investigaciones no fueron hechas en humanos, Laino se siente muy confiado de la utilidad futura de su hallazgos. Veamos, entonces, en qué consisten.
Pescado y omega-3: una vuelta al dolor
Como cualquiera puede intuir, el dolor no sólo es un concepto multifacético sino que desde el punto de vista científico también tiene múltiples caras. Ahora hablamos de un tipo puntual de dolor, que técnicamente se denomina dolor neuropático periférico. Puede ser causado de distintas maneras, pero siempre tiene un costado patológico. Dicho de otro modo, implica una afectación de uno o más nervios, pero no al nivel del sistema nervioso central sino en el nivel de las ramificaciones nerviosas. O sea, a nivel periférico. En los nervios que están en las piernas, en los brazos y en todo lo que por periferia del cuerpo se entienda.
Ahora bien, si el dolor que nos importa debe ser patológico, una buena pregunta es si existe un tipo de dolor no-patológico. Laino dijo que sí y lo ejemplificó: “Por ejemplo, el dolor en el cuerpo en un cuadro gripal, es un dolor como consecuencia de la fiebre. No es propiamente patológico”.
Aún así, cuesta entender de qué tipo de dolor hablamos. Porque, ¿en qué se parecen los dolores corporales que sufre una persona con esclerosis múltiple de aquel tipo “fantasma” por un brazo amputado o las molestias tremendas en los pies de un paciente con diabetes grave?
Laino detalló tres características típicas de ese tipo de dolor, “independientemente de la causa que lo provoque”. Los rótulos de estas características sonarán más extravagantes que lo que significan, pero son las siguientes:
- La llamada “alodinia mecánica”. En palabras del científico, “es el dolor provocado por un estímulo que normalmente no debería causarlo. Por ejemplo, el roce de la ropa, el contacto con una sábana. Un tipo de hipersensibilidad, podría decirse”.
- “Lo que llamamos hiperalgesia térmica. Es decir, un tipo de respuesta de dolor exagerada o amplificada ante estímulos que normalmente provocan poco o ningún dolor, siempre asociados al frío o al calor”, aclaró.
- El daño neuronal. “O sea, cuando se altera o daña un nervio y transmite cualquier señal que normalmente no transmitiría”.
Todo eso puede ser producido por (entre otras) las enfermedades enunciadas en el inicio de estas líneas, o también cuando se daña algún nervio por un accidente. Si bien existen soluciones farmacéuticas para tratar estas molestias, Laino considera que revierten dos problemas, lo que precisamente dejó un espacio vacante para generar una mejora terapéutica desde la investigación científica.
“El primer problema es la baja eficacia. Hay estudios que dicen que menos del 50% de los pacientes logra un alivio realmente satisfactorio ante este tipo de dolor”, contó. Aclaró que generalmente se usan antidepresivos, ya que antes de descubrirse su efecto -valga al redundancia- antidepresivo, fueron diseñados para tratar el dolor neuropático periférico. “Y también se usan anticonvulsivantes”, agregó.
El segundo punto es “la presencia de efectos adversos. Hay estudios que dicen que el 80% de las personas que reciben estos medicamentos experimentan al menos un efecto adverso. Por ejemplo, somnolencia, mareos y náuseas”, detalló.
“Faltaba una alternativa de tratamiento”, contó, y detalló los resultados del trabajo con animales modelados con una afección nerviosa puntual, en este caso, en el nervio ciático.
El mayor logro se vio en la alodinia mecánica (el dolor, por ejemplo, por el roce de una toalla), “que disminuyó un 100%”. En cuanto a la hiperalgesia térmica “se vio una reducción del dolor en un 25%. Y la recuperación motora aumentó aproximadamente un 20%”, sumó el investigador.
¿Un horizonte distinto para el omega-3?
Laino tiene un trabajo “pariente” de este, muy avanzado: descubrió hace años una combinación beneficiosa entre el omega-3 y la morfina. Al aliviar el dolor, el compuesto natural permite reducir la dosis indicada del opioide en pacientes que por ejemplo atravesaron una cirugía.
“A fines de junio, esperamos hacer el estudio de fase 2, doble ciego, con 40 pacientes. La mitad recibirá placebo y la otra mitad, esa combinación antes, durante y después de la cirugía de vesícula, intervención de la que la administración de morfina está estandarizada”. Los pacientes recibirán menos morfina y, en su lugar, omega-3.
Todo esto, después de que Laino haya reportado hace años que no sólo el omega-3 ayuda a disminuir los efectos adversos de la morfina (constipación y depresión respiratoria, básicamente) sino que se descartó el efecto adictivo, lo que sería especialmente peligroso para el terreno del consumo problemático de sustancias.
Con esto en marcha, la nueva investigación enfocada, no en cirugías sino en patologías crónicas, parece tener viento en popa, transmite. “Pero nos falta un socio. Existe una vía de financiamiento del Gobierno nacional, pero precisás un socio privado al que le pueda interesar tu propuesta”, detalló, y dijo: “No es tan fácil”.
Hablaron con un par de laboratorios nacionales. Uno descartó la propuesta y el otro “lo está pensando”. Aunque consideró que “el subsidio es bueno”, aclaró que “el Conicet, con esta gestión, está mucho más cerrado”.
“Con esta lucecita de subsidios que hay, uno se quiere prender, pero no es fácil. Quizás no está mal, porque así tu proyecto puede hacer el puente”, dijo Laino, y concluyó: “El tema es que las farmacéuticas a veces son estructuradas. Hay que admitir que, desde la pandemia, la industria nacional se empezó a animar mucho más que antes a probar cosas nuevas, realmente. Pero todavía falta mucho”.
AS

