Por Luis Huls*
Una diputada libertaria abandonó el bloque que conduce Adrián Núñez y otro legislador estaría evaluando seguir el mismo camino. El motivo de fondo no parece ser una diferencia ideológica con Javier Milei sino algo más básico: la resistencia a aceptar que desde Buenos Aires se dicte qué proyectos presentar, qué posiciones adoptar y hasta cómo construir el discurso político en una provincia que tiene dinámicas, problemas e intereses propios.
Por lo bajo circulan versiones todavía más reveladoras. Que Adrián Núñez pretendía corregir discursos. Que Valeria Soczyuk daba consejos sobre cómo vestir o cómo mostrarse públicamente. Si fuera cierto, sería una síntesis perfecta de cómo terminan muchas experiencias políticas: llegan prometiendo combatir a la casta y terminan reproduciendo algunos de sus peores vicios.
A nivel nacional, La Libertad Avanza atraviesa una etapa de turbulencias. Denuncias judiciales contra Javier Milei, Karina Milei, Manuel Adorni y los Menem, entre otros dirigentes, internas permanentes, cuestionamientos éticos, caída del consumo, deterioro del empleo y una economía que todavía no logra traducir el ajuste en bienestar concreto para buena parte de la población.
Nada demasiado novedoso para la Argentina.
Porque una de las enseñanzas más repetidas de la política nacional es que ningún partido tiene el monopolio de la virtud ni de la incompetencia. Hay funcionarios honestos y corruptos, capaces e inútiles, en todas las fuerzas políticas. Los libertarios misioneros tampoco escapan a esa lógica.
Diego Hartfield declaró alguna vez que Néstor Kirchner había sido el mejor presidente argentino y en 2015 fue candidato de la Renovación en Oberá. Adrián Núñez construyó una carrera y una fortuna dentro del Estado misioenro que hoy denuncia como el origen de todos los males. Y el posadeño Javier Lanari, mano derecha de Adorni, quedó envuelto en graves acusaciones públicas formuladas por la diputada nacional de su propio espacio, Marcela Pagano.
Las similitudes entre las distintas castas políticas suelen ser mucho más profundas de lo que admiten sus protagonistas. La corrupción, el oportunismo, la soberbia o la inoperancia no tienen ideología. Son defectos humanos que atraviesan partidos, profesiones, religiones y países.
Y la Renovación tampoco está exenta. El oficialismo misionero no vive en una burbuja inmune a esos procesos.
Durante más de dos décadas, el Frente Renovador de la Concordia logró construir una estructura política extraordinariamente eficiente para ganar elecciones, administrar el poder y contener sectores muy distintos bajo una misma conducción. Radicales, peronistas, independientes, dirigentes sociales, empresarios, intendentes y profesionales convivieron dentro de un mismo esquema luego de desplazar al puertismo, porque existía un objetivo superior que ordenaba las diferencias y una conducción capaz de garantizar estabilidad política.
Sin embargo, los procesos políticos también tienen ciclos. Los modelos que nacen para combatir estructuras agotadas suelen correr el riesgo de convertirse, con el paso del tiempo, en aquello que alguna vez combatieron. Veintitrés años de gobierno dejaron gestión, obras, estabilidad institucional y una identidad política propia, pero también produjeron burocracia, comodidad y una generación de dirigentes que comenzó a alejarse de la calle y de los cambios que se estaban produciendo en la sociedad.
La crisis económica nacional de los últimos años aceleró ese desgaste. El ajuste, la caída del consumo, el deterioro de los ingresos y el creciente malestar social empezaron a modificar el humor colectivo. Y si hay algo que tanto Carlos Rovira como Hugo Passalacqua aprendieron a lo largo de sus trayectorias es que cuando la sociedad empieza a enviar señales de cansancio conviene escucharlas antes de que se transformen en votos.
Por eso resulta un error interpretar lo que ocurre hoy como una simple pelea personal entre dos dirigentes.
La discusión es bastante más profunda.
Tanto Rovira como Passalacqua parecen haber llegado a una conclusión similar: la Renovación, tal como funcionó durante los últimos años, llegó a su límite. Lo dijo Rovira cuando presentó Encuentro Misionero. Lo confirmó Passalacqua cuando comenzó a desmontar decisiones que hasta hace poco eran defendidas por el propio oficialismo y avanzó en medidas destinadas a recuperar cercanía con una sociedad cada vez más exigente.
La eliminación de la aduana paralela, el fin de determinados gravámenes sobre las billeteras virtuales, la reducción de cargos políticos, el ajuste de estructuras administrativas y el discurso permanente de austeridad forman parte de una misma lógica: la comprensión de que el modelo necesitaba corregirse para sobrevivir.
Y ahí aparece una definición central para entender lo que está ocurriendo.
La Renovación no caducó como fuerza política. Caducó como formato.
Caducó una manera de construir poder. Caducó una forma de vincularse con la sociedad. Caducó una estructura diseñada para un contexto político que ya no existe. Lo que está en discusión no es la continuidad del proyecto político sino la arquitectura de la próxima etapa.
Pero cuando todos coinciden en que hay que cambiar, inmediatamente aparecen otras preguntas.
¿Quién conduce ese cambio? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué nombres lo protagonizan? ¿Qué sectores acumulan más influencia en el nuevo esquema?
Y allí comenzaron las diferencias.
La irrupción de Encuentro Misionero fue interpretada dentro y fuera del oficialismo como el lanzamiento de una nueva etapa política. Una etapa donde empezaban a ordenarse los nombres que podrían conducir el espacio después de Passalacqua. Lucas Romero Spinelli, Leonardo Stelatto, Sebastián Macías y Oscar Herrera aparecieron naturalmente dentro de esa conversación.
El problema es que mientras algunos comenzaban a imaginar el escenario posterior a Passalacqua, Passalacqua seguía siendo el gobernador de la provincia.
Y no cualquier gobernador.
Un dirigente con altos niveles de imagen positiva, con apoyo territorial de intendentes y convencido de que todavía conserva capacidad para discutir su lugar dentro del proceso político que viene.
En su entorno sostienen que durante los últimos años se fueron acumulando situaciones que generaron malestar. Decisiones estratégicas tomadas sin consulta, movimientos políticos que parecían dar por terminada su etapa antes de tiempo y una sensación creciente de que algunos sectores comenzaban a escribir el capítulo siguiente sin haber concluido el actual.
Allí aparece una diferencia de enfoque que explica buena parte de las tensiones actuales. Cerca de Rovira entienden que el momento exige acelerar una transición y consolidar nuevos liderazgos alineados con la etapa que pretende abrir Encuentro Misionero. Cerca de Passalacqua, en cambio, consideran que una transición demasiado cerrada sobre determinados nombres y sectores corre el riesgo de reducir la base política del oficialismo justo cuando el desafío exige ampliarla. En otras palabras: mientras unos buscan ordenar la sucesión, otros pretenden discutirla.
Nada extraordinario para la política. Pero sí inusual para un espacio que durante años se caracterizó por procesar sus diferencias lejos de la mirada pública.
Como ocurre en las familias que atraviesan momentos delicados, los nervios comenzaron a aparecer. No porque el poder esté perdido, sino porque por primera vez en mucho tiempo existe la posibilidad real de que pueda estar en discusión. Y cuando el poder entra en discusión, afloran tensiones que durante años permanecieron escondidas debajo de la alfombra.
Los exintendentes Lito Redczuk y Fermín Prette ensayaron sus propias interpretaciones, que no necesariamente son compartidas por todos los sectores del oficialismo. El ministro José María Arrúa eligió una definición más gráfica cuando fue consultado sobre el tema y habló de una «pelea de perros grandes». Más allá de la expresión, la imagen describe bastante bien la situación: dirigentes con demasiado peso político como para que terceros entren y salgan del conflicto sin correr riesgos.
Sin embargo, también hubo exageraciones.
Passalacqua no anunció la construcción de un nuevo partido político, como interpretaron algunos exintendentes. Lo que planteó fue otra cosa. Que mientras otros decidieron construir una nueva herramienta política, él permaneció donde siempre estuvo. Parece una diferencia menor, pero no lo es. Porque detrás de esa frase aparece una discusión mucho más profunda acerca de quién cambió, quién se movió y quién interpreta mejor el momento político que atraviesa Misiones.
En ese contexto debe leerse también su discurso del 20 de junio en Candelaria.
Cuando afirmó que «no hay que confundir ser cortés con ser débil» y que la fortaleza de una persona proviene de sus convicciones y de sus valores, el mensaje excedió la figura de Manuel Belgrano y pudo interpretarse como una definición política dirigida al microclima que domina al oficialismo desde hace meses. Una reivindicación de la firmeza sin estridencias, pero también una advertencia para quienes interpretan el silencio como resignación o la moderación como falta de carácter.
La Renovación caducó. No porque esté desapareciendo.
Caducó porque sus propios conductores entendieron que ya no alcanza con administrar el pasado y que el desafío consiste en construir una nueva etapa.
Lo que se está discutiendo no es si habrá cambios sino quién los conducirá, con qué nombres, con qué formas y con qué equilibrio de poder.
Por eso esta semana fue importante.
El viernes hubo una reunión clave de la conducción de Encuentro Misionero. Comenzaron revisiones internas. Fue un momento bisagra. Hubo decisiones medulares vinculadas a nombres, responsabilidades y proyección política. Una reunión que, según distintas interpretaciones, fortaleció la figura de Leonardo Stelatto como una de las referencias centrales del proceso que viene, mientras otros dirigentes vieron disminuir sus acciones en el complejo mercado interno de la sucesión.
Pero quizás el dato más importante no sea quién subió o quién bajó.
Lo verdaderamente importante es que muchas de esas decisiones comenzaron a orientarse hacia un mismo objetivo: recomponer puentes con Passalacqua y construir una oferta política suficientemente amplia como para sostener el gobierno, preservar el modelo y enfrentar el escenario electoral de 2027 sin fracturas irreversibles.
Hay algo que termina y algo que empieza. Se redefine el poder.
No sabemos todavía si se llamará Encuentro Misionero, Frente Renovador, Frente Renovador del Encuentro Misionero o tendrá otro nombre.
Lo que sí parece claro es que la etapa anterior llegó a su límite. Caducaron algunas formas, algunas prácticas, algunos nombres y algunas certezas. Pero no necesariamente la idea de unidad.
Y allí aparece la verdadera prueba.
Porque el desenlace de esta historia dirá mucho más que quién conduce una candidatura o quién ocupa una oficina. Dirá si detrás de tantos discursos sobre cuidar Misiones existía realmente un proyecto capaz de anteponer el interés colectivo a las ambiciones personales. O si, en realidad, lo que se estuvo protegiendo durante todos estos años fueron cuotas de poder, privilegios acumulados y egos demasiado grandes para compartir la misma mesa.
Ahora sabremos si durante veintitrés años estuvieron cuidando Misiones o simplemente estuvieron cuidando el poder propio.
*Director de Misiones Opina



