Barbacoa, jazz y Kansas City

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Kansas City no entra por los ojos, entra por el olfato. Apenas se pisa el centro, el aire empieza a oler a leña encendida y a salsa de barbacoa, una combinación que se repite en cada esquina y que explica, mejor que cualquier folleto turístico, por qué esta ciudad del Medio Oeste estadounidense se convirtió, casi sin proponérselo, en uno de los destinos más subestimados del país. Lejos de las postales habituales de Nueva York o Los Ángeles, ofrece jazz en vivo casi todas las noches, una historia afroamericana que cambió al deporte estadounidense y una calidad de vida que sorprende a quien llega pensando en una escala de paso.
Asentada sobre la confluencia de los ríos Missouri y Kansas, la ciudad se reparte, de manera algo confusa para quien la visita por primera vez, entre dos estados: Kansas City, Missouri, la más grande y la que concentra casi todos los atractivos turísticos, y Kansas City, Kansas, apenas un puente de distancia. Fundada como puesto comercial en 1833 en lo que hoy es el barrio de Westport, creció al ritmo de las caravanas que partían hacia el Oeste y, más tarde, de los corrales de ganado del West Bottoms, que durante décadas convirtieron a la ciudad en uno de los centros cárnicos más importantes del país. Esa misma energía comercial financió, con los años, una sorprendente colección de fuentes urbanas, suficientes para que la ciudad se ganara el apodo no oficial de Ciudad de las Fuentes.
A diferencia de otros destinos estadounidenses ya saturados de turistas, Kansas City conserva el aire de joya escondida. Los precios resultan más bajos que en las costas, moverse de un barrio a otro no representa ningún esfuerzo y la ciudad entera transmite una sensación de espacio poco habitual en pleno corazón del país. Esa escala amigable explica, en parte, por qué quienes llegan sin demasiadas expectativas suelen terminar hablando de ella durante meses.
Una torre para quedarse
Para alojarse, conviene mirar hacia el sur del centro, sobre Crown Center, el complejo que Hallmark Cards construyó junto a sus oficinas centrales para integrar trabajo, comercio y entretenimiento en un mismo terreno. Ahí se levanta, desde 1980, la torre circular del Sheraton Kansas City Hotel at Crown Center, con 45 pisos y más de 150 metros de altura que la convirtieron, durante años, en el edificio más alto de Misuri. Su estructura responde a una época muy concreta de la hotelería estadounidense, la de los grandes atrios interiores y los hoteles pensados como destinos en sí mismos, capaces de albergar convenciones enteras sin depender del entorno inmediato. Pasarelas elevadas y corredores cubiertos conectan la torre con el Museo Nacional de la Primera Guerra Mundial, la histórica Union Station, Science City, el acuario Sea Life y Legoland Discovery Center, lo que permite moverse varias cuadras sin pisar la calle. Desde los pisos más altos, la vista despliega una ciudad de avenidas amplias, barrios históricos y zonas verdes que sorprende a quien esperaba encontrarse con otro centro urbano más del Medio Oeste.
El recorrido natural empieza ahí mismo, en Union Station, una de las grandes estaciones ferroviarias históricas del país que hoy funciona como museo de ciencias para chicos, planetario y sala de exposiciones itinerantes. El KC Streetcar, gratuito y con dieciséis paradas, conecta la estación con River Market, el barrio donde cada fin de semana se monta el mercado de productores más antiguo de la ciudad, y con Columbus Park, un sector residencial pequeño y algo escondido con fuerte herencia italiana y vietnamita. Más al oeste, el West Bottoms recicló sus antiguos depósitos de ladrillo, los mismos donde se procesaba el ganado hace un siglo, en tiendas de antigüedades, bodegas de vino y bares de cócteles que el primer fin de semana de cada mes reciben a cazadores de objetos vintage.
Hacia el sur, el Crossroads Arts District concentra galerías, estudios de artistas y una agenda cultural que se nota especialmente el primer viernes de cada mes, cuando todo el barrio abre sus puertas hasta tarde. Ahí también está el Kauffman Center for the Performing Arts, sede de la Sinfónica, el Ballet y la Ópera local, rodeado de cervecerías artesanales y bares de cóctel que crecen año a año. A pocas cuadras, el distrito de Power & Light reúne la mayor concentración de hoteles, el centro de convenciones y el T-Mobile Center, mientras que un poco más lejos, el estadio Arrowhead recibe cada otoño a los Chiefs, el equipo de fútbol americano más popular de la ciudad.
Sabores y memoria
La verdadera identidad gastronómica de la ciudad aparece más al sur, sobre West 39th Street, una cuadra excéntrica de carteles de neón, bares de mala muerte con mucho encanto y locales que mezclan cocinas de todo el mundo. Ahí, en el cruce que le da nombre a la calle, funciona Q39, uno de los templos de la barbacoa de Kansas City. Lo abrió en 2014 el chef Rob Magee, formado en el Culinary Institute of America, con la idea de aplicar técnicas de competencia, las mismas con las que su equipo ganó varios campeonatos nacionales, a un restaurante de mesa y mantel. Magee falleció en 2021, pero su esposa Kelly sigue al frente del lugar, que hoy reparte sus famosas alitas, su pechito ahumado durante horas en parrillas a leña y sus burnt ends entre vecinos y visitantes que llegan de cualquier punto del país. Conviene reservar con tiempo, sobre todo los fines de semana, y dejar lugar para el postre.
Unas cuadras al este, el barrio de 18th & Vine guarda una de las historias más importantes de Estados Unidos. Ahí, en una reunión realizada en 1920 en la sede local de la YMCA, Andrew Rube Foster fundó la primera liga nacional negra de béisbol, en un país donde los jugadores afroamericanos todavía tenían prohibido jugar en las grandes ligas. Esa historia se cuenta hoy en el Negro Leagues Baseball Museum, que ocupa el mismo edificio que el American Jazz Museum desde 1997 y que tiene como pieza central el Field of Legends, una decena de esculturas de bronce de tamaño real que recrean a estrellas como Satchel Paige o Josh Gibson en plena jugada. La entrada general ronda los diez dólares, aunque conviene confirmar el valor antes de ir, ya que suele actualizarse cada año. El barrio completo, cuna también del jazz de Kansas City, todavía conserva clubes con música en vivo casi todas las noches y locales de barbacoa con varias generaciones de historia.
Del otro lado de las vías, el Westside conserva una identidad muy distinta, marcada por décadas de inmigración mexicana y centroamericana que se nota en cada cuadra de Southwest Boulevard, repleta de restaurantes y panaderías latinas. En ese mismo barrio, alejado de los circuitos más turísticos, funciona desde 2009 The Westside Local, uno de los primeros restaurantes de la ciudad en apostar de lleno por el concepto farm to table. La cocina, a cargo del chef Julio Ventura, combina productos de granjas cercanas con recetas heredadas de su abuela en Veracruz, y el resultado se sirve entre paredes de ladrillo expuesto y un patio cervecero que admite mascotas. La hamburguesa de mermelada de jalapeño y los huevos a la diabla son, según los propios vecinos, motivo suficiente para cruzar la ciudad.
Barrios para perderse
El resto de la ciudad se reparte en barrios que premian la caminata. El Country Club Plaza, inaugurado en 1923 con una arquitectura inspirada en el sur de España, reúne locales de moda y una colección de fuentes que se ilumina apenas cae el sol. Cruzando el arroyo Brush Creek, el Distrito de Museos de Arte junta, uno al lado del otro, al Nelson-Atkins, con entrada gratuita y un parque de esculturas donde se pueden ver de cerca los famosos volantes de bádminton gigantes, y al Kemper, dedicado al arte contemporáneo y también sin costo de entrada. Más al sur, Brookside y Waldo se conectan por el Trolley Track Trail y comparten un aire de pueblo, con vidrieras a rayas, locales de regalos y bares de barrio que llenan sus mesas todas las noches de la semana. Hacia el norte, el barrio histórico de Pendleton Heights guarda Cliff Drive, un camino panorámico reconvertido para ciclistas y peatones, mientras que sobre el río, el nuevo Berkley Riverfront creció alrededor del estadio CPKC, el primero del país construido específicamente para un equipo de fútbol femenino profesional.
Cuánto cuesta el viaje
Desde Buenos Aires no hay vuelos directos, así que conviene resignarse a una escala, generalmente en Houston, Dallas, Atlanta o Miami, que suma entre doce y diecisiete horas de viaje según la conexión. Un pasaje ida y vuelta puede conseguirse desde 900 o 1.000 dólares en temporada baja, aunque en los meses de mayor demanda, sobre todo en verano, el valor puede subir con facilidad por encima de los 1.300.
El alojamiento también depende mucho de la temporada. Una noche en el Sheraton Kansas City Hotel at Crown Center suele rondar entre 190 y 250 dólares para dos personas, sin contar el estacionamiento, que cuesta 33 dólares por día en el predio propio y 45 con valet. Hoteles de categoría similar en Crossroads o el centro se mueven en rangos parecidos, mientras que opciones más sencillas en Midtown o cerca de Westport pueden conseguirse desde 120 o 140 dólares.
La comida sigue siendo, para el estándar estadounidense, bastante accesible. Un plato de barbacoa en Q39 cuesta entre 15 y 25 dólares, una cena completa con bebida en The Westside Local ronda los 30 o 35, y un sándwich rápido en cualquier local de barbacoa del centro puede salir por menos de 12. Para moverse, el KC Streetcar es gratuito y conecta River Market con Union Station y Crown Center cada diez o quince minutos, aunque para llegar a Westside o a 18th & Vine conviene recurrir a Uber o a un auto de alquiler.
En cuanto a las actividades, la entrada al Negro Leagues Baseball Museum cuesta unos 10 dólares, Science City en Union Station ronda los 17, y tanto el Nelson-Atkins como el Kemper Museum of Contemporary Art se visitan sin pagar nada. El Museo Nacional de la Primera Guerra Mundial tiene un costo de entrada moderado que conviene chequear antes de ir, ya que varía según las exposiciones especiales del momento. Sumando todo, una estadía de cuatro o cinco días en Kansas City, con vuelo, hotel de categoría media y comidas, puede planearse con un presupuesto de entre 1.300 y 1.800 dólares por persona.
Kansas City no hace ruido para que la visiten. Entre el humo de las parrillas, las estatuas de bronce que recuerdan a los héroes de las ligas negras y la silueta circular del Sheraton recortada contra el cielo del Medio Oeste, la ciudad deja una sensación poco habitual en un destino tan asociado al fútbol americano y a las hamburguesas, la de haber guardado, sin demasiado ruido, un lugar con mucho para contar.


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Redacción

Fuente: Leer artículo original

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