Guillermo era un negrito hermoso. Y como hijo soñado, amaba a su madre. Tenía perdición por ella porque en ella se encontraba. Amaba a su madre porque su madre, como casi toda madre, era faro, paraguas, bastón, armadura y almohada. Su madre, como casi toda madre, era la palma abierta de una mano enamorada.
Había, y lo habrá siempre, un amor retribuido, comprensivo y elástico sin fin entre el niño Guillermo y su madre. Como si fuera poco, Guillermo era hijo único. ¿Cómo desenredar esa madeja que nos ata al amor más primitivo y puro, si encima no es preciso compartir, si no hace falta la distribución del“un poco allá, un poco acá”? Todo el amor para Guillermo.
¿Cómo desenredar esa madeja? ¿Habrá sido pregunta de la madre de Guillermo, ese negrito hermoso de un metro, ese niño sueño de peluche? No hay respuesta. Pero hay una historia. Una historia por contar. Porque el niño Guillermo, que disponía de su madre como ángel y compañía, como amiga y protectora, a veces sentía celos. ¿Celos? ¿celos de quién? ¿celos de alguien real, cercano, posible, de carne y hueso? ¿Celos de un superhéroe imaginado, capaz de cumplir proezas imposibles e improbables? Algo así. Guillermo sentía celos cuando en la pantalla del televisor en blanco y negro de la familia aparecía este superhéroe y su madre, la madre que era paraguas, bastón, armadura y almohada solo para él, esa madre exclusiva se convertía, también, en madre de otro. De otro que aparecía en ese televisor cada vez que lo entrevistaban, que jugaba un partido, que hacía un gol e incluso cada vez que se metía en un quilombo. Y la madre, la madre del niño Guillermo, apenas escuchaba que aparecía él en la TV, por un minuto desatendía a su hijo Guillermo para atender a este otro hijo a quien también, como a Guillermo, le decía mi chiquito, mi hijo, cuánto te quiero mi negrito y le tiraba besos a la pantalla. Y Guillermo, explotaba: su madre, que era su madre sólo para él, se perdía ante la tele cuando aparecía este otro negrito, pero de rulos; negrito, pero petisón; negrito, pero de aire compadrito, artista universal de la zurda, genio incomparable de la lengua.
Aparecía en la tele y su madre corría a verlo y a hablarle a esa imagen lejana: mi chiquito, mi amor le decía y le tiraba más besos. Y el niño Guillermo se enojaba. Se enojaba muy en serio con su madre. Y su padre, que veía de afuera, se reía. Pero el niño se enojaba en serio. Tanto, tanto, que ese otro negrito se volvió su competencia, su enemigo, su distancia. ¿Cómo, se preguntaba el niño, mi mamá va a querer a otro negro que no sea yo?
Durante un tiempo se guardó la bronca en lo más adentro de sus tripas de niño, en su conciencia de amor exclusivo. Hasta que un día el niño Guillermo no soportó más la convivencia con esa angustia y le dijo a su madre que quería hablar con ella.
_ Mamá, tenemos que hablar.
Y la sentó en el mismo sillón del living de esa casa de trabajadores que estaba al frente del televisor, y le preguntó a su madre como un juez a un condenado, con una seriedad que bordeaba, también, la tristeza:
_ Mamá, ¿por qué cada vez que aparece Maradona te ponés así, por qué le decís hijito, por qué le decís que lo querés, si tu único hijo soy yo?
Su madre, faro, paraguas, bastón, armadura y almohada como buena madre, lo miró con compasión y cariño, le sonrió con ganas de abrazarlo, enfocó bien frente los ojos negros de su hijo, esos cachetes de juego, y le dijo:
_ Mirá Guille, yo de fútbol no sé nada. Corren para un lado, corren para el otro, le pegan a la pelota, festejan. No entiendo mucho. Pero a mí, hijito, de Maradona me gusta otra cosa. Me gusta que Maradona nunca, nunca, se olvida de su mamá, ¿te fijaste? Tampoco se olvida de su papá ni de sus hermanos. Y nunca se olvida del barrio del que salió. Siempre está pendiente por si necesitan algo. Y eso, hijo mío, es lo que todas las madres queremos de nuestros hijos. Siempre pienso, Guille, que si él, que ya es grande y sale por tele, puede transmitir ese amor por la familia, por el barrio y por su patria, y todos aprendemos eso, la Argentina va a ser un lugar mejor. Por eso lo quiero a Maradona hijito: porque nunca se olvidó de dónde salió y de sus amores.
El niño Guillermo hizo silencio. Su madre había hablado. El niño Guillermo no dejó de mirarla un segundo, pero no pudo ensayar una respuesta, pedirle más explicaciones, reclamar la exclusividad de hijo único que le pertenecía. Hizo silencio como hace silencio un hijo frente a la verdad maternal: la verdad suprema, abanderada de un amor incuestionable.
El niño Guillermo hizo silencio y convivió, desde entonces, con esa dualidad: su mamá también era mamá del mejor del mundo. Los celos, inmanejables, cada tanto lo acechaban. Hasta que llegó un momento determinado, un momento que lo cambiaría todo. Que haría que las palabras de su madre se volvieran la lección que en ningún aula jamás nadie ha enseñado.
Ese momento ocurrió en los días de mundial de México, allá por 1986, cuando el niño Guillermo ya asomaba a la adolescencia y seguía siendo ese negrito soñado de su madre. Esa madre compartida con otro hijo, ese hijo que acababa de construir la obra de arte más colosal que ha conocido el mundo. Ese día, después de los festejos con los amigos de la cuadra, Guillermo escuchó al autor de la obra, de ese gol inolvidable, decirle a doña Tota:
_ Mamá, yo juego para vos, mamá.
Guillermo, parado frente al televisor ese 22 de junio de 1986, aún inundado por la alegría del triunfo ante los ingleses, comprendió finalmente las palabras de su madre. Guillermo dejó de cantar el que no salta es un inglés, dejó de pensar en la semifinal que se avecinaba, y recordó cada una de las palabras de su madre aquella tarde en que madre e hijo hablaron con una seriedad que nunca habían tenido.
Ahí, dice hoy Guillermo, entendí todo. Ahí entendí lo que mi mamá sentía por Maradona. Y ese día, acepta hoy, 40 años después, lo empezó a querer. Ese día sintió que Maradona, de quien había tenido unos celos que lo sacaban de sí, ese día sintió para siempre que el Diego era su hermano. Y desde entonces se juró, cada vez que fuera necesario, y vaya que lo fue, defenderlo y cuidarlo. Porque entendió Guillermo, que ya es un hombre y no aquel niño que fue, que Maradona es su hermano mayor. Y porque gracias a Maradona comprendió lo que es capaz el amor de una madre; faro, paraguas, bastón, armadura y almohada para soñar nuestros mejores goles, para soñar nuestros mejores mundos.




