I Capuleti e i Montecchi, en el Colón: una ópera deliberadamente oscura, marcada por un sentimiento de muerte y de guerra

En 1987, a propósito de una versión de I Capuleti e i Montecchi en la Scala de Milán, el gran crítico italiano Massimo Mila apuntaba que, durante su breve vida, Vincenzo Bellini escribió de diferentes maneras un Romeo y Julieta, con la feliz excepción de La sonnambula. Y concluía que, cuando tuvo oportunidad de afrontar específicamente este tema, las circunstancias no fueron las más felices, y que el encuentro entre argumento y autor no produjo el «incendio glorioso» que hubiera sido lógico esperar.

Efectivamente, la génesis de esta obra estuvo marcada por la premura: ante la imposibilidad de Giovanni Pacini de cumplir con un compromiso, el Teatro La Fenice de Venecia apeló a Bellini, que había llegado para poner en escena Il pirata, para proveer a la institución de una ópera para la temporada de Carnaval. En menos de dos meses, Bellini y su libretista, Felice Romani, escribieron, ensayaron y estrenaron este I Capuleti e i Montecchi, apelando a creaciones anteriores: en el caso del libretista, su texto para el Giulietta e Romeo de Nicola Vaccai (1825); en el caso del compositor, a Zaira y Adelson e Salvini.

No debe sorprender el autoplagio: las tres óperas precedentes habían sido estrenadas en otros escenarios, y esta costumbre era una práctica tan común como aceptada por el público, los artistas y los empresarios.

Al igual que sus antecesoras inmediatas -el mencionado Giulietta e Romeo de Romani-Vaccai y la homónima de Nicola Antonio Zingarelli, de 1796-, la ópera no toma como fuente el drama de Shakespeare que modelaría otras célebres versiones decimonónicas.

En lugar de eso, va hacia sus fuentes italianas anteriores al dramaturgo inglés, y pone el foco en la lucha entre güelfos y gibelinos, representados aquí por los Capuleti y los Montecchi, respectivamente. El hecho de que el título no haga alusión a los célebres amantes sino a los clanes enfrentados ya es una afirmación sobre las prioridades del relato.

El resultado es una obra deliberadamente oscura, marcada por un sentimiento de muerte y de guerra, difícil de poner en escena sin caer en el estatismo. Heredero de los clichés de la ópera seria y en la tradición del bel canto, el drama no está en la acción, sino en la forma en la que las voces se hacen eco de esa acción.

Una obra en su contexto

Aunque sus arias suelen estar presentes en audiciones, concursos y programas de recitales o antologías discográficas, sólo la rara oportunidad de ver la ópera completa permite apreciarlas en su debido contexto, y aquí está la apuesta del Colón, a 55 años de su única representación en esa sala (1971).

La puesta de Pablo Maritano no fuerza el lugar ni el tiempo de la acción. Su objetivo principal parece ser el enfatizar la lobreguez del tono elegido por Romani y Bellini (sin escenas deliberadamente festivas ni cabalettas deslumbrantes), a través de un planteo visual opaco: en este sentido, son eficaces la escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez -en la que se destaca un muro decorado con huesos y calaveras-, la iluminación de David Seldes y el vestuario de María Emilia Tambutti.

Claro que la mencionada falta de acción plantea dilemas, en especial algunas escenas «insalvables» como el duelo entre Romeo y Tebaldo; este número, modelado según la estructura de la época, es casi la reafirmación de aquella humorada acerca de la ópera según la cual cuanto más apurado esté un personaje por desarrollar una acción más tiempo perderá en decirlo. Aquí, Maritano parece abrazar este disparate dramatúrgico de Romani con un resultado paródico.

Gran producción.

Otro momento en el que la régie toma distancia de la acción para dar un guiño es la entrada de Giulietta, el famoso Eccomi in lieta vesta, sobre un catafalco empujado por sus criadas que la ofrece como premio a la lealtad bélica.

Siempre bienvenido entre nosotros, el maestro turinés Evelino Pidò regresó para liderar musicalmente esta obra cuyo principal atractivo radica en este aspecto. Su lectura fue impecable, y su batuta respiró con los cantantes y destacó los planos sonoros de una Orquesta Estable atenta a sus inflexiones.

Por supuesto, los cantantes son el pilar sobre el que descansa el éxito de una producción de I Capuleti e i Montecchi, en especial el trío principal.

Los mayores laureles se los lleva la gran Yaritza Véliz, una Giulietta soñada, con un manejo impecable del estilo, un caudal acorde con las dimensiones de la sala y una inagotable expresión. Silvia Tró Santafé resultó un Romeo muy solvente en lo vocal, que se fue afianzando después de una entrada vacilante y creció hasta brindar un emocionante final sobre la tumba de su amada, aunque su actuación no convenció del todo. Algo similar sucedió con el Tebaldo del rumano Ioan Hotea, de excelente emisión y línea de canto, pero al que se notó demasiado atado a las indicaciones de Pidó, lo que le restó fluidez a su performance escénica. Completaron el elenco dos excelentes voces visitantes: Nicola Ulivieri como Capellio y Fabrizio Beggi como Lorenzo. El Coro Estable preparado por Miguel Martínez aportó su habitual solvencia.

En

Ficha

I Capuleti e i Montecchi

Calificación: Muy buena

Música: Vincenzo Bellini Libreto: Felice Romani Dirección musical: Evelino Pidò Dirección escénica: Pablo Maritano Intérpretes: Orquesta Estable del Teatro Colón, Coro Estable del Teatro Colón (director: Miguel Martínez) Sala: Teatro Colón Función: 23 de junio. Repite el 24, 25, 26, 28 y 30 de junio.

Redacción

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