Pasamos los días en manos de los demás y ellos en las nuestras. Llámase a esto confianza, el ingrediente principal de una sociedad sana. Damos por seguro que el conductor del bus que nos lleva al trabajo no estampará adrede el vehículo contra un edificio. Ni se nos pasa por la cabeza que el cocinero que prepara el menú que tomaremos al mediodía no cumpla con los mínimos de higiene. No damos crédito a que nuestro vecino del cuarto prenda fuego a su piso y ponga en riesgo el edificio. Confiamos en que el peso de las básculas de fruteros, verduleros, carniceros y pescaderos es el real. Sabemos que el peluquero sólo usará las tijeras para cortarnos el pelo y no para agujerearnos la arteria. La casuística de la confianza es infinita. Hagan su propia lista. Repasen las últimas veinticuatro horas y apunten todas las veces que la han depositado a ciegas en un tercero. Es un ejercicio sencillo pero revelador. Confiar no es más que dar por hecho que el otro hará lo que debe y se espera de él.
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