La tierra se abrió en el corazón de Roma. Tras un terremoto, apareció una enorme grieta en el Foro romano, una sima que se iba abriendo poco a poco y acabaría engullendo la ciudad. Año 362 a.C. Los romanos consultaron a los augures, que transmitieron una respuesta inquietante: para salvar la ciudad debían entregar su bien más preciado. Durante días buscaron una respuesta. ¿El oro? ¿Las joyas? (con permiso de Zapatero) ¿Las imágenes de sus dioses? Fue un joven romano, Marco Curcio, quien encontró la solución: lo más valioso de Roma no eran sus tesoros ni las cosas materiales, sino el valor de sus ciudadanos, el coraje. Entonces montó en su caballo, cogió sus armas y se lanzó al abismo. La grieta se cerró y Roma se salvó.
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