Con Fujimori en Perú y De la Espriella en Colombia, que se suman a los Kast, los Milei y otros gobiernos de derecha, se habla de un mapa que se corre hacia la derecha. Pero detrás del relato de la “trumpificación” de América Latina hay un fenómeno mucho más complejo: una proliferación de “crisis orgánicas” en el sentido de Gramsci. ¿Puede un Trump cada vez más debilitado apuntalar a estos gobiernos? ¿Y qué nos dice la rebelión en Bolivia sobre cómo enfrentar a estas derechas?
Hay una lectura muy difundida, especialmente en la prensa hegemónica internacional, que lee los resultados de Perú y Colombia como si el mapa de América Latina se pintara de un solo color y lo único que hubiera fuera el avance de la derecha. The Economist titulaba en modo sensacionalista que asistimos a una “dramática trumpificación de América Latina”. Pero lo que vemos en realidad es una enorme polarización, que da lugar a elecciones extraordinariamente ajustadas. En Perú, el recuento oficial da como ganadora a Keiko Fujimori por una diferencia ínfima del 0,3 % (apenas 49.641 votos) haciendo la diferencia sobre todo con los votos del exterior, en especial los que llegaron de Estados Unidos. Roberto Sánchez denunció fraude y anunció que va a convocar movilizaciones. Fujimori será la novena presidente en diez años, en medio de una crisis política profunda. En Colombia, Cepeda reconoció el triunfo del derechista y admirador de Trump, De la Espriella, tras una votación extremadamente polarizada. Aunque ha planteado que llamará a la “resistencia civil” si este no renuncia a su nacionalidad estadounidense.
El apoyo de Trump en Colombia o los votos de los residentes en el exterior en el caso de Perú aparecen para definir la elección a favor de la derecha por muy estrecho márgen. Sin embargo, si miramos desde 2015 hasta hoy, en Sudamérica hubo 25 elecciones presidenciales y en 18 de ellas fueron derrotados los respectivos oficialismos. Es decir que en más del 70% de estas elecciones perdieron los oficialismos –y si dejamos de lado los procesos electorales más controvertidos, ese porcentaje incluso aumenta–. En este marco deben leerse los recientes triunfos electorales de la derecha.
Fracturas internas y crisis orgánicas
El escenario latinoamericano está atravesado por contradicciones profundas. El Perú profundo, rural y popular votó mayoritariamente por Sánchez en la segunda vuelta, con porcentajes a su favor del 70 % y hasta el 80 %; mientras que en la costa, incluyendo Lima, Fujimori obtuvo importantes ventajas. Son fracturas atravesadas por demandas sociales, nacionales-indígenas y de las comunidades campesinas. Fujimori es heredera del brutal neoliberalismo autoritario de su padre, mientras Sánchez se referencia en Pedro Castillo, ex maestro rural y que, a pesar de haber sostenido un programa moderado, fue destituido por la derecha en diciembre de 2022 y hoy está preso. El problema es que la llegada de Fujimori al gobierno no resuelve esa división: más bien puede agravarla. Además hay que tener en cuenta que el mecanismo de balotaje o “segunda vuelta” favorece las “coaliciones negativas” y heterogéneas de votantes que se pronuncian más contra el otro candidato, que por una adhesión política o ideológica firme respecto al que apoyan. En el caso de Fujimori, esta obtuvo solo un 17% de votos en la primera vuelta. Entre ambos candidatos, no habían superado el 30% en primera vuelta, lo que indica la persistencia de la crisis de representación.
En Colombia se repite el patrón de una partición geográfica y social. El centro del país apoyó a De la Espriella, mientras que la periferia más pobre y ciudades como Bogotá se inclinaron por Cepeda. Hace pocos días una periodista del diario El País advertía que, si De la Espriella pretende aplicar un plan tipo “motosierra”, puede reactivarse un ciclo de protestas tan profundo como el que se vivió entre 2019 y 2021. Y efectivamente se trata de un futuro posible. El caso de Bolivia muestra un escenario de estas características que se abrió a partir de la ofensiva del gobierno de Paz, el cual a su vez también aparece atravesado la división entre el occidente andino –que tuvo en El Alto un epicentro de la rebelión– y el oriente de las élites agroindustriales, que presionan por derecha.
Para entender todo esto es útil retomar el concepto de “crisis orgánica” de Antonio Gramsci. Se trata de crisis que no afectan solamente a la economía ni a un gobierno puntual, sino al conjunto del orden social, político y económico. La clave es que las clases dominantes pierden capacidad de dirigir mediante el consenso y se abre el terreno para las “soluciones de fuerza”. Gramsci señalaba que:
En cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase. Cuando estas crisis tienen lugar, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza… [1]
El punto es que la derecha no logra reconfigurar las relaciones de fuerza al nivel que necesitaría. Lo que vemos, en cambio, es un desgaste muy acelerado de gobiernos de derecha como el de Kast en Chile, pero también grandes dificultades de Milei en Argentina. Lo vemos a su vez en la resistencia que encuentra Rodrigo Paz en Bolivia. Y todo esto en el marco del debilitamiento del propio Trump. Ante las crisis de los “progresismos”, las derechas llegan al gobierno, pero después se desgastan muy rápidamente y tienen muchos problemas para gobernar. Se trata de un esquema que se reitera en toda América Latina. Sin embargo, el movimiento de masas tampoco logra, por ahora, imponer una salida propia.
¿Cómo enfrentar a estas derechas? Algunas lecciones estratégicas de la rebelión en Bolivia
Bolivia es la expresión más explosiva de esa crisis profunda. Después de más de cincuenta días de rebelión campesina y popular, el gobierno declaró el estado de excepción, que pretende sostener por tres meses. Es un ataque directo a las libertades democráticas y al derecho a la protesta, mediante la militarización de los nueve departamentos con fuerzas policiales y las Fuerzas Armadas. Rodrigo Paz se sostuvo gracias a la traición de la dirigencia de la Central Obrera Boliviana (COB), que dejó aislados los bloqueos campesinos y entró en la negociación.
Estos escenarios muestran la crisis orgánica de fondo y plantean la necesidad de una redefinición de la relación de fuerzas. En Bolivia se vieron intentos de hacerlo, tanto por parte del gobierno de Paz como por parte del movimiento de masas. El gobierno probó con perseguir a los dirigentes –incluso a figuras como Argollo, de la COB– y, en lugares como San Julián, intentó liquidar los bloqueos atacándolos de frente con la policía y con las bandas paraestatales de la Unión Juvenil Cruceñista. Pero fue brutalmente derrotado. Tuvo que dejar de perseguir a Argollo y montar una escena patética de “diálogo” en el Banco Central para que la dirigencia de la COB traicionara públicamente. Con eso logra desmovilizar, pero no resuelve el problema de la relación de fuerzas para avanzar con la reestructuración que suponen los planes imperialistas.
Ahora bien, el movimiento de masas tampoco logró quebrar la relación de fuerzas a su favor. Vimos un proceso muy importante de autoorganización, antiburocrático, protagonizado por campesinos y trabajadores precarizados, pero sin que se sumaran los grandes contingentes de trabajadores “formales” mineros y fabriles. Quedó planteada una experiencia decisiva con las direcciones burocráticas, pero todavía no se logró superar esa fragmentación para combinar la rebelión popular con la huelga general.
Javo Ferreira y Daniel Vargas señalan una serie de lecciones estratégicas sobre estos cincuenta días de rebelión que conviene retener. Entre ellas el problema del corporativismo de las direcciones sindicales que fue un obstáculo central. La burocracia de la COB nunca efectivizó el la huelga general votada en el Cabildo del 1 de mayo, de modo que los grandes batallones mineros y fabriles siguieron produciendo y exportando sin tocar las ganancias capitalistas, mientras Paz, a través de concesiones parciales buscaba desmovilizar sectores uno por uno. Otra cuestión central, ahora por la positiva, es el potencial mostrado por los fenómenos antiburocráticos y de autoorganización. En El Alto surgieron comités de bloqueo que desconocieron a las dirigencias tibias y montaron mecanismos de democracia directa –comités de abastecimiento, de olla común, de autodefensa– que, de haberse desarrollado, contenían el germen de un poder territorial, una tendencia al doble poder capaz de soldar al campo con la ciudad. Estos y otros elementos –como el problema de la hegemonía ligado a la organización popular del abastecimiento– se configuran como cuestiones candentes del movimiento frente a los próximos embates de un conflicto que lejos de dar lugar a una contundente victoria del gobierno, lo que dejó planteado es una especie de suspensión momentánea de un conflicto del que, todo parece indicar, veremos nuevos capítulos.
Son algunos problemas estratégicos que deja planteados la rebelión boliviana, pero que van más allá y hacen a cómo derrotar a estas derechas en los países latinoamericanos. Por ejemplo, en el caso de Perú también es clave la cuestión de cómo articular la alianza obrera e indígena-campesina. Esto estuvo planteado de manera aguda durante el levantamiento contra el golpe de la derechista Dina Boluarte, a fines de 2022. En aquel momento, tras decenas de asesinados por la represión y numerosas marchas a Lima, la principal central obrera se vio obligada a declarar una “huelga general indefinida”, pero no hizo nada para garantizarla, lo que le permitió al régimen sobrevivir. En Colombia, durante los llamados paros nacionales de 2019 y 2021, se planteó esta misma cuestión. Son temas estratégicos de fondo para este nuevo ciclo de luchas en América Latina.
Estados Unidos y su declive hegemónico: ¿un salvavidas de plomo?
Sin comprender la situación crítica en la que llega Trump –y el propio imperialismo norteamericano– no se puede entender la profundidad de estas crisis orgánicas que atraviesan América Latina. Martin Wolf titulaba su columna del Financial Times hablando del “Auge y la caída de la hegemonía estadounidense”, señalando que el papel de Estados Unidos como potencia estabilizadora del orden mundial habría desaparecido, igual que el del Reino Unido hacia 1900. El analista militar Robert Pape destacaba que Trump no hace más que acumular derrotas y que todavía tiene que digerir el cambio drástico que implicó la guerra en Irán, que deja a Estados Unidos totalmente debilitado en la ecuación del orden en Medio Oriente. En la misma línea, el editorial del número de julio/agosto de Foreign Affairs está dedicado a poner en duda que Estados Unidos pueda seguir siendo el principal ejército del mundo si no se adapta con rapidez a las nuevas realidades que mostró esa guerra. Estas editoriales de analistas del mainstream de la última semana pueden darnos una postal ilustrativa de las crisis que aquejan a Trump y al imperialismo norteamericano.
Las mismas conviven con escenarios de polarización y nuevos fenómenos políticos al interior mismo de la potencia norteamericana. En Nueva York, tres candidatos apoyados por el alcalde de la ciudad, Zoharan Mamdani, del Democratic Socialist of America (DSA) ganaron las primarias demócratas. Son candidatos identificados por su oposición al genocidio en Gaza, frente a los representantes del establishment demócrata, que defienden incondicionalmente al Estado de Israel y reciben financiamiento del lobby sionista. La contradicción es que se trata de una interna en el Partido Demócrata, partido del régimen imperialista, desde el cual obviamente no se puede derrotar al capitalismo. Pero algo están indicando: en espejo a la radicalidad de Trump y otras derechas, también surgen fenómenos por izquierda, con características particulares en diferentes países. Como sucede con sectores juveniles en Die Linke en Alemania, fenómenos políticos en el Reino Unido como fue en su momento la emergencia y las expectativas que generó Your Party, y también en Argentina, con el fenómeno político en torno a Myriam Bregman del PTS y el Frente de Izquierda.
En todo este escenario se plantea un problema grave para toda la derecha regional que se abraza a Trump, desde De la Espriella hasta Kast, Milei o Paz. El apoyo de Trump, que en muchos casos fue clave para que estas derechas pudieran ganar, cada vez les sirve menos para gobernar. Más todavía: se les puede volver en contra, como un salvavidas de plomo, si en noviembre –como cada vez parece más probable– Trump pierde el control de las dos cámaras legislativas en Estados Unidos y queda como “pato rengo”.
En América Latina, el escenario de crisis orgánicas plantea cada vez más abiertamente la perspectiva de enfrentamientos decisivos para definir la relación de fuerzas. Laboratorios de la lucha de clases como Bolivia son claves para sacar conclusiones de cara a lo que viene, para derrotar a estas derechas y al imperialismo. La pelea por combinar la rebelión popular con la huelga general, de modo de inclinar la relación de fuerzas a favor de las y los trabajadores, los campesinos y los pueblos de la región, se vuelve una cuestión central.
Te puede interesar: Entrevista con Javo Ferreira: Lecciones de la rebelión en Bolivia
Te puede interesar: Entrevista con Javo Ferreira: Lecciones de la rebelión en Bolivia
VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
NOTAS AL PIE
[1] Gramsci, Antonio, “Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en períodos de crisis orgánica” (Q13, §23), Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999.
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
Buenos Aires, 1979. Sociólogo y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Coautor con Emilio Albamonte de los libros Estrategia Socialista y Arte Militar (2017) y Debates y fundamentos sobre la lucha por el socialismo hoy (2024). Autor de De la movilización a la revolución (2022) y Carl Schmitt y León Trotsky. Un contrapunto sobre la crisis de la democracia, el fascismo y la revolución (2025). Coautor con Ariane Díaz y José Montes de ¿De qué hablamos cuando decimos socialismo? (2024).




