G.G.: Correcto. La base de sustentación del bull market se ensanchó y cubrió ese flanco vulnerable. Hoy las small caps – los papeles de las compañías pequeñas – no solo participan del rally, sino que toman el liderazgo cuando las tecnológicas rinden examen o deben corregir. Que, dicho sea de paso, es un hábito saludable que se repite sistemáticamente.
P.: En lo que va del año, el Russell 2000 – que es el índice que las representa – escaló más que el S&P 500.
G.G.: En efecto. El S&P 500 subió 7,7%. El Russell 2000, 21%. Un poco más que el Nasdaq 100 que avanzó 17,4%.
P.: No está nada mal pensando en todas las vicisitudes que hubo que atravesar.
G.G.: En marzo, por culpa de la guerra en Irán, el mercado debió corregir de apuro.
P.: Hizo un dibujo muy parecido al de 2025. Trump, el año pasado, lanzó la cruzada de los aranceles – el 2 de abril con el Día de la Liberación – y produjo una zozobra. Pero duró poco y se revirtió por completo.
G.G.: Lo que no mata fortalece. Después del caos, lo que sobrevino en ambos casos fue una avalancha de nuevos récords. O sea, un mercado bull más impetuoso todavía. Pero el año pasado, la caída orilló 20%. Este año, apenas 10%. La cruzada de la Liberación – los aranceles recíprocos – duró apenas una semana. Trump se fue al mazo muy rápido. Y puso los gravámenes en el congelador. Ahora, Trump quiso hacer lo mismo, pero no pudo. Irán le complicó la retirada.
P.: La paz todavía es una promesa. A juzgar por los bombardeos del fin de semana, cuanto menos, incierta.
G.G.: La Bolsa se quitó las dudas en abril, una semana antes de que se lograra la tregua. De ahí, el rally poderosísimo que vino después. La paz le parece una promesa creíble desde entonces. Mucho antes de que se formulara. O, mejor dicho; la paz, el fin de la guerra, no; la reapertura de Ormuz que es el presupuesto clave que impulsó semejante avance.
P.: La convicción se mantiene.
G.G.: Seguro.
P.: Es a prueba de misiles y drones.
G.G.: Sobre todo, si los ataques se programan exclusivamente para el fin de semana cuando los mercados están cerrados.
P.: Uno mira los precios del petróleo y no puede sino estar de acuerdo.
G.G.: Es así. Ormuz cerrado indefinidamente era la muerte del mercado bull. Pero Trump no quiso cargar con una catástrofe económica. Y tuvo que conceder, que – como lo hablamos en su momento – era la idea fuerza que tenía la Bolsa metida entre ceja y ceja desde abril.
P.: ¿Ormuz está abierto? Irán dice haberlo cerrado de vuelta. ¿O abre y cierra de manera intermitente?
G.G.: La navegación es azarosa si usted no se somete a las instrucciones iraníes. Y eso es lo Washington está peleando. Pero 24 buques atravesaron el estrecho el lunes. Y los mercados descuentan que algo parecido a la normalidad, aunque más modesta que antaño, volverá a instaurarse. Una parte de la producción se evacuará por el Mar Rojo, otra por Fujairah o por vía terrestre y compensará la merma parcialmente. Pero el resto del mundo puede completar la oferta sin que haya grandes inconvenientes. Esa es la lógica del barril de crudo en torno a 70 dólares.
P.: En marzo, tres semanas después de comenzada la guerra, la Fed de Powell todavía sugería una baja de tasas antes de fin de año. Esa expectativa cambió por completo. Y hoy lo que se descuenta es un aumento de un cuarto de punto. ¿A la Bolsa no le quita el sueño?
G.G.: No demasiado. Es un tema de los bond vigilantes. La Fed de Powell bajó tres veces las tasas cortas el año pasado porque el mercado laboral se frenó bruscamente. Y las tasas largas – a diez años – hoy son medio punto más elevadas. Las expectativas de inflación se cayeron a plomo con el acuerdo provisional con Irán. Son las tasas reales las que están subiendo. El empleo se recuperó. La actividad no aflojó en ningún momento. La IA sigue invirtiendo. El trasfondo de una economía firme es lo que más incita a tomar riesgos en la Bolsa y a mantener la exposición pese a todo lo que trepó. Y a pesar de la suba de tasas que el nuevo chairman de la Fed puso sobre la mesa. Las ganancias de las compañías lo justifican.
P.: Si Trump lo designó a Kevin Warsh para que bajara las tasas, y para que no se resista como Powell, se habrá llevado una sorpresa con su postura de halcón.
G.G.: Supongo que no, que Scott Bessent, el secretario del Tesoro, le habrá explicado que Warsh necesita primero construir reputación y no destruirla en el acto. Un francotirador a contramano no sirve para nada: esa es la lección que dejó el pasaje de Stephen Miran por la Junta de Gobernadores.
P.: ¿Y usted piensa que Trump aceptará esa explicación?
G.G.: El presidente no le está exigiendo a la Fed que baje las tasas como hacía cuando Powell llevaba el timón.
P.: ¿Y cree que estará conforme?
G.G.: Trump siempre quiere tasas más bajas. Eso es claro. Por eso firmará la paz con Irán y hará concesiones que tampoco le gustan. Yo diría que, a modo de compensación, le está exigiendo a las petroleras y a las estaciones de servicio que bajen el precio de las naftas.
P.: En línea con lo que cayó el petróleo en los mercados internacionales. ¿Acaso no bajó nada en el surtidor?
G.G.: De 4,50 dólares el galón (el promedio nacional) a 3,86. Pero Trump quiere un precio de 2,50 dólares, lo que tampoco luce posible. Tiene que mostrar su preocupación porque la gente se queja de que no le alcanza la plata. Y en noviembre se vota.
P.: ¿Cree que Warsh subirá las tasas en la antesala de las elecciones? ¿Cómo se lo van a explicar?
G.G.: Los futuros descuenta un aumento de tasas con 70% de probabilidad antes de ir a las urnas. Yo diría que Warsh aprieta ahora para que los mercados ajusten por su cuenta las condiciones financieras y que, a la postre, la suba de tasas de la Fed no sea necesaria. Pero la última palabra no será la suya, hay otras once que definirán la decisión. Supongo que la tarea actual de Warsh, dentro de la institución, es construir reputación y capacidad de persuasión.

