Aquella noche de tormenta, Suligoy fue sorprendido en su vivienda del lote rural 80. Según los relatos de su hijo Ítalo, la casa fue encontrada totalmente revuelta, lo que indicaba que los atacantes buscaban algo, posiblemente el dinero de una reciente venta de ganado. La saña del ataque quedó evidenciada en las marcas de defensa que el hombre tenía en sus brazos y en la pared de la casa, aunque finalmente recibió dos golpes letales en la cabeza que le provocaron la muerte tras varios días de agonía, falleciendo el 7 de enero de 1999.
El camino de la impunidad
A pesar de que dos personas, identificadas como José «Toncho» Williams y Aníbal Santos Guzmán (empleados de un campo vecino), fueron procesadas y llevadas a juicio, ambos fueron absueltos por el beneficio de la duda. Tras recuperar su libertad, los sospechosos abandonaron la zona, dejando a la familia Suligoy con un profundo sentimiento de frustración.
El impacto del crimen fue tal que uno de los hijos de la víctima, quien tenía 30 años al momento del hecho, decidió volcar su dolor hacia el estudio del Derecho para comprender las fallas del sistema judicial. «A través del tiempo alguien puede entender, pero la gente quiere justicia y que no haya impunidad», afirma Ítalo hijo, quien hoy ejerce como abogado penalista y continúa buscando respuestas sobre quién mató a su padre.



