Las caras de curiosidad de los vecinos de Calonge i Sant Antoni desde cualquier punto de sus más de 33 km2 de superficie fueron mutando en rostros de preocupación a medida que el incendio que prendió en Sant Pol (La Bisbal d’Empordà) ayer por la mañana avanzaba hacia los dominios calonginos. Y se transformaron en angustia e incertidumbre ante unas llamas que, una vez oscureció, dibujaban un paisaje sobrecogedor. El fuego, desbocado, acorralaba fincas y casas. Era, en palabras de varios afectados, como estar en el infierno.
Ha sido una noche en vela, de esas que dejan sin aliento. Nadie ha podido dormir. El cielo parecía una herida abierta que no paraba de sangrar llamas. La afectación alcanzó la montaña de Can Mont –a unos 280 metros de altitud– y tuvo impacto en las urbanizaciones de Cabanyes, Mas Toi y Mas Ambròs. Entre las tres, hay más de 1.100 parcelas. Las imágenes desde el centro histórico de Calonge, desde otras zonas residenciales en altitud o desde el paseo marítimo helaban el corazón.
El pabellón se habilitó para acoger a 200 vecinos afectados por la proximidad del fuego a sus casas
Aunque no hubo evacuaciones, los habitantes de las áreas en las que veían el fuego cerca se fueron de sus domicilios, con dolor e impotencia. Los incendios no negocian ni entienden de treguas, y a veces se adueñan de lo que quieres y de lo que tanto esfuerzo te ha costado. Ha habido más de una decena de viviendas afectadas, principalmente jardines. Hábil y preventivamente, varios vecinos encharcaron los exteriores de sus domicilios.
En esos momentos, lo humano prevale. Los vecinos fluctuaron por numerosas emociones en pocas horas: el intercambio de mensajes para conocer su estado fue lo habitual en la tarde del viernes, hubo algo de calma hasta las ocho y, entrada la oscuridad y la alarma por un nuevo foco imprevisto, sacaron a relucir aquello que les hace pueblo. De forma espontánea –mayoritariamente se siguió el confinamiento–, se produjeron varios encuentros hacia las diez de la noche. Cerca de un centenar de vecinos de Cabanyes se concentraron en la gasolinera del acceso oeste de la localidad o en el supermercado cercano a la Bola de Moure el Món, esfera metálica situada en otra de las entradas del municipio. Otros fueron a casas de sus seres allegados, más resguardadas del peligro.

En los puntos en los que se reunieron varias personas, algunas afirmaban ser “náufragos de un océano de fuego” y, al ver arder el pulmón de las Gavarres, nada repara en ese contexto. Pero, inmersos en la noche más compleja en décadas, ese abrazo y esa mano en la espalda alentaba y consolaba. Son gestos que sirven.
Otra muestra del calor y apego fue la hospitalidad con la que se recibieron a más de 200 personas en el polideportivo, habilitado como centro de atención ante las emergencias. En pocas horas se consiguió comida, presencia médica y camas para quien lo necesitase. Unos 130 ciudadanos pernoctaron en el recinto.
Hacia las dos de la madrugada, el propietario del principal supermercado local abrió el establecimiento para que dos concejalas y un voluntario accedieran al horno y pudieran hacer pan con el que dar bocadillos a los desplazados al pabellón y al conjunto de efectivos de los servicios que libran la batalla contra el incendio , el mayor en las Gavarres desde el 2012, cuando quemaron 360 hectáreas. Destellos entre tanta oscuridad.
Hubo quien intentó descansar, pero no lo hizo en el dormitorio. Es el caso de la familia de Neus o de Núria, que prefirieron quedarse en el salón por si tenían que desalojar sus viviendas. Ambas coinciden en que a las siete de la mañana percibieron una “brizna de esperanza” al reactivarse los medios aéreos. Los contactos entre vecinos se sucedieron a lo largo del día de ayer, con una mañana más pausada y una tarde más preocupante por el viento de marinada.
Ese paisaje que forma parte de nuestra identidad no será el mismo. Para muchos calonginos es espacio de refugio y calma. Son heridas cuya cicatrización lleva tiempo. Pero, contra aquel mal proverbio que desde tiempos inmemoriales se nos atribuye –“ Calonge, bona terra, mala gent ”–, una vez más hemos sido comunidad. Somos casa entre nosotros, somos hogar.

Calonge, 1998. Redactor de ‘La Vanguardia’ desde 2024. Licenciado en Periodismo por la Universitat Pompeu Fabra. Cubro la actualidad política catalana



