Leticia Sala tenía siete años cuando se sintió legitimada para pedirle a su madre heredar su piel, su pelo y sus dientes. Se diría que por un acto reflejo, aferrarse a lo más bello del mundo. A sus 37 años, madre y con voz reconocida de la literatura millennial, se mira al espejo y vuelve a pedir. Solo que esta vez, desde otro lugar. Uno que ubica en su nuevo ensayo editado por Anagrama, Dame veneno que quiero vivir (2026), como la esquina en la consciencia desde la que la mujer que dejó su carrera como abogada para ser escritora, anota la crónica de un juicio justo, sin tapujos, ni prejuicios, a la piel que habita: la crónica de una pérdida.
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