Vivía en los campos del sudeste de Inglaterra hasta que una amiga le habló de Buenos Aires: “Vení, esta ciudad es muy vos”

Dicen que los idiomas se aprenden en la gramática y se conquistan en las fiestas. Jenny lo sabe mejor que nadie. Aquella noche, a la una de la madrugada, en medio de una reunión que mezclaba danza, teatro y mucho mate, una amiga comenzó a hablarle en español rápido, porteño, lleno de lunfardo, y algo hizo clic. Después de seis meses de gestos, de silencios creativos y de buscar atajos corporales para lo que las palabras le negaban, la actriz británica comprendió cada sílaba. “Te estoy escuchando, te entiendo”, le dijo a su amiga con una mezcla de asombro y risa. Ese momento fue mucho más que un salto lingüístico: fue la confirmación de que Buenos Aires la había elegido tanto como ella había elegido a Buenos Aires.

Un pueblito con un pub, una iglesia, un cementerio y muchas vacas

Jennifer Moule nació en Pemberley, en el sudeste de Inglaterra, cerca de Tunbridge Wells, aunque se crio en un pueblito diminuto con un pub, una iglesia, un cementerio y muchas vacas. Desde antes de tener vocabulario para nombrarlo, supo que vivía orientada hacia la escena. Se disfrazaba de azafata, de secretaria, de cualquier personaje que le permitiera convertir el living familiar en un teatro de operaciones. Su madre, entusiasta y musical, ponía cassettes de Annie Lennox, de Cher, de Elton John, y su padre la llevaba a ver musicales donde Gene Kelly bailaba bajo la lluvia y Fred Astaire convertía cada escalera en un escenario. “Quería ser Whitney Houston”, recuerda entre risas, y en esa afirmación no hay ironía sino una declaración de principios: desde niña entendió que el arte era el único territorio donde podía ser todas las versiones de sí misma al mismo tiempo.

De Buenos Aires le gusta la posibilidad de generar tantas obras como las que ve en el teatro independienteGentileza Jenny

Esa certeza la acompañó hasta la universidad, donde estudió letras con especialización en teatro, acumulando texto, canon shakesperiano y la tradición británica más rigurosa. Pero algo en ella pedía otra cosa, un lenguaje que no dependiera del libro ni del canon. La señal llegó desde el otro lado del Atlántico, en la forma más casual posible: un email de una amiga que había viajado por Buenos Aires y le escribió cuatro palabras que cambiaron todo. “Vos tenés que venir, esta ciudad es muy vos”, le dijo. Eso fue todo. Una frase, una semilla.

21 años, un pasaje y un español básico

“Soy muy impulsiva”, admite, y en 2007, con 21 años, compró el pasaje. Llegó con un español básico aprendido en la escuela, esa variante peninsular de “estupendo” y “¿qué tal?”, completamente inútil en una ciudad donde nadie pregunta eso sino “cómo andás”. El primer golpe fue la escucha: entender el ritmo porteño, la velocidad, el lunfardo, la música particular de una lengua que en apariencia conocía y en la práctica se le escapaba por completo. Caminaba sola por calles que todavía no eran suyas, navegaba conversaciones con gestos, con sonrisas, con el cuerpo haciendo lo que las palabras no podían. Hubo miedo también, el de una mujer joven en una ciudad desconocida, el del ojo ajeno en el subte, el de las miradas que en Inglaterra no existían. “Si sos una mujer caminando sola y no entendés el idioma, te da miedo”, dice. Pero el miedo, como el idioma, se fue domesticando.

Descubrió el universo del teatro físico, “el clown, la danza contemporánea, el contacto y la improvisación, enumera JennyGentileza Jenny

Lo que encontró del otro lado de esa incomodidad fue algo que no esperaba. Al sentirse incapaz de entrar a clases convencionales de teatro, descubrió el universo del teatro físico, “el clown, la danza contemporánea, el contacto, la improvisación -enumera-. El cuerpo tomó la palabra cuando las palabras fallaban. En el Centro Cultural Rojas, un taller llevaba al siguiente, una persona me presentaba a otra, y de pronto Buenos Aires ya no era una ciudad extraña sino una red que se iba tejiendo a mi alrededor. Ese primer capítulo porteño duró un año y medio, y cuando terminó, no pude irme del todo”.

Llegaron España, México, Francia, Liverpool, una vida itinerante que miraba hacia el sur. “Siempre pensaba en Buenos Aires, extrañando esta locura de todos los proyectos, los teatritos, las salidas”, relata.

En 2016 regresó para quedarse, convocada por la misma fuerza que la había atraído la primera vez. “Si fuera surfeadora o montañista, necesitaría el río o la montaña. Necesito el teatro -relata-. Y acá la escena es insuperable”. La ciudad la recibió con una generosidad que todavía la sorprende: “la gente improvisa, crea, estrena con una fluidez que en Inglaterra existe quizás durante el mes del festival de Edimburgo y acá es el estado natural de las cosas.“Es todo el año, es increíble. Mis amigos están haciendo una obra, dirigiendo, grabando un disco, lanzando una feria en la cocina de alguien. La gente nunca abandona el arte, en ningún momento”. En esa rueda de vínculos, de ensayos compartidos y proyectos cruzados, construyó una red que hoy, diez años después, es el elenco de su primer largometraje.

En esa rueda de vínculos, de ensayos compartidos y proyectos cruzados, Jenny construyó una red que hoy, diez años después, es el elenco de su primer largometrajeGentileza Jenny

La lengua como materia prima

Actuar en un segundo idioma es, en palabras de Jenny, “más estresante que cualquier cosa”. En una obra con mucho texto como “Secretos de un vínculo”, una puesta sobre la maternidad que coprotagonizó hasta hace unas semanas, esa tensión se vuelve concreta: “en inglés tenés la textura de la palabra, los matices, podés improvisar si te perdés. Acá sentís que estás más expuesta, que si salís del texto no tenés red”. Sin embargo, esa incomodidad también la empujó hacia lo que más le gusta: “las escenas de movimiento, los momentos corporales, los instantes donde el teatro prescinde de la gramática. Me gusta cada vez más trabajar sin tanto texto. Un canvas en blanco, la improvisación, la performance pura”.

Esa obra fue su primera experiencia que implicó la adaptación de un libro de no ficción para el escenario. Junto a un elenco de actrices, construyeron algo parecido a una familia alrededor de la escritora y doctora Adriana Grande, cuya filosofía de la crianza atraviesa cada escena. “Varias veces lloré en los ensayos por las cosas que salían, reconoce. Adriana siempre tiene una respuesta con mucha luz. La obra alterna el humor con la ternura y culmina en imágenes de una fuerza visual difícil de olvidar: una madre con un bustier de pinches que encarna el vínculo convexo, la sobreprotección llevada al límite estético”.

Ese proceso confirma algo que Jenny repite cada vez que puede: “el teatro independiente porteño tiene una particularidad que lo distingue de cualquier otro circuito. En el teatro siempre aprendés algo, siempre crecés”.

La maternidad: el arte y la crianza hablan el mismo idioma

La maternidad llegó para confirmar lo que Jenny sospechaba: el arte y la crianza hablan el mismo idioma. “Con un hijo entendés que la obra, aunque sea importantísima para vos, ocupa su lugar real en el mundo. Eso alivia”, explica. Pero más que relativizar el peso del teatro, Rubén, su hijo, le devolvió algo que los adultos pierden sin darse cuenta: la capacidad de ver el mundo como si fuera la primera vez. “Los niños son mini clowns -define-. Ven un charco, hojas en la calle, y todo es un acontecimiento. Los adultos somos zombis jaded, cansados de todo. Ellos se despiertan con ganas, saltan, pueden ser un sapo, un conejo, cualquier animal. Eso es hermoso de observar”.

La maternidad llegó para confirmar lo que Jenny sospechaba: el arte y la crianza hablan el mismo idioma. “Con un hijo entendés que la obra, aunque sea importantísima para vos, ocupa su lugar real en el mundo. Eso alivia”, explica JennyGentileza Jenny

Esa mirada reencantada se trasladó a su práctica escénica. En una instalación para bebés donde maneja un títere durante cuarenta y cinco minutos, encontró una de las formas más puras de presencia que conoce. “El teatro te obliga a estar. Si tu cabeza se va, olvidás la letra, perdés el hilo. Para alguien como yo, que se distrae mucho, eso es un ancla”, reconoce.

En un fin de semana hizo seis funciones en cuatro obras distintas: una performance el viernes, dos obras el sábado, otra el domingo. Una instalación para bebés, una pieza de danza con su amiga bailarina Ángela Bawin, “Secretos de un vínculo” y “Loba Madre”, dos obras que reflexionan, desde ángulos distintos, sobre la maternidad. “Soy muy de decir sí a todo”, admite con una sonrisa que su compañero, pianista y padre de Rubén, probablemente conoce demasiado bien. La negociación del tiempo, confiesa, es la tensión más real de su vida cotidiana: dos artistas, un hijo, una abuela y una hermana que ayudan, un calendario que nunca termina de cuadrarse.

En ese mapa cotidiano, la música ocupa un lugar aparte. Durante un tiempo cantó con frecuencia en clubes de jazz y el proyecto que más energía consume en este momento es “Mamita”, su primer largometraje, una película autogestionada con amigos, sin ejércitos de utileros ni luces de alquiler, construida sobre la convicción de que lo más importante en un rodaje es el actor. “Yo les digo más o menos quiero que pase esto, pero usá tus palabras. Ahí sale la magia”.

Diez años fuera de Inglaterra: horarios flexibles y planes que se arman en el día»

Su historia en Buenos Aires es también la de alguien que fue desdibujando una identidad nacional para construir una propia. Lleva más de diez años fuera de Inglaterra, y siente que esta sociedad encaja con su manera de estar en el mundo: “la flexibilidad con el horario, los planes que se arman el mismo día, el calor que no depende del clima sino de cómo la gente se relaciona -enumera-. Prefiero vivir en países latinos. Siento que mi personalidad va más con eso”. El acento todavía la delata, claro, y a veces los desconocidos la miran como si esperaran que dijera algo profundamente británico. Pero ella ya sabe que el único lugar donde tiene sentido vivir es aquel donde siempre hay alguien ensayando en una cocina, donde el teatro es conversación cotidiana entre amigos.

La música ocupa un lugar aparte, durante un tiempo cantó con frecuencia en clubes de jazzGentileza Jenny

En el escenario, en la silla de directora, en la plaza con Rubén, en el estudio de montaje, Jenny sigue siendo la misma nena de Pemberley que convertía la pantalla de la lámpara en una pollera y grababa espectáculos para su familia. “Solo que ahora el escenario es una ciudad entera y el idioma es otro”, concluye.

De los campos del sudeste de Inglaterra a los teatritos de Buenos Aires, Jenny encontró en el idioma una barrera que se convirtió en trampolín. Actriz, directora, cantante de jazz y madre, multiplica disciplinas y roles con una energía que desafía cualquier casillero. Su historia es la de una mujer que eligió pertenecer donde el arte nunca duerme.

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

Golden milk y más: qué sabe la ciencia sobre los beneficios de la cúrcuma, la especia de moda

Hace unos años -y ahora más que antes- la cúrcuma, esa especia de un atractivo amarillo dorado, es mencionada...

«La velocidad de lectura no alcanza»: cómo logró San Luis que más alumnos comprendan lo que leen

Tras la presentación de los resultados nacionales de la prueba Aprender por parte del Gobierno nacional, la provincia de...

Conmoción en Chaco: murió un futbolista de 18 años tras un choque entre una moto y un auto

Un futbolista de 18 años murió este domingo en un accidente de tránsito ocurrido sobre la Ruta Nacional 11,...
- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí