En la entrada, una foto de su hijo, el músico Axel Fiks, cuando iba al jardín de infantes; una vela violeta encendida; el arcano de tarot número 8, La Fuerza; una imagen enmarcada de Julio Cortázar tocando la trompeta; y un sticker en el que aparece ella misma dentro de una estampita con la leyenda: “Santa Madre literaria, ilumina nuestro camino a la publicación”. “Ese lo hicieron mis alumnos”, se ríe Lala Sosa, que acaba de publicar la novela En cuna de brujas (Planeta).

A Lala Sosa le interesaba –le interesa– casi todo. Cuando tenía diecisiete años, era fanática de las sagas de Anne Rice y soñaba con ser rockera o escritora. “Y fui madre”, remata. Trabajó en guion y producción de televisión durante casi 10 años, pero “el morbo” durante la pandemia le resultó insostenible y la propulsó a cambiar de oficio. “Sentía que me iba a morir”, dice, a lo que Milo, uno de sus tres gatos, reacciona apoyándole su patita sobre el hombro, como si entendiera cada palabra.
Egresó de la carrera de Artes de la Escritura (UNA) y hoy es escritora y docente. En cuna de brujas reúne muchos de sus universos: el rock, los medios, el feminismo y, por supuesto, la brujería. Cuando la joven Violeta aparece muerta afuera de un boliche de Palermo, su hermana Camila, una pianista que reniega de su familia; Estela, su madre bruja; y Amanda, una abogada e hija de una leyenda fallecida del glam rock, buscan develar la verdad del crimen.
Se trata de un policial coral que toma elementos de dos casos reales para explorar la duda dentro del seno familiar, los códigos que chocan y se reinterpretan dentro de una misma línea genealógica. En palabras de Agustina Bazterrica, es un libro “que muerde, está vivo, respira con pulso propio, sangra”.
–¿Cómo aparece el proyecto de Cuna de brujas?
–En la facultad, participé del taller de policial de Juan Carrá, en el que teníamos que escribir una nouvelle. Ahí surgió la primera versión de Cuna de brujas y me enamoré del proyecto.
–¿Te convocaba entonces el género policial?
–No, de hecho fue un reencuentro. Cuando era adolescente, leía mucho a Anne Rice, las sagas de Crónicas vampíricas y Las brujas de Mayfair. Al mismo tiempo, Edgar Allan Poe está, en mi podio personal, junto a Julio Cortázar y Horacio Quiroga. Fue en ese primer momento que los descubrí cuando sentí ganas de escribir. Me interesaba el fantástico y el horror, y todos los cuentos que leía de adolescente tenían que ver con eso. Después, lo olvidé. Pero dos años antes de terminar la facultad, en ese taller, volvimos a Poe. Y ahí se encendió la llama de lo que yo había ido a buscar.
–¿Siempre te interesaron las brujas?
–Ese es otro camino y tiene mucha historia. Cuando era chiva, a mí me decían bruja por la manera en la que llevaba el pelo. A los 15 años, me volví rockera y me apropié de ese mote. En ese momento, el rock era igual a Satán, al demonio, a probarlo todo. Más tarde, ya adulta, estudié el tema, desde el chamanismo al tarot. Fue entonces que me pregunté: ¿de dónde viene esto? Tenía la certeza de que yo no era la primera persona de mi familia que tenía esta fascinación. Revisé de dónde vienen mis abuelos y mis bisabuelos y me encontré con la ciudad de Benevento, uno de los lugares en los que la cacería de brujas fue más intensa de toda Italia. De hecho, el símbolo del club de fútbol es una bruja. Estuve viviendo un mes y medio en el campo, mientras leía La bruja, de Jules Michelet; fui a entrevistar a una mujer en Triora, que es como la Salem de Italia. Ahí, por un lado, vive una mujer de 95 años a la que se considera la bruja del pueblo y, por otro, en ese pueblo mataron a 13 chicas por brujería. Posteriormente, mi madre me contó que los hermanos de mi abuela eran espiritistas. Siento que la escritura de la novela “sacó a las brujas del clóset”.
–De esta bruja que entrevistaste allá en Italia, ¿hay algo en el personaje de Estela?
–No, me basé en una argentina que se llama Estela, que vive en Flores, que solía tirarme las cartas y que me fascinó. Bruja de las brujas de barrio, no de Instagram. Te tiraba las cartas, la pegaba en cosas que traspasaban incluso lo que yo preguntaba. Pero era, al mismo tiempo, una abuelita divina que le hacía las milanesas al hijo. Yo veía en ella a un ama de casa muy tierna, pero sabía que, si quería, podía ser una sicaria.

–¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?
–En realidad, la novela tiene 13 versiones, a lo largo de las cuales fue muchas cosas. Planeta se interesó en ella cuando yo la iba a dejar en un cajón. Era 2024 y me habían pasado muchas cosas en el medio. Escribiendo la novela, empecé a trabajar otras cosas que tenían mucho más que ver con la maternidad, por ejemplo. Pero cuando me llamaron de Planeta, empecé a trabajar con la editora Ana Ojeda, que le dio una mirada muy fresca. Todos los aspectos más legales los elaboré con la ayuda de una amiga abogada, y una alumna me pasó el caso de Rocío Artiga y tuve acceso a un expediente completo.
–¿No pensaste en escribir dentro de algún género de no ficción?
–No, me hace bien tramitar las cosas a través de la ficción. Pero todo ese universo está basado en mi propia experiencia y en la vida de mis tías y abuelas. Aunque también estoy escribiendo mi tesis centrada en las brujas en la literatura de los últimos diez años.Pero en la novela, no quería enfocarme en los femicidios, sino en la figura de la bruja y en cómo se tramita el poder. Hay tres oficios importantes en la familia de las brujas dentro del libro. Una chica que es pianista y que quiere salir de su condición social a través del estudio, bien meritócrata; y luego, la trabajadora sexual, que también quiere salir de la condición de clase en la que está, pero desde un lugar totalmente opuesto. Entre ellas casi no se hablan porque están en posturas muy distintas. Y finalmente, la madre, que tiene otro oficio: es la bruja. Me pareció muy interesante que tanto el oficio de la brujería como el del trabajo sexual son muy antiguos y no están regulados por la institución. Son figuras que siempre están rodeando el poder, pero nunca desde un lugar legitimado. Fijate que hoy tenemos a la hermana del presidente, que es tarotista, y, por otra parte, las mujeres definidas como “gatos” en todas partes.
Lala Sosa básico
- Nació en Villa Luro, CABA, en 1980.

- Es guionista, licenciada en Artes de la Escritura (UNA) y maestrando en Estudios Feministas (UBA).
- Publicó Kimona en 2019 y En cuna de brujas en 2026.
- Se dedica a la enseñanza de escritura en El Cuaderno Azul, coordina talleres de lectura y escritura como Locas de amor y Querido diario, entre otros, y organiza el Ciclo de lecturas Al Faro.
- Gestiona el portal Agenda Feminista.
En cuna de brujas, de Lala Sosa (Planeta).

Celeste Siarrusta
Maestría en Periodismo Clarín/Universidad de San Andrés [email protected]
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