La historia menos contada de la independencia argentina

El 9 de julio de 1816 no comenzó una revolución. La revolución ya llevaba seis años. Cuando los diputados reunidos en la histórica casa de Tucumán declararon que las Provincias Unidas del Río de la Plata eran una Nación libre e independiente, aquella decisión no nació de un impulso del momento. Detrás de esa firma había años de campañas militares, debates políticos, acuerdos, fracasos, convicciones y una silenciosa tarea de organización que atravesaba buena parte de América.

Es allí donde aparece uno de los temas más apasionantes de nuestra historia: el papel que la historiografía atribuye a la masonería y a las logias en el proceso emancipador argentino.

Durante décadas convivieron dos relatos opuestos. Una corriente historiográfica sostuvo que la masonería desempeñó un papel determinante en la organización de la independencia; otra relativizó casi por completo esa influencia. Hoy, la investigación histórica propone una mirada mucho más equilibrada: reconocer la importancia que tuvieron las logias sin convertirlas en la explicación absoluta de uno de los procesos políticos más trascendentes de nuestra historia.

Cuando reunirse podía costar la vida

Para comprender el fenómeno hay que viajar mentalmente a 1816. No existían partidos políticos modernos, libertad de asociación ni garantías constitucionales que protegieran a quienes desafiaban al poder. Organizar la ruptura con la Corona española podía significar la prisión, el destierro o incluso la muerte. La discreción no era una cuestión de misterio. Era una necesidad política.

En ese contexto comenzaron a adquirir protagonismo distintas asociaciones reservadas. Entre ellas sobresale la Logia Lautaro, vinculada históricamente a José de San Martín, Carlos María de Alvear, Bernardo de Monteagudo, José Matías Zapiola y otros protagonistas de la emancipación.

La discusión historiográfica no gira tanto sobre su existencia —ampliamente reconocida— sino sobre su naturaleza institucional. ¿Fue una logia masónica en sentido estricto? ¿Fue una sociedad patriótica inspirada en formas organizativas de la masonería? El debate continúa abierto. Lo que sí parece claro es que constituyó un ámbito relevante para articular dirigentes comprometidos con un proyecto continental de independencia.

Una revolución que debía organizarse

 La imagen que todos conservamos es la de San Martín cruzando los Andes. Pero antes de convertirse en el gran estratega militar fue también un extraordinario organizador político. Comprendió que ninguna revolución podía sostenerse únicamente con coraje. Era necesario construir confianza, coordinar voluntades y compartir un objetivo común.

Bartolomé Mitre reprodujo en su Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana fragmentos atribuidos al reglamento de la Logia Lautaro, donde se expresaba el propósito de trabajar «con sistema y plan en la independencia de la América y su felicidad». Aunque los historiadores discuten distintos aspectos de ese documento y de la propia naturaleza de la Logia, la referencia refleja el espíritu político que animaba a muchos de sus integrantes: la independencia debía ser una empresa organizada y no una simple sucesión de levantamientos aislados.

Las ideas también hicieron la Independencia

 Las campañas militares liberaban territorios. Las ideas liberaban pueblos. En los ámbitos donde se reunían muchos de aquellos dirigentes —entre ellos diversas logias— circulaban principios que marcarían el nacimiento del constitucionalismo moderno: soberanía popular, división de poderes, representación política, limitación del poder y libertad frente al absolutismo.

Sería históricamente incorrecto afirmar que esas ideas pertenecían exclusivamente a la masonería. Provenían de la Ilustración, del constitucionalismo inglés, de la experiencia norteamericana, de las Cortes de Cádiz y de otras corrientes intelectuales que atravesaban el mundo atlántico. Pero también sería un error desconocer que la masonería y las logias constituyeron, para muchos protagonistas de la emancipación, ámbitos donde esas ideas pudieron debatirse, fortalecerse y transformarse en acción política.

 

San Martín comprendió que una revolución también debía organizarse.

 

Entre la historia y el mito

Quizá ninguna institución haya sido rodeada de tantas leyendas como la masonería. Precisamente por eso conviene distinguir cuidadosamente entre aquello que puede demostrarse y aquello que pertenece al terreno de las hipótesis.

Hasta hoy no existe documentación primaria que permita afirmar que el Congreso de Tucumán actuó obedeciendo instrucciones impartidas por una autoridad masónica o que la Declaración de la Independencia haya sido la ejecución de un supuesto plan secreto.

Pero tampoco resulta compatible con la evidencia histórica minimizar el papel que desempeñaron las logias como espacios de encuentro, confianza, formación de liderazgos y coordinación política en los años decisivos de la emancipación.

La historia rara vez admite explicaciones absolutas. Y quizás allí radique precisamente su mayor riqueza.

Una enseñanza que trasciende el tiempo

Como profesor de Derecho Constitucional suelo repetir que las instituciones no nacen de un día para otro. Antes de las constituciones aparecen las ideas. Antes de las leyes surgen los consensos. Y antes de los grandes acontecimientos históricos existen personas capaces de organizarse alrededor de un proyecto común. Esa fue, probablemente, la mayor fortaleza de la generación de 1816.

La masonería y las logias formaron parte de esa compleja trama política e intelectual que hizo posible la emancipación. No fueron las únicas protagonistas, ni explican por sí solas la Independencia. Pero tampoco pueden quedar reducidas a una simple nota al pie de la historia.

Más de dos siglos después, quizá la mayor enseñanza del 9 de Julio sea comprender que la libertad nunca fue obra de la improvisación. Fue el resultado de ideas, organización, liderazgo y una extraordinaria capacidad para construir acuerdos en tiempos en que hacerlo implicaba arriesgar la propia vida.

Tal vez por eso la masonería sigue despertando tanta curiosidad. No porque esconda el secreto de nuestra Independencia, sino porque recuerda que, antes de los grandes hechos que cambian la historia, siempre existe una trama silenciosa de personas, convicciones y proyectos que comienza a escribirla mucho antes de que el mundo llegue a conocer su desenlace.

Redacción

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