Hablar de la historia del rock argentino es, inevitablemente, hablar de Oscar Moro. Su nombre aparece una y otra vez en algunos de los capítulos más importantes del género: fue parte de Los Gatos, acompañó la experimentación de Color humano, aportó su potencia a Riff, integró La Máquina de hacer pájaros y alcanzó la consagración definitiva con Serú Girán. Pocos músicos lograron interpretar con tanta sensibilidad estilos tan diferentes sin perder una identidad propia.
Por eso, cada 11 de julio, fecha de su fallecimiento en 2006, se celebra en la Argentina el Día Nacional del Baterista, una efeméride que reconoce el legado de un artista que ayudó a construir el sonido del rock nacional desde sus orígenes.
Su gran recorrido junto a los gigantes del rock nacional
Nacido en Rosario en 1948, Moro comenzó a tocar la batería cuando el rock todavía era una expresión incipiente en el país. Su formación estuvo marcada por el jazz y el rhythm and blues, dos influencias que luego trasladó a un estilo elegante, preciso y profundamente musical.
Nunca necesitó tocar más fuerte ni más rápido que el resto para destacarse: entendía que la batería debía estar al servicio de la canción.

Ese concepto quedó claro cuando se incorporó a Los Gatos, la banda liderada por Litto Nebbia que en 1967 grabó La balsa, el simple que vendió más de 200.000 copias y es considerado el punto de partida del rock argentino moderno.
Mientras la atención se concentraba en la voz de Nebbia o en la composición del tema, la batería de Moro sostenía con naturalidad un ritmo que rompería con todo lo que se había escuchado hasta entonces en el país.
Luego en los primeros años de la década de 1970 se sumó a Color humano, el trío encabezado por Edelmiro Molinari, donde el blues, el rock psicodélico y las largas improvisaciones encontraron en él un sostén perfecto. Poco después integró La Máquina de hacer pájaros, uno de los proyectos más ambiciosos de Charly García, caracterizado por arreglos complejos y una fuerte influencia del rock progresivo.

Su versatilidad volvió a ponerse a prueba cuando aceptó la propuesta de Pappo para incorporarse a Riff. Del rock sinfónico pasó al hard rock más crudo. Sin embargo, Moro volvió a demostrar que podía adaptarse sin perder personalidad.
Y llega Serú Girán
El punto más alto de su carrera llegó en 1978, cuando Charly convocó a David Lebón, Pedro Aznar y a Moro para formar Serú Girán. Con apenas cuatro discos de estudio, el grupo se convirtió en una de las bandas más influyentes de la música argentina. Canciones como Seminare, Eiti Leda, Canción de Alicia en el país, Viernes 3 AM y Peperina marcaron a esos jóvenes de pelo largo que hoy ya peinan canas.
Dentro de esa formación, Moro desempeñó un papel decisivo. Su forma de tocar escapaba al virtuosismo vacío: construía climas, acompañaba los cambios de dinámica y dialogaba con el bajo de Pedro Aznar y los teclados de Charly García con una naturalidad que pocos bateristas lograban.

Para muchos músicos, esa capacidad de escuchar antes de tocar fue una de sus mayores virtudes.
Su prestigio trascendió las bandas de las que formó parte. Grabó junto a artistas como León Gieco, Raúl Porchetto y Miguel Cantilo, entre otros, y se ganó el respeto de toda una generación de instrumentistas.
Moro murió el 11 de julio de 2006 a los 58 años. Dos años después, músicos y referentes del rock impulsaron la creación del Día Nacional del Baterista para que su figura quedara asociada para siempre a quienes sostienen el pulso de una banda desde detrás de los parches.

A dos décadas de su muerte, su legado sigue intacto. Escuchar cualquiera de los discos que grabó alcanza para entender por qué tantos bateristas lo consideran un maestro.
Moro no solo acompañó la historia del rock argentino sino que ayudó a escribirla golpe a golpe.
POS

