No importa cuándo leas esto. Tampoco si tenés 20, 30 o 99 años. Eso es lo de menos. Lo que importa es que en cualquier momento, un martes cualquiera a las tres de la tarde, algo hace un clic en la cabeza. Nos llega el famoso insight, el momento «¡Ajá!».
Últimamente, mi algoritmo se volvió sumamente mundialista (lo cual es un milagro para una persona tan poco futbolera como yo). Mi corazón se sobresalta con cada jugada, cada historia, cada análisis y la marea de información que inunda las redes. Pero propongo que nos detengamos un segundo. Paremos la pelota. Hablemos de esto, porque acá hay mucha tela por cortar.
¿Por qué sentimos así? ¿Por qué esto es tan lindo y, a la vez, tan desesperante?
Un fenómeno que nos saca de la rutina de un plumazo, como el Mundial, obliga a que nuestra atención se clave en un solo foco. La psicología social explica que sentimos, casi como una necesidad biológica, una afiliación inmediata con un logro mayor y con un grupo. El ser humano es una criatura gregaria; necesitamos la tribu, y el fútbol es el fogón moderno donde nos sentamos todos juntos.
Como comunicadora, sé cómo los medios nos dibujan el mapa de lo que «debe» ser importante y lo que no. Si miramos de reojo la realidad —la política, las medidas económicas, el doloroso caso Agostina y tantas heridas más que nos atraviesan como sociedad—, el silencio mediático asusta.
Y, aun sabiendo cómo funciona el truco de la distracción, necesitamos este momento.
Si sos como yo, en cada partido ves mucho más que a once millonarios con la vida resuelta corriendo detrás de un cuero. Aparece un deseo interior, casi inconsciente, de proyectar tu propia vida en ese instante. No porque tengamos las mismas habilidades (claramente no es mi caso), ni porque nos interese el deporte. Nos enganchamos porque hay un relato en el que es ridículamente fácil encontrarse: los desafíos.
Cuando algo nos importa de verdad —un llamado vocacional, un propósito, o aquello a lo que le abrís el corazón de par en par—, la entrega es inmensa. Lo más ilustrativo fue aquel partido contra Egipto, donde absolutamente nada auguraba un destino ganador. ¿Cómo se dio ese resultado? ¿Fue la genial estrategia de congelamiento mental que le aplicaron al arquero egipcio, o algo mucho más profundo? Me animo a decir que fue algo primitivo: creer.
La neurociencia dice que el cerebro no distingue entre una amenaza real y una narrativa de fracaso que nos inventamos. Por eso me pregunto: ¿cuántas veces hemos abandonado un deseo antes de tiempo, sin compasión, negándonos ese último suspiro de «solo por este instante, lo intento»? Lo primero que sentí al ver el partido fue un espejo incómodo: cuántas veces abandoné (¿y por qué no decirlo? Cuántas veces me abandoné) porque en mi cabeza el storytelling de la adversidad era más fuerte que mis ganas.
Claro, Messi y los suyos tienen un entrenamiento de élite para tolerar la frustración, pero esa terna dramática de lucha, abandono y huida es el software básico de cualquier ser humano. La diferencia está en cómo se gestiona.
Ahí es donde entra Scaloni, un tipo que habla abiertamente de las emociones y que transformó un escenario de altísima presión en un living familiar. Como «doctora en ansiedad» que soy, siempre supe que la obsesión por la perfección no lleva a ningún lado. El enfoque de la seguridad psicológica (un concepto clave hoy en el alto rendimiento corporativo y deportivo) demuestra que la comunicación basada en el abrazo, las lágrimas y la empatía —con su justa exigencia, claro— es una estrategia mucho más eficaz para el éxito que andar revoleando tizas contra una pizarra.
Y acá viene mi pensamiento aparentemente delirante (pero arqueen las cejas conmigo un segundo): ¿hay puntos de conexión entre esta mirada humana del alto rendimiento y alguien como Marley?
Hablamos de dos andariveles distintos, sí. Pero el éxito de Marley ha sido la inteligencia aplicada al gag, el blanquear los tropiezos en vivo y el fagocitar la imperfección para hacerla entrañable. Tanto en el vestuario de la Selección como en la pantalla de televisión hay una lección idéntica de respeto, resiliencia y autoconocimiento. Al final del día, el verdadero tesoro es aprender a construir nuestro camino siendo, por una vez, nuestros mejores amigos.




