El pasado domingo cometí el atrevimiento –y disculpen lo que tiene esta columna de egocéntrica– de defender la traducción y los traductores frente a los avances del supuesto progreso. Y debo decirles que pocas veces me han dejado más claro que soy un retrógrado y un antiguo y que estoy en contra del imparable avance y desarrollo de los tiempos, que acabarán, lo quiera o no, pasándome por encima.
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