«Nos decían que era inevitable»: cómo la comunidad del Yrurtia logró frenar la reforma BA Aprende

La supervisora Stella Maris Penna, encargada de la aplicación había tenido que retirarse cuando un grupo de estudiantes la recibió con una sentada y una lluvia de aplausos para impedir que ingresara. «No la dejábamos entrar para que siguiera firmando papeles sobre la reforma dentro del colegio», recuerda Toby, del Centro de Estudiantes. «Se tuvo que ir corriendo». La escena retrata el punto más alto de un conflicto que llevaba meses.

Pocos días después, el martes 7 de julio, el Ministerio de Educación de la Ciudad volvería. Pero esta vez para negociar con el colegio tomado por les estudiantes. La propuesta fue levantar la medida a cambio de un acta firmada donde quedara establecido que el Yrurtia no ingresaría a BA Aprende y que se retrocedería a foja cero con todos los cambios en la Planta Orgánica Funcional de la escuela. La asamblea estudiantil debatió la propuesta y resolvió aceptarla. El Gobierno de Jorge Macri y Mercedes Miguel tuvo su derrota, pero ninguno de quienes protagonizaron esa pelea cree que la historia fue un camino sencillo, ni rápido.

«Durante un año entero se nos informó que estábamos adentro de la reforma», cuentan docentes de la escuela. “Nuestro ejemplo demuestra que las escuelas que todavía no ingresaron están a tiempo de rechazarla». Esa es, quizás, la principal razón por la que aceptaron reconstruir esta experiencia: para que otras comunidades educativas sepan que “se puede confrontar al gobierno en su política agresiva y enfrentarlo coordinando al interior de las escuelas y junto a otras artísticas y colegios del barrio” como señala Juan, profe y delegado de la escuela.

Del rumor a la certeza: cuando la reforma empezó a sentirse en la escuela

En el Yrurtia la reforma no llegó vía documentos oficiales. Para Toby, estudiante de quinto año, los primeros pasos aparecieron mucho antes de que se hablara públicamente del tema. «En muchos cursos empezamos a pasar medio año sin profesores titulares. Después vaciaron un tercero del turno vespertino, trasladaron docentes, reagruparon estudiantes y empezamos a ver que eso no era un problema aislado. Había algo mucho más grande atrás».

Las familias también comenzaron a notar que algo estaba cambiando. «Mi hije estuvo casi medio año sin clases de Grabado», cuenta Lu, mamá de un estudiante de quinto año y militante del partido de Myriam Bregman. «En otras materias también faltaban docentes, cerraban cursos y reagrupaban estudiantes en talleres donde ya era muy difícil trabajar. Lo que al principio parecía una suma de problemas administrativos terminó mostrando que había un proceso de vaciamiento».

Vanesa Orienta, mamá de 2do año del cole y de Familiares y Amigos de Luciano Arruga, recuerda que muchas familias ni siquiera sabían que la escuela estaba siendo incorporada a BA Aprende. «Nos enteramos por una reunión convocada por profesores. Ahí supimos que una directora, antes de jubilarse, había firmado documentación para el ingreso a la reforma sin consultar a estudiantes, docentes ni familias. Fue ahí cuando entendimos la gravedad de la situación».

Mientras tanto, los docentes ya venían siguiendo lo que ocurría en otras escuelas. Muchos trabajaban en establecimientos donde ya se estaba implementando. Esa experiencia les permitía anticipar qué significaba: pérdida de cargos, reorganización compulsiva de horarios, flexibilización laboral y desjerarquización de contenidos. Juan y Carolina, delegados de Ademys, relatan que se fueron preparando para esta situación “sabíamos que la implementación de la reforma tarde o temprano llegaría”.

Ayelén, profesora del bachillerato, recuerda que durante casi dos años el tema se debatía en la sala de profesores. «Los compañeros que ya estaban trabajando en escuelas con la reforma contaban sus experiencias. Ahí entendimos que no era solamente una discusión sobre cargos. Estábamos hablando de cambios muy profundos en la enseñanza, en las condiciones de trabajo y en la vida de la escuela».

Pero en el Yrurtia había además un problema específico. La escuela artística necesita dividir los cursos para talleres como Grabado, Escultura, Pintura o Dibujo. La formación artística requiere grupos mucho más reducidos. «La reforma habilitaba justamente lo contrario», explican docentes de la institución. «Cerrar el turno vespertino, reducir la Planta Orgánico Funcional y terminar con el desdoblamiento de talleres. Eso significaba desarmar el proyecto pedagógico que caracteriza al Yrurtia desde hace décadas». Y agregan “Cabe destacar que la escuela primaria -que funciona hoy en el establecimiento- fue impuesta a la fuerza. Durante doce años el Yrurtia luchó por el edificio nuevo y al momento de habitarlo, nos impusieron la escuela primaria. El gobierno dice que creó una escuela primaria, cuando en realidad le “robó” dos pisos a la secundaria”.

«Nos quisieron dividir»: presiones, rumores y una comunidad que decidió organizarse

Algo en lo que coinciden docentes, estudiantes y familias es que el mayor obstáculo no fue solamente la reforma, sino la forma en que el Ministerio buscó imponerla. La información nunca circuló de manera abierta. Por el contrario, los cambios aparecían como rumores, comentarios de pasillo o reuniones con pequeños grupos de docentes. Nadie conocía el panorama completo.

Ayelén recuerda uno de esos episodios. «La supervisora reunió solamente a algunos docentes titulares y coordinadores para comunicarles que la escuela iba a entrar en la reforma y que había que reorganizar horarios. Les preguntaba quiénes podían cambiarse de turno. Era un tema que afectaba a toda la escuela, pero se comunicaba solamente a una parte. Ahí quedó clarísima la intención de generar malestar y dividir a los docentes.» Las tensiones crecían todos los días.

Como la implementación de BA Aprende avanzaba de manera escalonada, muchos trabajadores tenían la expectativa de conservar sus cargos si el Yrurtia ingresaba. La propia supervisión alimentaba esa idea. «Se instalaba permanentemente que si entrábamos ahora podíamos salvar algunos cargos», cuentan docentes de la escuela. «Pero después veíamos que en otras escuelas eso significaba desplazar a compañeros de otros establecimientos. Era un mecanismo perverso que enfrentaba docentes contra docentes y escuelas contra escuelas.»

El rol de los sindicatos -a excepción de Ademys- también fue un obstáculo, relatan Juan y Carolina “abonaban a la desmotivación, descreimiento y desmoralización de los trabajadores docentes con su ‘dejar hacer’ que se tradujo en dejar a cada escuela enfrentando la reforma por separado”.

Mientras tanto, las autoridades seguían avanzando. La directora que estaba por jubilarse terminó enviando un correo electrónico aceptando el ingreso del Yrurtia, pese a la votación docente. «Nos enteramos al día siguiente», recuerda Ayelén. «Habíamos rechazado la implementación y de repente descubrimos que igual habían informado al Ministerio que la escuela ingresaba.»

El malestar aumentó todavía más cuando una de las directoras propuestas para asumir la conducción denunció presiones de la supervisión y finalmente desistió del cargo. Para Toby, esa lógica atravesó todo el conflicto. «Nosotros sentíamos que siempre intentaban decidir todo a espaldas de la comunidad. Nunca explicaban realmente qué querían hacer con la escuela.»

Lu cuenta que todo se agudizó cuando la conducción del CEBARY (Centro de Estudiantes del colegio) fue conquistada en las elecciones de mayo de este año por Aguafuerte una lista independiente y de izquierda que se propuso como eje central resistir frente a la reforma educativa. A partir de ahí aumentaron el hostigamiento y la persecución contra estudiantes que denunciaban la reforma, defendían la ESI y acompañaban las demandas docentes”.

Traducir la reforma para que toda la escuela pudiera discutirla

Si el Ministerio buscaba fragmentar la información, la respuesta fue la contraria. Los docentes comenzaron a reunirse en los recreos, después de clase y en cada momento libre. No alcanzaba con que la reforma la entendieran ellos. «Una cosa era discutir entre docentes qué significaban los cambios en los cargos», explica Ayelén. «Otra muy distinta era que estudiantes y familias pudieran entender cómo eso iba a afectar la calidad de la educación, los talleres, la ESI o la organización de la escuela.»

Entonces empezó otro trabajo. Transformar los documentos en materiales más sencillos, con ejemplos concretos. Docentes y estudiantes preparaban afiches para pegar en los pasillos, organizaban charlas y respondían preguntas durante los recreos. «Nos iban acercando materiales y nosotros los discutíamos en el Centro de Estudiantes», cuenta Toby. «Ahí empezamos a hacer asambleas para explicar qué era BA Aprende. No queríamos que pareciera un problema de horarios o de cursos. La reforma cambiaba toda la escuela.»

Uno de los temas que más preocupaba era el avance de la llamada educación socioemocional. Oli, estudiante de segundo año, recuerda que comenzaron a aparecer talleres que reemplazaban espacios donde antes se trabajaba Educación Sexual Integral. «Nos decían que teníamos que aprender a gestionar nuestras emociones individualmente. Como si todo dependiera de uno mismo y no del contexto que vivimos. Mientras tanto iban vaciando la ESI. Nosotros entendíamos que eso también era parte de la reforma.»

La pelea dejó de ser sólo por los talleres. También era una defensa de una escuela donde se pudiera discutir colectivamente lo que pasaba, donde siguieran existiendo espacios como la ESI y donde las decisiones no se tomaran desde arriba.

Cuando las familias se sumaron a la pelea

Hasta ese momento muchas madres y padres desconocían lo que estaba ocurriendo. Lu recuerda que durante meses solamente veían que faltaban docentes, cambiaban horarios o desaparecían materias. «No recibíamos explicaciones claras. De repente había cambios permanentes y nadie nos decía por qué.»

Todo cambió con las primeras reuniones abiertas. «Las familias llegamos últimas a esta pelea», dice Gaby, mamá de segundo año. «Pero cuando entendimos de qué se trataba ya no hubo vuelta atrás.» El crecimiento fue acelerado. Primero un pequeño grupo de WhatsApp. Después otro. En pocos días ya participaban cientos de familias. Algunas empezaron a diseñar flyers. Otras imprimían materiales en sus trabajos. Se organizaron juntadas de firmas, un padre llevó personalmente cientos de adhesiones al Ministerio de Educación. Un grupo de familiares llevó el conflicto a la Legislatura Porteña, a la comisión de Educación. «Expusimos la compleja situación del Yrurtia y otras escuelas. Además denunciamos el impedimento de las autoridades para que les estudiantes se organicen en asamblea» cuenta Vanesa.

Vanesa recuerda que fue ahí cuando sintieron que la escuela empezaba a convertirse realmente en una comunidad. «Escuchamos mucho a los estudiantes. Entendimos que nuestro papel no era reemplazarlos sino acompañarlos. La toma, por ejemplo, llegó después de un proceso de maduración del conflicto. Los chicos ya habían agotado muchísimas instancias antes.»

Con la emoción de la lucha ganada Gaby recuerda esas semanas. «Nuestra agenda se rompió. Dejamos de ir del trabajo a casa para pensar la escuela en comunidad. Encontramos tiempo donde parecía que no había. Descubrimos que cuando una comunidad se organiza puede cambiar cosas que parecían imposibles.» Mientras el Ministerio intentaba avanzar dividiendo a docentes, estudiantes y familias, en el Yrurtia ocurría lo contrario. La comunidad educativa discutía en común el futuro de la escuela.

La toma: la decisión que cambió el conflicto

Para julio, la sensación era que el tiempo se terminaba. Después de meses de rumores y reuniones encubiertas, docentes y estudiantes supieron que la supervisora volvería a la escuela para avanzar con la firma definitiva. Ya no se trataba de una amenaza.

Los docentes habían conseguido finalmente acceder al borrador de la nueva Planta Orgánico Funcional. Ese documento cambió todo. «Cuando vimos el borrador empezamos a poner nombres y apellidos», recuerda Ayelén. «Ya no era ’alguien va a perder horas’. Eran compañeros concretos que quedaban afuera. En nuestra área solamente había diecisiete docentes que quedaban sin lugar. Ahí terminó de quedar claro que era la reforma.»

Mientras los docentes analizaban el impacto laboral, el Centro de Estudiantes discutía qué hacer. Durante semanas habían organizado actividades. Incluso habían logrado que la supervisora asistiera a una reunión con estudiantes, aunque solamente aceptó recibir a una pequeña delegación. «Los demás nos quedamos escuchando desde las ventanas», recuerda Toby entre risas. «Y ahí escuchábamos cosas insólitas. Sentíamos que seguían sin entender absolutamente nada de nuestra escuela.» Para ese momento el conflicto ya había escalado.

Las familias empezaban a participar masivamente. Los docentes compartían información casi todos los días. Los grupos de WhatsApp crecían. Y las acciones dejaban de ser impulsadas solamente por el Centro de Estudiantes para transformarse en decisiones de toda la comunidad. Sin embargo, todavía quedaba una discusión. ¿Alcanzaban las medidas que venían haciendo?

Para Toby la respuesta empezó a aparecer cuando comprendieron que, pese a todo el esfuerzo realizado, la supervisora seguía diciendo públicamente que desconocía que la comunidad estuviera en contra de la reforma. «Nosotros hacía meses que hacíamos asambleas, sentadas, semaforazos, reuniones… Y aun así seguían diciendo que no sabían que rechazábamos BA Aprende.»

Cuando supieron que el Ministerio pensaba firmar la reforma antes de las vacaciones de invierno —aunque les habían dicho que cualquier definición sería después del receso— ya no quedaban muchas alternativas. El lunes se convocó una nueva asamblea. «La idea inicial era que el Centro de Estudiantes propusiera discutir una toma», recuerda Toby. «Pero pasó algo inesperado. Antes de que nosotros llegáramos a plantearlo, un estudiante gritó ’hagamos una toma’. Y prácticamente toda la asamblea estuvo de acuerdo.»

No fue una decisión improvisada. Llegaba después de comprobar que todas las instancias anteriores habían sido ignoradas. Oli, estudiante de segundo año, recuerda ese momento como una demostración de que el compromiso estudiantil era mucho más profundo. «Siempre se habla de los adolescentes como si no nos importara nada. Nosotros demostramos exactamente lo contrario. Nos organizamos para defender nuestra educación y la escuela que queremos.»

El apoyo a la toma

No fue sólo una medida estudiantil. Apenas comenzó, las familias organizaron turnos para acercar alimentos, frazadas y todo lo que hiciera falta. Los docentes permanecieron acompañando desde afuera. Ademys brindó respaldo gremial, político y legal. Docentes, estudiantes terciarios yuniversitarios acercaron su solidaridad, al igual que organizaciones del barrio como integrantes de asambleas y docentes y familias de los Comité que impulsan desde Flores y Lugano junto a Myriam Bregman. Se hicieron presentes abogados de Derechos Humanos del CeProDH ante la presencia policial en la toma. También comenzaron a llegar mensajes de otras escuelas, especialmente de comunidades artísticas que atravesaban conflictos similares.

No todos los apoyos, sin embargo, llegaron de la misma manera. Toby recuerda el papel que jugó la Coordinadora de Estudiantes de Base (CEB) mayoritariamente compuesta por agrupaciones afines al peronismo. «Nos decían que había que esperar al segundo cuatrimestre porque estaba el Mundial y ahora no nos iban a dar bola. Pero nosotros no podíamos esperar.»

Cuenta además que, una vez iniciada la toma, esperaban que la CEB impulsara una campaña común. «Eso no pasó. Los primeros que se solidarizaron fueron estudiantes del Lola Mora, la Nini Marshall, el Lengüitas y otras escuelas que también estaban enfrentando BA Aprende. Ahí entendimos que había que seguir construyendo esa coordinación desde abajo.»

Para las familias y docentes, la toma de estudiantes terminó de confirmar que la decisión «llegó cuando ellos sintieron que habían agotado todas las instancias”. Gaby coincide. «Nos impresionó ver cómo se apropiaban de su escuela. Fueron ellos quienes nos enseñaron a organizarnos. Nosotros acompañamos una decisión que habían construido democráticamente.»

El Ministerio retrocede

La primera noche transcurrió con tranquilidad. Pero a la mañana siguiente llegaron funcionarios del Ministerio junto a la dirección de la escuela. Su propuesta era que si levantaban la toma, el Gobierno firmaría un acta aceptando el rechazo de la comunidad y yendo para atrás en la reforma. Los estudiantes volvieron a hacer lo mismo que habían hecho durante todo el conflicto: convocaron una asamblea.

«Nadie decidió por arriba», recuerda Toby. «Nos dijeron cuál era la propuesta y la discutimos entre todos. Ahí resolvimos que solamente levantábamos la toma si el acta se firmaba en ese momento y decía claramente que la escuela no iba a entrar a la reforma.» La discusión terminó realizándose en la puerta del colegio. Mientras representantes del Ministerio redactaban el documento, estudiantes, docentes y familias seguían cada palabra. Finalmente el acta quedó firmada.

El Yrurtia no ingresaría a BA Aprende. La comunidad levantó la toma. «Esto es un triunfo enorme», dice Toby. «Pero también entendimos otra cosa: si esto pasó en una escuela, puede pasar en muchas más. Ahora el desafío es que ninguna comunidad tenga que enfrentar sola esta pelea.»

«Que el Yrurtia no sea una excepción»

Cuando el Ministerio retrocedió, la sensación de triunfo convivía con una certeza: la reforma sigue avanzando sobre decenas de escuelas. «No queremos que el Yrurtia sea la única escuela que frene la reforma», dice Toby. «Yo me pongo a pensar qué hubiera pasado si todos los centros de estudiantes decidían tomar sus colegios. Capaz tirábamos abajo la reforma de una vez en todas las escuelas.»

Durante el conflicto esa necesidad de coordinación apareció varias veces. Mientras el Ministerio intentaba que cada comunidad enfrentara la reforma por separado, el Yrurtia empezó a tender puentes con otras escuelas artísticas que en estos días están llevando adelante medidad de rechazo como el Lola y la Nini. También recibió acompañamiento de estudiantes terciarios y universitarios, de organizaciones barriales y de distintos medios que ayudaron a romper el aislamiento.

Para Lu, el principal aprendizaje fue comprobar que ninguna reforma puede imponerse cuando una comunidad logra organizarse. «La toma fue importante, pero no explica por sí sola lo que conseguimos. Fue el resultado de semanas de acciones, reuniones, discusiones y construcción de confianza entre docentes, estudiantes y familias. El acta es una conquista importante…puede servir como antecedente para que otras escuelas no acepten decisiones tomadas a espaldas de la comunidad.»

Vanesa rescata otra enseñanza “La organización y la lucha son saludables en este contexto político, económico y social tan falto de escrúpulos… creo en la potencia de la unidad, por eso, y más allá de la conquista del Yrurtia, seguimos en alerta y tendiendo puentes con otras comunidades”. En ese sentido Lu agrega los pasos a seguir “Vamos a organizar un festival para sumar a todas las comunidades artísticas en lucha, para que más familias sean parte y encontrarnos con cada sector afectado para coordinar acciones”.

Las docentes también creen que el conflicto dejó una enseñanza para quienes todavía piensan que la reforma es un hecho consumado. «Nos dijeron que no había nada para hacer. Hoy sabemos que eso no era cierto. La organización de la comunidad educativa puede modificar decisiones que parecían cerradas.»

La profesora Ayelen reflexiona “Muchas veces los adultos tendemos a querer definir qué se hace y qué no. En nuestro caso fueron los estudiantes los que dijeron: «Hace falta una medida más contundente si realmente quieren firmar el ingreso de la escuela a la reforma». Ahí nos dieron una enseñanza muy grande. Esa decisión fue la que terminó torciendo el conflicto. Muchos docentes éramos escépticos de que se pudiera frenar la reforma este año”.

Pero quizás el balance más profundo lo hace Gaby «Los estudiantes nos mostraron que no había que resignarse. Que había que organizarse. Que había que ir a buscar a otras escuelas. Si el Yrurtia consiguió este triunfo fue porque nadie peleó solo.»

Tal vez esa sea la principal enseñanza que deja esta historia. No solamente que una escuela artística logró frenar BA Aprende. Sino que lo hizo construyendo algo que hoy parece cada vez más difícil: una comunidad donde docentes, estudiantes y familias discutieron, resolvieron y lucharon juntos. En tiempos en que los gobiernos de Jorge Macri y Javier Milei descargan el ajuste sobre la educación pública e intentan fragmentar cada conflicto, y las conducciones sindicales mayoritarias como UTE y las estudiantiles dicen que no se puede hacer nada más que esperar, la experiencia del Yrurtia muestra que hay otra posibilidad: organizarse desde abajo, superar la división y el individualismo y transformar la pelea de una escuela en una ejemplo para todos.

Redacción

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