Un golfo de aguas subtropicales y arrecifes conectado con el océano Pacífico, relativamente cerca de la línea del Ecuador. El paisaje descripto es el centro de la provincia de Neuquén, pero hace 185 millones de años, cuando Sudamérica y Argentina no existían como tales, y todavía ni siquiera se había levantado la Cordillera de los Andes. En ese remoto tiempo –período Jurásico– la masa continental de esta parte del planeta se ubicaba mucho más al norte del lugar que ocupa hoy, aunque lentamente se iba desplazando hacia el sur. Su clima, por tanto, era más cálido, y daba lugar a una biodiversidad muy rica que todavía hoy se sigue descubriendo de la mano de los excepcionales fósiles que pueden encontrarse, en algunos casos, a simple vista sobre el terreno. A la lista de aquellos organismos prehistóricos se suma ahora Opisoma romeroi, un bivalvo extinto que acaba de ser descripto y bautizado por un equipo de investigación del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP), y que se reporta en la revista Journal of Paleontology.
El ejemplar estudiado tiene varias particularidades que lo distinguen de otras especies conocidas pertenecientes al mismo género. “Para empezar, el sitio en el que apareció es muy singular, ya que hasta ahora el lugar más austral en el que se habían reportado hallazgos similares es un yacimiento paleontológico en Chile, pero a la altura de Catamarca, es decir mucho más al norte”, cuenta Valentina Cuesta, becaria del CONICET y primera autora del trabajo, y continúa: “Pero el rasgo más saliente es su gigantismo: mide 18 centímetros de longitud, contra los 2 o 3 centímetros de tamaño que suelen tener otros registros”. Los bivalvos son un tipo de molusco marino, concretamente animales invertebrados como las actuales almejas u ostras, con un cuerpo blando recubierto por una caparazón calcárea formada por dos partes o valvas laterales simétricas –de ahí su nombre– unidas por una estructura tipo bisagra que se cierran y abren por acción de un músculo y ligamentos elásticos.
“Tiene una forma rara; parece un corazón, y es muy pesada debido a la gran cantidad de carbonato de calcio concentrado en uno de los lados, lo cual indica que vivía semienterrada”, detalla Cuesta al tiempo que añade: “Hay ciertas partes que sobresalen y que, sumadas a lo que se conoce sobre el modo de vida de especies actuales con adaptaciones similares, nos hacen inferir que mantenía una relación simbiótica con organismos fotosintéticos”. También investigador del CONICET y autor del estudio, Javier Echevarría explica que “sus valvas son aplanadas, algo típico de bivalvos con algas en el manto, es decir los tejidos adyacentes, a las que exponen a la luz solar para que hagan fotosíntesis y beneficiarse de los nutrientes que se producen”. Así, la investigación postula que O. romeroi habría vivido en una relación fotosimbiótica con microalgas productoras de oxígeno en un mar tranquilo de aguas poco profundas. “Es una morfología típica de grupos de ambientes tropicales, y el hecho de que aparezca en Neuquén suma evidencia a cómo era el clima para esa región en el período abordado”, apunta el especialista.
Hallado en un sitio llamado Cerro Granito por Francisco Romero, el primer director del Museo “Carmen Funes” de la localidad neuquina de Plaza Huincul y de quien toma el nombre, el material fósil estudiado permaneció guardado durante más de 40 años en dos colecciones. Una parte en el Museo Provincial de Ciencias Naturales “Prof. Dr. Juan A. Olsacher” de Zapala (MOZ), y la otra en un repositorio institucional de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Aunque el paleontólogo e investigador emérito del CONICET fallecido en 2015 Horacio Camacho tuvo intenciones de estudiarlo, finalmente no lo hizo y las muestras continuaron reservadas hasta esta nueva investigación, que las trajo a escena para lograr identificarlas definitivamente. “Además de los métodos de análisis tradicionales, también las sometimos a una tomografía computada para observar las valvas en detalle y ver si había perforaciones o ventanas en la conchilla que permitieran dejar entrar los rayos ultravioleta, como sucede en las actuales almejas del género Corculum, de morfología muy parecida”, explica Cuesta.
No las había, con lo cual el equipo considera que O. romeroi tiene que haber desarrollado alguna estrategia diferente para maximizar la captación de luz semejante a la observada en otro género de bivalvos actuales llamado Tridacna, almejas gigantes de la región del océano Pacífico que conecta Asia con las costas de África y América, y que pueden alcanzar un metro y medio de longitud. “Estos animales viven fijos al sustrato y albergan algas microscópicas en sus tejidos. Durante el día exponen ampliamente el manto a la radiación solar para que esos microorganismos puedan hacer fotosíntesis”, señala la becaria, y aclara que, aunque no se trata de especies similares, sí comparten aspectos clave como el gran tamaño y las condiciones de vida y hábitat. La investigación, destacan sus autores, plantea nuevos interrogantes ya que sugiere que el género Opisoma habría habitado latitudes más al sur de lo pensado hasta el momento, abriendo las puertas a pensar que quizá también lo hayan hecho otros elementos de la fauna de Lithiotis, un grupo de grandes bivalvos que se extinguieron en la primera parte del período Jurásico.



