Ex combatientes de Malvinas: «Los jugadores nunca se dieron por vencidos, fueron al frente como nosotros»

«Hacha, carajo, cuchillo entre los dientes», exclama uno. «Vamos Giuliano, eso, huevos», descarga otro. «Vamos Enzo, rompé, rompé», dicen al fondo. La tensión desborda en el Centro de Veteranos de Guerra de Quilmes, donde desde pasado el mediodía de este miércoles, veinte ex combatientes de Malvinas se reunieron para un asado y luego ver el partido de Argentina vs. Inglaterra.

En el zoom del centro hay una pantalla de 65 pulgadas que domina la escena. Todavía quedan algunos restos de vacío y asado de tira y circula jugos, gaseosas y café. El ambiente está tan caldeado como en el campo de juego. Algunos no para de hacer comentarios, otros parecen estatuas. «La memoria se defiende en la cancha», repiten el mensaje que dieron en las redes sociales.

La pantalla devuelve un parcial dominio inglés y un tiro libre peligroso. «No pasa nada, son puro humo. Vamos Dibu. Dios es argentino. Acordate, este partido lo mandó Dios para que Messi haga el gol de su vida», anhela el Vasco Jorge Irigoitía, vicepresidente del Centro de Malvinas.

«Qué quilombo tenemos por el lado derecho, les cuesta a Molina y a Giuliano (Simeone). Los veo nerviosos a los pibes, es un partido pesado, tiene mucha carga, no es para menos», analiza con algo de reflexión Miguel Cerruti, presidente del Centro. «Ehhh hijo de puta, lo fue a cortar a Messi, lo fue cortar. Metele un tiro en la pata a ese pirata», se filtra en un momento de zozobra del partido.

Juan Carlos Salinas, uno de los veteranos de Malvinas y una campera que habla por sí sola. Foto: Antonio Becerra

La presencia de Malvinas no sólo puebla las paredes y cada rincón del centro de veteranos quilmeño, sino también las vestimentas de los héroes que pelearon por la Soberanía. Abundan las camisetas celeste y blancas, también las azules, y todas tienen estampadas la Gran Malvina y la Soledad. «Este lugar es nuestro hogar, nuestro espacio de pertenencia. Acá nos unimos combatientes que no nos conocíamos. Y hoy somos como hermanos de la vida», susurra Cerruti, que se permite darle la espalda al partido por un minuto. «¡Silencio!», protestan a unos metros.

El entretiempo permite cierto relax. Están los que van a una sala contigua por un «necesario cigarrillo» y el que «barista» que prepara café para todos. Se acerca un hombre con gorra azul y las islas en el centro, doradas. «Soy el Ingeniero Luis Schmidt, ex veterano, aeronáutica», se presenta. «Esto es un partido, todo lo que quieras, pero hay resentimiento, hay sed de revancha. Este partido tiene una connotación especial, no alcanza con dejarlo todo, tienen que ir por más».

Tensión, angustia y desazón luego del gol de Anthony Gordon, que abrió el marcador. Foto: Antonio Becerra

En una mesa, están sentados a su alrededor Carlos Rasiun, Daniel López, Julio Cardozo y Luis Aldana. Fuman y cafetean. «Este lugar es cuna de héroes, acá venimos todos los días, es terapéutico, nuestro cable a tierra». Sobre la actitud de Scaloni de separar lo deportivo de los sociopolítico, comentan que «por más que quieran separar los tantos, el fútbol y Malvinas están inmersos en la sociedad y eso se lo debemos a nuestro Dios Maradona. Acá el que habla mal de Diego no la cuenta», se ríen. «Además, la gente sabe, no es boluda, pero está bien, el técnico trata de alivianar a los jugadores».

«Dale che, vengan, que empieza el segundo tiempo», se escucha desde el zoom. Vuelven los nervios, la tensión, como presagiando algo. Esta vez el puñado de veteranos se queda de pie, mirando la pantalla. Están los que relatan, los que comentan, los que se agarran la cabeza y los que maldicen, cuando llega el gol de Anthony Gordon antes de los diez minutos del complemento. Se produce un silenzio stampa, hasta que afloran los epítetos contra Molina por su marca inocente. «Parece Heidi haciendo hombre a hombre, tenía que jugar Montiel, no sé por qué Scaloni lo sigue bancando».

Descarga y alivio. Llegó el empate de Enzo Fernández a cinco minutos del final. Foto: Antonio Becerra

Hay sensación de desazón. Desde la tevé, el relator pide cambiar los lugares. Acá regresan a ocupar sus asientos, pero los muchachos intentan darse ánimo y alientan aunque sin mucha convicción. «Noooo», emerge un estruendo cuando Pickford le ataja un cabezazo a quemarropa a Nico González. «El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés», renacen los malvineros y empiezan a saltar como si fuera la barra que alienta en Atlanta.

El equipo argentino es una tromba y en el centro de veteranos todos se ponen de pie, casi devorándose la pantalla. «Noooo, que lo parió», sufren cuando MacAllister estrella la pelota contra el palo. Y sacuden la pantalla cuando otra vez el caballo González se vuelve a perder el empate. «Te entrego a mi hermana si empatamos», dice con humor un veterano.

Creer o reventar, faltando cinco minutos llegó la bomba de Enzo Fernández desde afuera del área. «Gooooollll», rugen los soldados que exteriorizan toda su fiereza. No es fácil escribir estas líneas en medio de una semifinal bisagra, pero el ambiente contagioso lleva a que el abrazo con desconocidos parezca lo más natural del mundo. «Vení siempre querido, dice uno de los anfitriones. «Para, todavía no le digas nada, hasta que termine el partido», acota el más cabulero.

Adicionan nueve minutos. Y la atmósfera en Quilmes es volcánica, casi a la par de lo que transmite el monitor. «Uhhhh, que ingleses con culo», dice el más suave cuando MacAllister la vuelve a estrellar en el palo. «Este equipo nos representa, son unos guerreros en el campo de batalla», se escucha mientras el reloj avanza y emerge la gallardía del equipo de Scaloni. «Dale, dale, sí, tiralo, tiralo, gooooollllll», se celebra arriba de las mesas el frentazo de Lautaro Martínez.

La incredulidad emerge en el zoom del Centro de Veteranos. Llegó el frentazo de Lautaro Martínez y la emoción le gana al delirio. Foto: Antonio Becerra

«Vamo vamo Selección, hoy te vinimos a alentar, para ser campeón, hoy hay que ganar», cantan mientras se besan las Malvinas que están a la altura de sus corazones. «Dale yanqui, cuánto más vas a jugar, terminalo de una vez», se enfurecen dos veteranos con el árbitro. Otros revolean las banderas y están los que desafían al frío levantándose las camisetas. Ismail Elfath dice que se terminó el partido y esta suerte de micro estadio es un polvorín de felicidad.

Nos abrazamos todos, este cronista parece un veterano (de Malvinas) más. El abrazo interminable de una veintena de personas que terminan en el piso, llorando de alegría, mientras el monitor devuelve a Messi arrodillado y entre lágrimas. «Estuvieron a la altura estos pibes», gritan. «Para nosotros ya son campeones, este era el partido. pelearon como tipos que defendían su tierra. Orgullo sentimos por ellos, que nunca los dimos por muertos».

Los veteranos salen a la calle, en la esquina de Joaquin V. González y Av. Gutiérrez a celebrar con el vecindario.  Foto: Antonio Becerra

Los veteranos salen a la calle, a la esquina de Joaquín V. González y Av. Gutiérrez, en Quilmes, donde cientos de vecinos piden por ellos y entran al playón del Centro Malvinas. «Esto nunca pasó, es la primera vez que la gente del barrio viene para saludarnos, abrazarnos y sacarse una foto con nosotros. Creo que vienen porque hay un sentimiento muy fuerte con el veterano de guerra y este es un lugar representativo», dice Daniel López, que se presenta como ex miembro del Regimiento 7.

Los vecinos se amontonan, llegan cada vez más, son como cien en la esquina y saltan todos y los veteranos de Malvinas se suman a la fiesta desenfrenada. «El que no salta es un inglés», es el hit preferido. «Escuchame, estos pibes nos representan, dejaron todo en el campo de batalla que fue la cancha. No se dieron por vencidos ni aún vencidos, como nosotros, que íbamos al frente aunque nos cagaran a tiros», se despide Héctor Nazaralet.

PS

Redacción

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