En una noche en la que algunos quisieron reducir todo a un simple partido de fútbol, la Selección Argentina mostró que hay gestos que trascienden una pelota: Malvinas, la memoria, la camiseta y la voz de un pueblo volvieron a encontrarse en una misma celebración.
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«Las Malvinas son Argentinas», el mensaje de los jugador tras la victoria frente Inglaterra.
El Gobierno no la pasó bien con todo lo que pasó en la noche de Atlanta. En cada acto, en cada canción, en cada argentino que cantaba el himno de manera encendida, en cada salto del que “no es un inglés”, tiraba a la basura su idea de no hablar de Malvinas, de que no mezclar, que es solo un partido de fútbol.
La cosa fue seria. El presidente Javier Milei habló con Gabriel Anello en Radio Mitre y e insistió con que “solo es un partido de fútbol”. Pero, mientras la charla amable de Anello y Milei se desarrollaba, en el campo de juego del increíble Mercedes Benz Stadium un grupo de jugadores de la Selección Argentina, encabezados por Lo Celso y entre los que estuvo nada menos que Leo Messi, exhibió sin ningún filtro una sábana que oficiaba de bandera y con palabras escritas con pintura en aerosol negro: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.
A muchos de nosotros nos causó gran emoción. Los que perdimos amigos en Malvinas, los que sabemos de la arenga de Diego en México, los ex combatientes que se sintieron abrazados por los goles de Maradona en el gran partido del siglo XX nos sentimos acompañados. Esa expresión de nuestros jugadores fue, a la luz de la prohibición de FIFA de portar banderas referidas a Malvinas —avalada por el Gobierno Argentino— , un acto de valentía y de desafío al poder. Porque fue el poder el que dijo que no se podía y ellos lo hicieron igual. Inglaterra anda pidiendo una sanción absurda. Nada borrará el fútbol horrible que hicieron el miércoles en Atlanta. Ninguna derrota es tan justa como la del equipo inglés ante Argentina. Deberían pensar en cómo seguir tras semejante papelón.

En una noche en la que algunos quisieron reducir todo a un simple partido de fútbol, la Selección Argentina mostró que hay gestos que trascienden una pelota: Malvinas, la memoria, la camiseta y la voz de un pueblo volvieron a encontrarse en una misma celebración.
No contento con mostrar la bandera, el que aplicó otro golpe doloroso al Gobierno de Milei —supongo que sin ninguna intención política— fue Messi, haciendo gala de una sensibilidad social que sabemos que tiene, pero que rara vez muestra públicamente: “Sabemos que los Mundiales son especiales para la gente, son especiales para nosotros y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Hay gente que la pasa mal, hay gente que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando. Es la vida nuestra, la que nos tocó siempre”. Fue un mazazo para lo oídos de los funcionarios principales del gobierno que veían la transmisión. Sobre todo, cayó sobre quienes sostienen el cuentito del crecimiento y el aumento de puestos de trabajo. Esa respuesta de Leo (que bien pudo haberla dado Diego en su momento), en ese tono tan rosarino lleno de paz y felicidad, hizo que se miraran unos a otros sin entender por qué, en una noche de festejo, ellos tenían que comerse semejante piña.
Seguramente lo negarán, el tratamiento de la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que incluye cambios en los procesos de desalojos y expropiaciones y libera de restricciones a la compra de tierras rurales a inversores extranjeros se cayó por todo lo que estaba sucediendo aquí, en Atlanta. Consiguieron el quórum, pero el tratamiento se postergó porque la banca oficialista dijo no tener los votos necesarios para aprobar, sobre todo, la llamada Ley de Extranjerización de Tierras. Patricia Bullrich, la Jefa del Bloque de la Libertad Avanza, pidió la postergación hasta el 6 de agosto.
Todos recibieron la información de que faltaban los votos y de que habrá mucha discusión sobre las 16 reformas que se le hicieron a la polémica ley, pero surgió otra cosa que explica mejor la postergación y por qué esta columna de fútbol, de repente, se transformó en política.
Hay quienes vieron la bandera de las Malvinas por TV, la gran acogida popular que tuvo, el acompañamiento ideológico que tuvo desde la mayoría de los comunicadores y alguna voz libertaria dijo: “no podemos salir con esto justo hoy, que Argentina le ganó a Inglaterra y la gente está con la patria a flor de piel, con la calle llena de bandera celestes y blancas. Es muy antipopular. Posterguemos y vayamos a la carga de nuevo cuando esto haya pasado”. Y lo hicieron caer.
El fútbol es un hecho cultural impresionante en el mundo y, sobre todo, en la Argentina. Es extraño, salvo algún interés particular o cierta pereza intelectual, que alguien se plante en un micrófono a decir que un partido con Inglaterra es sólo un hecho deportivo. Por supuesto, Leonel Scaloni queda eximido de esto, porque en la previa no puede agitar públicamente ese discurso, más que nada, por la paz interna. Después, la pasión con la que cantó el himno y el volumen de la voz para tapar el abucheo de los hinchas británicos explicó mejor que nada lo que estaba viviendo. Fue una noche de victoria y venas abiertas. La mayoría de los futbolistas de la Selección Argentina tuvieron un grado de compromiso social y político tan alto que emocionaron a muchos de nosotros. Ese compromiso, ese acercamiento tan profundo a cuestiones de la argentinidad más pura, generaron temblores en sitios muy importantes a los que les arruinaron los festejos por la victoria inolvidable.
Por una noche, al menos, el poder popular de los jugadores de fútbol, las ganas de ser como los que estaba en la tribuna o en cada rincón del país, fue tan grande que incomodó a los que tienen el poder todos los días y hasta evitó que una ley a todas luces injusta y peligrosa para la soberanía se detuviera.
El fútbol es un hecho cultural que mueve masas como ningún otro. Si estas expresiones de los jugadores de Argentina se repiten, algunos gobernantes van a tener que repensar sus locas ideas que entregar lo que es nuestro.

