El fútbol une al mundo”. Pocos lemas podían parecer tan apropiados para un Mundial. La paradoja es que este torneo ha estado marcado por enfrentamientos políticos, tensiones diplomáticas y episodios de racismo. Más que unir, el balón ha reflejado las fracturas del planeta. Tampoco ayudó el escenario. EE.UU., inmerso en una profunda polarización y gobernado por un Donald Trump cada vez más intervencionista, no parecía el mejor anfitrión para simbolizar la convivencia. Mientras los estadios se llenaban, continuaban las redadas del ICE, las deportaciones de inmigrantes y un clima de creciente división.
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