Decía Voltaire que, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Y con el fútbol, salvando todas las distancias, sucede lo mismo. Como escribió John Carlin, quienes lo amamos formamos la tribu más grande del mundo, la más numerosa, la más heterogénea y la de mayor alcance territorial. En España casi veinte millones vieron la final del Mundial, 2.000 millones en todo el mundo. El gol de Ferran Torres fue un acto de justicia poética, pero sobre todo deportiva. Hubo un equipo que salió a atacar y otro a defenderse en la frontera del reglamento. El mal perder es más triste que el mal querer, porque además el derrotado no da pena, sino rabia. Argentina no chutó entre los tres palos en 90 minutos. Lo dijo un argentino sabio como Jorge Valdano hace años: “Jugar contra un equipo que se defiende es como hacer el amor con un árbol”.
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