Dos hechos relevantes de salud pública ocurrieron casi en simultáneo en los últimos días, vinculados con la vacuna del Covid. Uno fue un artículo publicado en la revista The Lancet, que entre otras cosas evalúa el impacto negativo de los efectos adversos leves en la adherencia a la inmunización. El otro, la inclusión de la vacuna argentina ARVAC en el denominado Fondo Rotatorio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), para que los países de la región puedan acceder a ese fármaco a un precio más bajo.
Ambos acontecimientos se producen a poco más de tres años del final de la pandemia, decretado por la OMS en mayo de 2023, cuando habían pasado ya más de tres años de terror sanitario global. Pese al tiempo transcurrido, el Covid sigue siendo un virus de riesgo y cada vez es menor la proporción de la población que tiene cobertura vacunal y natural -por la cantidad de nacimientos que hubo post pandemia-. Si bien el riesgo no es tanto ahora el poder epidémico del virus, son probadas las secuelas que el patógeno puede dejar a largo plazo, donde el deterioro cognitivo aparece entre las más importantes.
La publicación de The Lancet, firmada por investigadores de Estados Unidos, China y Canadá, se focaliza en la seguridad y la eficacia de las vacunas de ARN mensajero (como la de Pfizer y Moderna). Asegura que esta tecnología representa un “avance transformador en la vacunología”. Pero a diferencia de estudios previos que aíslan la inmunología de la sociología, esta revisión masiva conecta directamente los mecanismos biológicos de la plataforma de ARNm con la percepción de salud pública.
Así, se dedica a analizar cómo la reactogenicidad puede impactar en la voluntad de la población de vacunarse. Los autores distinguen entre reactogenicidad y eventos adversos raros y graves, e insisten en que la comunidad médica debería enseñar a la población a diferenciar: los eventos adversos graves son excepcionales, mientras la reactogenicidad son los síntomas comunes: dolor en el sitio de inyección, fatiga generalizada, fiebre leve o cefalea.
En ese marco aparece un dato clave: experimentar una reactogenicidad moderada o intensa en la primera o segunda dosis podría ser un predictor para que una persona decida no aplicarse dosis de refuerzo o actualizaciones anuales. Una divisoria de aguas. De manera que el malestar físico inmediato podría eclipsar el “beneficio invisible” de la protección inmunológica a largo plazo.
Por eso dicen que el diseño de la próxima generación de vacunas debería centrarse fundamentalmente en ese aspecto. Para que estas innovaciones tengan éxito comercial y clínico, los autores establecen que el objetivo prioritario de la industria no es solo aumentar la eficacia, sino “mitigar la reactogenicidad intrínseca”.
La decisión de la OPS
Esa conclusión científica linkea con la decisión que acaba de tomar la OPS, al introducir por primera vez en su Fondo Rotatorio la vacuna ARVAC, en un contexto en el que las tasas de vacunación contra el Covid experimentan un sostenido derrumbe. En el Gobierno argentino, por ejemplo, donde el Estado viene administrando las vacunas de ARNm, admitieron ante la consulta de Clarín que las actuales tasas de vacunación contra el Covid son muy bajas.
La OPS advirtió este escenario a nivel regional y luego de varios años en los que el Fondo Rotatorio ofreció las vacunas de ARNm, decidió reforzar el portfolio con la vacuna ARVAC, debido a su ya reconocida menor reactogenicidad, al tratarse de una vacuna de proteínas recombinantes, más parecida a otras vacunas clásicas de calendario. Por lo tanto, el organismo entendería que la alternativa podría adaptarse mejor a la necesidad de inmunización pública ya superada la emergencia sanitaria.
El objetivo es que la mayor cantidad de gente reciba la mejor vacuna posible. Así es como el artículo de The Lancet valora el poder de las vacunas de ARNm como “una plataforma segura, eficaz y adaptable, con una relevancia duradera para la prevención de enfermedades infecciosas y la preparación en salud pública en el futuro, así como para el tratamiento del cáncer y las enfermedades autoinmunes”. Pero con un desafío no menor: “Reducir la reactogenicidad, mejorar la amplitud y la duración de la inmunidad, ampliar el acceso global y fomentar una confianza pública sostenible”.
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