Por: Galo, Maíl
Con más de 200 funciones encima, la obra escrita e interpretada por Diego Carreño y dirigida por Leandro Aita sigue siendo una de las propuestas más singulares de la Ciudad. Desde VIVE CABA estuvimos en El Camarín de las Musas para entender por qué este unipersonal sobre el lenguaje funciona tan bien cuando se encuentra de frente con el público.
La tesis de un hombre aislado y el peso de las palabras

La obra nos introduce en el universo de un hombre que lleva 24 años aislado en una casa familiar en la cima de un cerro tratando de terminar su tesis de filología. Su obsesión parte de la célebre frase expresada por William Burroughs en 1966: «El lenguaje es un virus». A partir de ahí, Carreño convierte la retórica, las metáforas, las paronomasias y los juegos de palabras en puro ritmo humorístico y teatral.
¿Su hipótesis? Demostrar la célebre afirmación de William Burroughs de 1966: «El lenguaje es un virus».
Ese encierro quijotesco rodeado de artefactos antiguos y teorías académicas se vuelve el caldo de cultivo ideal para el humor. Carreño transforma la retórica, las metáforas, las paronomasias y las trampas de la gramática en un engranaje cómico brillante. La desesperación de un académico atrapado en sus propios razonamientos es, sencillamente, desopilante.
Sin embargo, cuando el creador de una obra encarna a su propio personaje, la distancia entre el papel y la interpretación se disuelve por completo. No hay intermediarios. Se nota una intimidad quirúrgica con cada palabra, un conocimiento anatómico de las pausas y de los quiebres de la dramaturgia. Carreño domina su guion con precisión, pero lo hace desde un dispositivo escénico minimalista que le permite jugar sin red.
La porosidad del escenario y la mirada que te vuelve persona

Lo verdaderamente disruptivo de la puesta —y lo que la diferencia radicalmente de otras propuestas— es su porosidad. A diferencia del teatro convencional, donde la cuarta pared actúa como un muro invisible y frío, aquí la frontera entre el escenario y las plateas es absolutamente permeable.
Existe un pacto implícito en la sala: la obra no solo se ve, la obra te ve. Carreño no actúa frente al público, actúa con el público. Rompe la convención al interactuar, al reaccionar a lo que sucede en la sala en tiempo real e incluso al sostener miradas directas a los ojos de quienes estamos en las butacas.

Ese gesto —el simple pero revolucionario acto de mirarnos — transforma la experiencia por completo. La sala deja de ser una multitud anónima y se convierte en un espacio colectivo donde el lenguaje deja de ser una tesis abstracta y vuelve a ser algo vivo, imperfecto y profundamente complice.
El dispositivo: voces en la cabeza y un espacio despojado

Para sostener el ritmo de este encierro, la puesta recurre a un minimalismo estético muy bien diseñado (a cargo de Analía Morales), donde casi no hay objetos y todo el peso recae en la gestualidad de Carreño y el trabajo de iluminación de Víctor Chacón.
Ese espacio vacío se llena a través de la trastienda sonora: el personaje no está del todo solo, sino que dialoga constantemente con un entramado de voces en off —con las participaciones de actores como Nazareno Casero y Diego Gentile— que funcionan como el contrapunto cómico perfecto para descolocar su lógica académica.
¿Por qué no te la podés perder?
Si querés presenciar una comedia brillante, inteligente y llena de ingenio que rompa con la inercia habitual del espectador, esta es una parada obligada en la Ciudad. La lengua es un músculo, pero el lenguaje es un virus demuestra que el teatro independiente porteño está más vivo que nunca.
Ficha y Datos Útiles:
- Obra: La lengua es un músculo, pero el lenguaje es un virus
- Dramaturgia e interpretación: Diego Carreño
- Dirección: Leandro Aita
- Dónde: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960, CABA)
- Funciones: Viernes a las 21:30 hs
- Entradas: Disponibles en Alternativa Teatral



