El desembarco del FMI se dio en el tumultuoso 2018 de la presidencia de Mauricio Macri, de la mano de Trump, que buscaba darle un espaldarazo al entonces presidente argentino, que atravesaba una gran crisis política. En ese período se comenzó a estructurar un ajuste en el sector de ciencia y tecnología vía el congelamiento de proyectos emblemáticos, así como una pérdida salarial que no se pudo recuperar jamás. Y, con el FMI marcando los designios del gobierno nacional, se paralizó la construcción de la cuarta central nuclear argentina, que era un acuerdo con la empresa china ….. que vinculaba la transferencia de tecnología china y el financiamiento de más de un 50 % de trabajo local. Ya se había retrocedido de un proyecto que incluía una nueva central tipo “CANDU” (tecnología argentina que maneja de punta a punta, al igual que la central que funciona en Embalse), que era el proyecto original. Esta operación era claramente al servicio de Estados Unidos para evitar la proyección de la industria nuclear china en la región. Se puede discutir si es mejor, si conviene o si no… pero acá no hubo una discusión, hubo una imposición de la política imperial de Trump.
Te puede interesar: El sector nuclear en peligro tras el acuerdo con el FMI
Te puede interesar: El sector nuclear en peligro tras el acuerdo con el FMI
Durante el gobierno de Alberto Fernández esta condición no cambió. Por un lado, el ajuste salarial producto del gobierno anterior no fue revertido, pero además hubo una “torpeza elegante”, con trabas burocráticas, firmas que no aparecían y ralentización de las relaciones con el gigante asiático para buscar el favor de Estados Unidos y así renegociar la deuda ilegal y fraudulenta que había contraído Mauricio Macri. Recordemos que en ese entonces el gobierno de Fernández sostenía que, como la misma Kristalina Georgieva que hoy viene a felicitar a Milei era “amiga” del papa Francisco, entonces se abriría una negociación por las condiciones del pago. En ese momento se configuraba una nueva dirección en CNEA que partía de la conducción de Adriana Serquis. En ese entonces no se pudo recuperar la pérdida de salario que se había estructurado en el macrismo, reconocido por las mismas autoridades, que sostenían que no se podía implementar una suba de la masa salarial de los trabajadores de CNEA por el mandato del Ejecutivo, que intentaba hacer sus migas con el FMI. Otro ejemplo de esa frustración fue que la PIAP, la planta de agua pesada más grande de América Latina, un insumo crucial para el funcionamiento de nuestras centrales nucleares de potencia, codirigida por CNEA y la provincia de Neuquén, no pudo salir de la parálisis en la que se encontraba desde el gobierno anterior. Sumado a la desazón que generó el pase de varios dirigentes sindicales de ATE a los puestos de comando de la gestión albertista, de esa manera también se fue construyendo la llegada de la ultraderecha al gobierno, borrando con el codo el contrato electoral que había escrito con la base electoral que quería enfrentar las políticas del macrismo.
Como escribió en su libro El sueño de la Argentina atómica, Diego Hurtado, vicepresidente de la CNEA durante la gestión de Adriana Serquis: “Los acreedores externos no son amigos de financiar la autonomía tecnológica de los deudores”, en relación al proceso anterior de presión del FMI sobre un gobierno que decía mucho sobre el sector nuclear, pero más bien fue el primer desarticulador del sector en el neoliberalismo, el gobierno de Alfonsín, documentando presiones formales e informales que se dieron sobre Argentina para desarticular dicho sector. La famosa frase de Marx, donde la historia se repite primero como una gran tragedia y luego como una miserable farsa, sería claramente aplicable a la relación entre los organismos de crédito, el sector nuclear y el gobierno de Alberto Fernández y sus funcionarios.
Te puede interesar: Atucha III y la cuestión de la soberanía
Te puede interesar: Atucha III y la cuestión de la soberanía
Ya en el gobierno de Milei, como un agente directo del organismo internacional, se procedió a un ataque en regla a cualquier intento de soberanía energética y tecnológica. Por un lado, el éxodo de centenares de científicos altamente formados de la CNEA, debido a las pésimas condiciones salariales y la imposibilidad de contar con financiamiento para desarrollar sus investigaciones, se dio en paralelo con la puesta en pie de una empresa de procedencia estadounidense que fue captando todo ese personal altamente calificado para un proyecto propio. Se paralizó la construcción del reactor CAREM, que estaba avanzado en su obra civil, un prototipo SMR (Reactor Modular Pequeño, por su sigla en inglés) único en el planeta, diseñado y fabricado en Argentina. El discurso era que ese reactor no servía; claro, lo que no decían era para quién “no servía”. Paso seguido, se privatizó la empresa IMPSA, que era la encargada de fabricar una parte clave del futuro reactor CAREM, empresa nacional con amplia experiencia en la provisión de materiales para el área nuclear. Llamativamente, después de algunos meses, la misma dio a conocer que fabricaría esas piezas clave para reactores que se fabriquen en Estados Unidos. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Hoy, la presentación pomposa de la empresa estadounidense Meitner Energy, encargada de construir un reactor nuclear (que solo existe en unos planos poco conocidos), se da en paralelo a la destrucción más avanzada del sector nuclear argentino.
Te puede interesar: Trabajadores del sector hablan sobre el peligro oculto del desguace nuclear en Argentina
Te puede interesar: Trabajadores del sector hablan sobre el peligro oculto del desguace nuclear en Argentina
En CNEA hay decenas de despedidos, todos muy importantes para el funcionamiento del organismo. La soberanía tecnológica no implica solo poder decidir cómo desarrollar nuestra tecnología para la energía nuclear, sino también la posibilidad de poder desarrollar un área de investigación como la que tiene que ver con la medicina nuclear, en la cual Argentina tiene un desarrollo de vanguardia como proveedor de reactores de investigación a nivel mundial, que son reactores nucleares que, a diferencia de los reactores de “potencia”, que sirven para abastecer de energía a la red eléctrica, como Atucha o Embalse, los de investigación sirven para la producción de radioisótopos que sirven para el diagnóstico y el tratamiento de diversas enfermedades, como el cáncer. Con la culminación del RA10, que se está terminando en el Centro Atómico de Ezeiza, se podría cubrir el 20 % del mercado mundial. Pero no solo eso, la CNEA, además de desarrollar investigaciones relacionadas con la medicina nuclear, también esteriliza alimentos para la exportación o investiga si, por medio de diversas técnicas, se puede combatir la propagación del mosquito vector del dengue. En su desarrollo no nuclear colabora con la construcción de satélites, como el de la famosa misión ARTEMIS II, y mucha investigación de ciencia básica que merecería una nota aparte para poder incluir todos sus aportes. Todo eso se está vaciando, un trabajo de miles de científicos, técnicos y personal de apoyo que durante décadas hizo con orgullo el sector nuclear se pone en riesgo y será muy difícil reconstruir. El interés del imperialismo de que un país como Argentina no desarrolle estas tecnologías no tiene que ver solo con la destrucción de un posible competidor, sino, lisa y llanamente, con llevarse lo desarrollado para su propio beneficio y evitar que un país dependiente pueda osar pensarse en otra cosa que no sea la de proveedor de materias primas y productos semielaborados para su beneficio; que no se salga nadie del libreto en su patio trasero.
La ciencia y la tecnología de conjunto, como un desarrollo relativamente independiente, son un obstáculo para que el imperialismo pueda cumplir con su obra de someter al país en una nueva colonización. La contradicción manifiesta es que Argentina es un país al que el cambio de los signos políticos que gobiernan solo cambia el “grado” de dominio del imperialismo y su plan; lo que no está en cuestión nunca es el dominio mismo. Pero el mundo está cambiando, y el dominio del desgastado imperialismo del norte está siendo cuestionado por diferentes flancos.
No es solo una cuestión de imaginación, lo que podría hacer un gobierno de los trabajadores si dispusiera del conocimiento como el desarrollado por el sector científico-tecnológico en Argentina y sus organismos: reactores nucleares, aceleradores de partículas, centrales nucleares, etc. Podría garantizar energía de manera planificada democráticamente con los usuarios, un sistema de salud de avanzada para el combate a las enfermedades que aquejan a gran parte del pueblo trabajador, la ayuda internacional para compartir el conocimiento alcanzado con el resto de los trabajadores del mundo. La tarea del momento no solo queda en denunciar esa sumisión que ya se encuentra a los ojos de todos, sino en construir una fuerza social que, desde los sectores científicos que luchan hoy contra el vaciamiento, los despidos, las privatizaciones y la entrega del sector nuclear, científico y tecnológico, de manera autoorganizada se saque de encima los (malos) consejos de una burocracia sindical que solo apuesta a acomodarse (otra vez) para gestionar las condiciones de dominio, en unidad con la población que mira con admiración el trabajo realizado durante decenas de años y, reanimada por una bandera y un grito mundialista, ahora que la soberanía vuelve a estar en boga, se anime a defender como propio nuestro conocimiento y a pensar los pasos hacia adelante.

