Estamos entrando de lleno en un nuevo proceso electoral y, cuando eso ocurre, los discursos políticos inevitablemente empiezan a cambiar. Por eso me parece interesante detenerme en la evolución del relato del presidente Javier Milei. En los últimos días volvió a instalar uno de los temas que marcaron su irrupción en la política: el Banco Central y el supuesto saqueo de los recursos públicos. Sin embargo, detrás de esa continuidad también aparecen cambios conceptuales que vale la pena analizar porque pueden anticipar cómo buscará construir su camino hacia la reelección.
Creo que existe una curiosa simetría entre el oficialismo y el resto del sistema político. Mientras el Gobierno empieza a advertir cierto desgaste lógico de sus consignas y busca renovar su narrativa, la oposición permanece prácticamente inmóvil. No ofrece una alternativa superadora; simplemente reacciona y critica. Esa falta de iniciativa termina dejando al Gobierno con la posibilidad de seguir marcando la agenda, aun cuando necesite reinventar parte de su discurso.
Hay una razón muy simple para esa reinvención. Ninguna estrategia funciona eternamente. Siempre recuerdo aquella enseñanza de Osvaldo Zubeldía, que revolucionó el fútbol con innovaciones tácticas que después todos copiaron. Cuando todos hacen lo mismo, hay que volver a sorprender. Lo mismo ocurre en política: la sociedad se acostumbra a determinados mensajes y los dirigentes están obligados a encontrar nuevas formas de comunicar si quieren conservar su capacidad de convocatoria.
Por eso observo que el Gobierno mantiene algunos ejes tradicionales, como la crítica al Banco Central, pero al mismo tiempo modifica el foco de sus cuestionamientos. Milei volvió a acusar a Cristina Fernández de Kirchner de haber utilizado la entidad monetaria para apropiarse de recursos públicos. Sin embargo, también aparece una contradicción evidente: nunca el Banco Central estuvo tan coordinado con el Poder Ejecutivo como ocurre actualmente. Los funcionarios responden que ahora esa intervención sirve para hacer el bien, para combatir la inflación y evitar el financiamiento del déficit. El problema es que todos los gobiernos justifican sus decisiones apelando a una definición propia de lo que consideran el bien común.
También me parece importante separar la discusión técnica de la discusión política. Es legítimo debatir una nueva Carta Orgánica para el Banco Central y fortalecer su independencia. Pero también corresponde preguntarse cómo respondería una institución completamente aislada frente a una emergencia extraordinaria, como una nueva pandemia o una crisis internacional severa. Diseñar instituciones implica pensar también en escenarios improbables, no solamente en las condiciones normales.
Ahora bien, el cambio más interesante no pasa por el Banco Central sino por el lenguaje político. Tengo la impresión de que el concepto de «casta» empezó a agotarse. ¿Por qué? Porque el propio oficialismo terminó incorporando a buena parte de esa dirigencia tradicional que antes cuestionaba. Patricia Bullrich, Diego Santilli, Luis Caputo, dirigentes históricos del menemismo y el propio Presidente ya forman parte de la élite gobernante. Resulta cada vez más difícil sostener que la casta sigue estando exclusivamente del otro lado.
Por eso observo que comienza a instalarse una nueva categoría: la «alta política». Es un reemplazo conceptual muy significativo. Históricamente, la alta política hacía referencia a las grandes decisiones estratégicas de los Estados, a cuestiones vinculadas con la geopolítica o el orden internacional. Hoy el Gobierno utiliza ese término para identificar a un nuevo adversario político, sustituyendo gradualmente el concepto que le permitió construir identidad durante la campaña de 2023.
También creo que el Presidente debe ser cuidadoso cuando formula determinadas acusaciones. Si sostiene que existió un robo de miles de millones de dólares mediante decisiones adoptadas desde el Banco Central, como funcionario público tiene la obligación de promover las denuncias correspondientes. Si esas afirmaciones quedan solamente en el plano del discurso político, inevitablemente adquieren un fuerte contenido electoral.
Finalmente, tengo la impresión de que este proceso recién comienza. El Gobierno probablemente incorpore nuevos componentes a su identidad política en los próximos meses. Algunas señales ya aparecen en temas vinculados con la inmigración, el nacionalismo o la política exterior. Todo indica que el oficialismo entiende que necesita ampliar y renovar su relato para llegar competitivo a 2027. La «casta» ya no alcanza; ahora empieza la etapa de la «alta política». Y ese cambio, más allá de las coincidencias o diferencias que pueda generar, merece ser observado con atención.
Lectura rápida
¿Cuál es el tema principal del artículo? La evolución del relato del presidente Javier Milei en el contexto de un nuevo proceso electoral.
¿Qué crítica realiza Milei sobre el Banco Central? Acusa a Cristina Fernández de Kirchner de haber utilizado la entidad para apropiarse de recursos públicos.
¿Qué cambio se observa en el discurso político actual? Se comienza a reemplazar el concepto de «casta» por «alta política» para identificar nuevos adversarios políticos.
¿Qué importancia tiene la reinvención del discurso político? Es necesario para conservar la capacidad de convocatoria ante una sociedad que se acostumbra a determinados mensajes.
¿Qué debe hacer el Presidente con sus acusaciones? Debe promover denuncias correspondientes si sostiene que hubo un robo de recursos desde el Banco Central.

