Del patio donde aparecen vacas a Buenos Aires: el viaje de una escuela rural de Beltrán, que llegó al podio nacional

Durante el viaje, los chicos recorrieron lugares emblemáticos de Buenos Aires, como el Teatro Colón, Plaza de Mayo y el estadio Monumental.

Hay mañanas en las que, antes de que suene el timbre, el campo ya dio el presente en la escuela. Alguna vaca que cruzó un alambrado, gallinas que pasaron desde la chacra vecina o el paisaje de corrales que se cuela por las ventanas recuerdan que la Escuela Primaria N° 178 “Horacio Moyano”, de Luis Beltrán, nació en plena zona rural. Allí, la producción agropecuaria no es apenas un contenido de Ciencias Sociales o Naturales: es parte de la vida de los chicos, de sus familias y del camino que recorren cada mañana para llegar a clases.

Nadie imaginaba que esa misma cotidianeidad terminaría viajando más de mil kilómetros hasta la Ciudad de Buenos Aires. Lo que comenzó como un proyecto para comprender el recorrido de la carne vacuna, desde el campo hasta la mesa, terminó convertido en el mejor trabajo escolar del país. Con “Del campo al plato: el viaje de la carne vacuna”, los estudiantes de sexto y séptimo grado fueron invitados a la Exposición Rural de Palermo para participar de la ceremonia de premiación del concurso Fans de la Carne Vacuna 2026, organizado por el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA).

En el escenario de la Rural llegó la sorpresa. El viaje había comenzado con la alegría de haber obtenido el primer puesto en Río Negro, pero allí supieron que el trabajo también había sido elegido como el mejor de la Argentina entre 170 proyectos presentados por escuelas de 21 provincias. “Nosotros pensábamos que con ganar la instancia provincial ya estábamos más que satisfechos. Cuando nos dijeron que también habíamos ganado la nacional fue una emoción enorme”, recuerda la directora Ana Montiberi.

Del otro lado del teléfono, ahora, Ana cuenta que la historia había empezado mucho antes y de una manera mucho más sencilla. En marzo, cuando el ciclo lectivo apenas encontraba su ritmo, una de las docentes de la escuela llegó con una propuesta debajo del brazo. María ya conocía el concurso. Había participado en otra edición y sabía que detrás de ese nombre había una oportunidad distinta: enseñar ciencias, producción, alimentación e identidad local saliendo del aula.

En la Exposición Rural de Palermo, la delegación recibió una sorpresa inesperada: además del reconocimiento provincial, habían ganado el concurso nacional.

Les contó las bases a las alumnas y alumnos de sexto y séptimo grado. No hubo grandes discursos ni promesas de premios. Solo una invitación. “¿Se animan?”, dijo y alumnos y docentes dijeron que sí.
A partir de ese momento, la escuela empezó a trabajar en un proyecto que buscaba explicar el recorrido de la carne vacuna desde el campo hasta la mesa. Pero antes de hablar de frigoríficos, feedlots o sistemas de producción, había algo mucho más importante: contar una historia que ellos conocían desde siempre.

Porque en la Escuela 178 el campo es el paisaje cotidiano. Algunos chicos viven en las chacras; otros llegan desde los barrios Tosco y Malvinas. Para muchos, el trabajo de sus familias transcurre entre corrales, animales o establecimientos productivos.

“Tengo estudiantes cuyo papá trabaja en el matadero municipal. Otros tienen a sus familias en las chacras. Ellos ya conocen muchas de estas cosas porque forman parte de su vida”, explica la directora.
Durante dos meses, las clases dejaron de terminar cuando sonaba el timbre. Los estudiantes visitaron el matadero municipal de Luis Beltrán, uno de los más importantes de Río Negro. Después recorrieron dos establecimientos rurales. En uno observaron el sistema de engorde a campo abierto; en otro conocieron el funcionamiento de un feedlot. Cada salida agregaba una pieza nueva al rompecabezas.

“La idea era recorrer todo el circuito. Desde el campo hasta el plato. Ellos podían ver en la práctica lo que después trabajaban en el aula”, resume la directora.

La experiencia combinó aprendizaje, convivencia y el orgullo de representar a Luis Beltrán y a Río Negro en un escenario nacional.

Al mismo tiempo, el proyecto también hablaba de la transformación silenciosa que atraviesa esa región del Valle Medio. Durante décadas, la producción frutihortícola fue la gran identidad económica del lugar. Pero el clima empezó a cambiar el mapa.

“Acá las heladas son muy fuertes. Siempre tenemos unos tres grados menos que en el centro del pueblo. Si allá hacen cinco bajo cero, acá fácilmente hacen ocho. También tenemos granizo muy seguido y eso fue afectando la producción frutícola y poco a poco la ganadería empezó a ganar protagonismo”, explica Ana.

La última tarea consistía en condensar todo el trabajo en un video de apenas tres minutos. Parecía sencillo hasta que apareció la realidad. No sobraban cámaras, ni micrófonos, ni computadoras para editar.
Los micrófonos se pidieron prestados. La edición llegó gracias a un papá de la escuela que ofreció su ayuda. Entre todos fueron armando una producción que logró resumir semanas de trabajo de campo, clases y aprendizaje compartido. “No teníamos muchos recursos tecnológicos ni experiencia en edición audiovisual. Pero el video quedó hermoso”, recuerda la directora.



Cuando llegó el momento de viajar a Buenos Aires, la emoción empezó mucho antes de subir al colectivo. Fueron quince horas de ruta desde Luis Beltrán hasta la Capital Federal. Viajaban 21 estudiantes de sexto y séptimo grado, dos docentes responsables del proyecto, el equipo directivo, un profesor de Educación Física y una mamá que aceptó acompañarlos. Cada adulto tenía asignado un grupo de chicos. Había que cuidar que nadie se perdiera, pero también había otra misión: lograr que cada uno aprovechara una experiencia que la mayoría nunca había vivido.

La emoción se multiplicó cuando la Escuela 178 fue distinguida como la mejor del país entre 170 trabajos presentados por escuelas de 21 provincias.

La premiación se realizó el 22 de julio, en el Pabellón Azul de la Expo Rural de Palermo. Sobre el escenario recibieron la estatuilla del concurso, una pequeña vaca multicolor que representa las distintas razas bovinas argentinas. También hubo mochilas, útiles escolares, remeras, gorras y una computadora para las docentes. Pero, en realidad, el premio más importante había empezado mucho antes de que pronunciaran el nombre de la escuela.

“El viaje incluía todo: el transporte, el alojamiento y las visitas por Buenos Aires. Para muchos chicos era la primera vez que salían tan lejos de sus casas. Fue una experiencia única e inolvidable”, resume Ana.


Una experiencia y muchos aprendizajes


Durante el viaje, apareció otra Argentina. Lejos de los caminos de ripio, y las alamedas altas, los chicos descubrieron de golpe el Obelisco, los semáforos interminables, las avenidas por donde pasan cientos de personas al mismo tiempo. Todo era nuevo, todo merecía una foto y un recuerdo. El grupo caminó por Plaza de Mayo, recorrió Puerto Madero, visitó Galerías Pacífico y conoció el estadio Monumental. “Estaban fascinados con todo. Nosotros los mirábamos disfrutar y también nos emocionábamos”, cuenta la directora.

Ana reconoce que cuando leyeron que asistirían a una función llamada Cuentos Líricos, en el Teatro Colón, imaginaron una ópera difícil para chicos de once y doce años. La preocupación duró apenas unos minutos. “Pensábamos que tal vez a los chicos les iba a costar seguir la obra. Pero fue un espectáculo infantil con danza clásica y música increíble. No podían dejar de mirar. Estaban completamente atrapados”, recuerda.

En la Catedral Metropolitana escucharon la historia de San Martín. En Plaza de Mayo los guías les mostraron cómo había cambiado la ciudad a lo largo del tiempo. Cada paseo se transformó en una clase imposible de reproducir entre cuatro paredes. “No fue solamente un viaje recreativo. Fue profundamente educativo. En cada lugar había un guía que les explicaba la historia, el contexto, por qué ese sitio era importante. Ni las seños ni yo imaginábamos una experiencia tan completa”, dice.

Pero quizá el momento más importante del viaje no ocurrió durante ninguna excursión. “Fue muy lindo ver cómo ponían en práctica los valores que trabajamos todos los días en la escuela. Compartían, estaban atentos a sus compañeros, se acompañaban. Ahí uno siente que la escuela también hizo bien ese trabajo”, afirma.


Volver a casa como campeones


Cuando regresaron a Luis Beltrán, el colectivo traía mucho más que una estatuilla. “Volvimos explotados de orgullo. Haber representado a nuestro pueblo y mostrar el circuito productivo de nuestra zona fue una alegría enorme”, resume la directora.

La estatuilla del concurso quedó en la escuela, como símbolo de un proyecto nacido entre chacras que llegó hasta el primer puesto del país.

En la Escuela 178 la vaca multicolor que descansa en la escuela no solo recuerda un primer premio nacional. Sino la certeza de que los grandes reconocimientos no siempre nacen en las ciudades más grandes ni en las escuelas con más recursos. A veces empiezan en un aula rodeada de chacras, con docentes que se animan a decir “participemos”, con micrófonos prestados y con una comunidad que entiende que educar también es enseñar a mirar con orgullo el lugar del que uno viene.

Redacción

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