Las acciones de unos pocos parecen haber generado, una vez más, una generalización absurda, dañina y totalmente injusta sobre la mayoría.

La pregunta clave para mí es quién gana o a quién le conviene tanto odio y división. Y creo que cualquiera al que no le falten un par de jugadores sabrá la respuesta.
Aunque soy extranjero, un privilegiado (bueno, bastante cheto) y alguien que obviamente no puede comprender del todo todos los matices implicados, espero que me permitan expresar algunas reflexiones personales.

Hasta hace nueve años solo existían dos Argentinas en mi mundo pequeño y protegido: la de los titulares de los diarios de mi infancia, por ejemplo en 1982 cuando The Sun celebró la muerte de cientos de tripulantes del Belgrano con la simple palabra GOTCHA!, o ”¡te agarré/te hundí!”. (Otra de las espantosas cosas que pertenecen a la larga lista de razones por las que me avergüenzo de mi país de origen). Y la Argentina que mi querido abuelo elogió a los cuatro vientos como importador de carne en el Londres de los años 60 y 70 (tras sobrevivir a base de carne británica en cocinas británicas la mayor parte de mi vida, ahora, tras docenas de auténticos asados, comprendo perfectamente su alegría).
Y entonces, hace nueve años, conocí al gran amor de mi vida (nacida en Remedios de Escalada, Lanús, una ciudad de la provincia de Buenos Aires) y lo que surgió de ese feliz encuentro entre un chico británico y una chica argentina no fue solo un matrimonio hermoso, sino también (gracias a su generosidad de espíritu), una especie de descubrimiento de conocimiento que, con muchísima suerte, ocurre quizás una vez en la vida. “Conocimiento” es una palabra floja aquí. Disculpenme. Quizás “la perspicacia” sea mejor. Pero, repito, eso solo insinúa la magnitud de todo.

Cerati, Spinetta y Charly
Imagina tener 40 y tantos y descubrir a Cerati por primera vez. A Spinetta. A Charly. Imaginate escuchar «De Musica Ligera», «Sin Documentos», «Eiti-Leda», «Flaca» o «Crimen por primera vez». De pie en ese trampolín con un océano debajo tuyo. Solo eso es suficiente para décadas de inspiración, aprendizaje, duende y celebración. Una desintegración gradual de toda la mierda que se había infiltrado en mi alma tras toda una vida en Londres.

Pero aún con todo esto, me quedo corto. Porque también descubrí uno de los grandes secretos de la vida. Uno que nunca te enseñan en la escuela precisamente porque hay que aprenderlo, si tenéis muchísima suerte, casi por accidente. Algo que uno de los grandes filósofos alemanes de la época compartió con nosotros: «Para la felicidad, ¡qué poco basta!… la cosa más mínima, precisamente la cosa más suave, la cosa más leve, el susurro de una lagartija, un aliento, un trago, una mirada: poco conforma la mayor felicidad» (perdón por mi traducción amateur).
«Poco» es, por supuesto, un término relativo. Pero en un mundo donde siempre se exige más, es muy fácil olvidar la magia del menos. Una de las razones por las que Argentina me inspira y me asombra tanto es la cantidad de alegría que se puede encontrar allí, sin apenas esforzarse. Quizás esto sea algo evidente sólo para un extraño, pero desde mis primeros momentos en su hermoso país, a mí me resultó indiscutible.
He vivido pequeñas cosas en Argentina que han cambiado mi vida para mejor. Algunas profundamente. Un amanecer en la Patagonia, el sonido y la sensación del crujido de mi bota sobre el hielo del Perito Moreno, el asombroso nivel de creatividad e innovación a la hora de decir palabrotas durante un partido de fútbol (no tenía idea de que existían tantas variedades de conchas), el chico del “alto guiso”, serio y honesto y gracioso e indignado a la vez.
La vista desde la planta alta de la librería El Ateneo, cualquier párrafo de Leila Guerriero, Mirtha recordándonos que “no soy rencorosa, pero sí memoriosa», Bombita Darín en su misión de civilizar, mi primer choripán, la normalización de tener un psicólogo, el techo del teatro Colón, la acústica del teatro Colón, toda la primera temporada de Barrabrava, el orgullo infinito e inagotable de mi suegro por River Plate, mi segundo choripán, una hora en una milonga con alguien a quien amo, una pizza de verdad, un mate junto a la pileta en un día de verano… Podría llenar cien páginas así.

Por supuesto, junto a las pequeñas cosas también existen las grandes. Las personas, los lugares y las cosas que me dejan, nos dejan, boquiabierto. Borges, Ginastera, Piazzolla, Messi, Charly, Argerich, Barenboim, Fangio, Maradonna, Cortázar, Gardel, Pizarnik, Lalo Schifrin, el dulce de leche, el Malbec, los gauchos, los Y Wladfa, (o galeses patagónicos, una de las comunidades galesas más grandes del mundo), las Cataratas del Iguazú (el sistema de cataratas más grande del mundo), el glaciar Perito Moreno (que tiene más de 15.000 años).
El hecho de que Argentina fuera el primer país latinoamericano en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, y que, además del castellano, Argentina tiene alrededor de 20 idiomas reconocidos, incluidos el guaraní y el quechua. Los choripanes. Y así podríamos seguir, hasta el infinito.
Es revelador, extraordinario, inspirador, que a pesar de tener (al menos desde mi perspectiva externa) un autentico lunático al mando del país, ustedes, como pueblo, hayan mantenido tanto su dignidad como su integridad. Algo que no se puede decir de la mayoría de los demás países en 2026.

Amo a Argentina. La amo a pesar de la grieta, a pesar de la pobreza, la violencia, las guerras sucias y los desaparecidos, la preocupación, el caos y la ansiedad, la incertidumbre, la misoginia profundamente arraigada (no se atrevan a negar esto, lo he visto de primera mano afectando a quienes amo), a pesar de la muerte de Nisman, el $Libra, los millones de dólares escondidos en monasterios, la absurda motosierra, Hotesur etcétera, etcétera, recontraremiletcétera.
La amo porque es incansable en su búsqueda de la supervivencia. La amo por su curiosa y maravillosa mezcla de inmigrantes e idiomas que la han convertido en el hermoso crisol de culturas que es. La amo por su firme negativa a rendirse. La amo porque, a pesar de todo lo que el mundo le ha lanzado (incluyo a esa atroz Margaret Thatcher), se mantiene erguida y hermosa, de alguna manera enriquecida por su dolor. Otros países se verían reducidos. Argentina se ve enriquecida, optimista, bondadosa.

La palabra más importante
“Bondadosa” es la palabra más importante. Lo significa todo. Fue lo primero que noté de Micaela cuando la conocí. Entre todas sus maravillas, es lo mejor que tiene. Además de su inteligencia, su belleza, su valentía y su creatividad, ella es bondadosa, pura y buena, igual que su país de origen. Y cuando un país es bondadoso, es un faro para todos nosotros. Y el pueblo argentino brilla con su bondad.
Aquí les dejo algunas fotos que tomé el año pasado durante un viaje a Argentina. Incluyo algunas de la Patagonia, algunas con mi querido amigo e inspiración Charly, algunas con mi alma gemela Micaela, algunas de las calles calurosas y polvorientas de Buenos Aires. Espero que sean tan generosos con mis habilidades fotográficas como lo son con mi castellano. Ambas son obras en desarrollo.

El audio de esta página es una grabación que hice recientemente de una pieza de Ginastera, la «Danza de la moza donosa». Es pura Argentina destilada en tres minutos. Es decir, todo un hermoso, mágico universo oculto en tres breves páginas de música de piano; un mundo que es mucho más grande que la suma de sus partes.
Gracias por recibirme.

