Esa gente no te da de comer; son 11 tipos corriendo detrás de una pelota; ellos cobran millones y vos sufrís. Estas frases suelen venir, por lo general, de quienes no entienden ni sienten el fútbol. Hoy no queremos entrar en esa discusión, sino comprender qué le sucede a nuestro cuerpo y a nuestro cerebro durante un partido.
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1 de agosto de 2026 10:30
Alegrías, tristeza, entusiasmo, desilusiones, expectativas. Todo esto puede hacernos sentir un equipo de fútbol, pero no solo durante el juego, sino más allá de él, tanto en lo previo, con los preparativos y el pensar en cómo jugará; como en lo posterior, con el estado de ánimo que nos deja el resultado.
En el análisis de los sentimientos, no importan los logros deportivos para determinar ese amor que despiertan los colores; esa es una discusión paralela. La psicóloga española, especialista en terapia de las emociones, Isabel Rojas Estapé, explica con mucha claridad.
Se sufre tanto al ver un partido de fútbol debido a una combinación de factores de identidad, neurológicos y físicos que ocurren en nuestro cerebro y cuerpo:
Identificación e identidad: nuestro cerebro no solo presta atención a lo que hacemos, sino que incorpora al equipo de fútbol dentro de nuestra propia identidad. Debido a esto, una victoria se experimenta como un éxito propio y una derrota se siente como un fracaso personal.
Circuitos de atención y recompensa: la incertidumbre constante del juego (como los pases o la posibilidad de meter un gol) mantiene activos los circuitos de la atención y de la recompensa. Con cada jugada de peligro, el cerebro anticipa un posible premio o victoria.
Aumento de cortisol y respuesta física: cuando una jugada sale mal, surge la frustración y el estrés, lo que eleva los niveles de cortisol. Este incremento de cortisol provoca que todo el cuerpo responda físicamente: el corazón se acelera, se genera tensión corporal e incluso se puede sentir un nudo en el estómago.
Por estas razones, el sufrimiento es real y físico, lo que demuestra es que el fútbol no solo se juega en el campo, sino también en nuestro cerebro.
LO QUE NOS SUCEDE DURANTE EL PARTIDO
Durante las jugadas, los circuitos de atención y recompensa funcionan de la siguiente manera:
Activación por incertidumbre: La incertidumbre constante en los pases y en si se meterá o no un gol es lo que mantiene activos, en primer lugar, los circuitos de la atención y, posteriormente, los de la recompensa.
Anticipación de la recompensa: Con cada posible ocasión de gol, el cerebro actúa anticipando un posible premio, es decir, anticipa la victoria o el gol.
Reacción ante jugadas fallidas: Si una jugada no sale bien o termina mal, se interrumpe esta anticipación y aparecen la frustración y el estrés, lo que eleva los niveles de cortisol en el organismo.
¿ES EXAGERADO DECIR QUE EL SER HUMANO SUFRE CON UN PARTIDO?
En el desarrollo del juego, nuestro cuerpo empieza a responder, nuestro corazón se acelera, empezamos a tener tensión, incluso un nudo en el estómago. Por eso no es exagerado decir que uno sufre o que lo pasa mal cuando está viendo un partido, ni muchísimo menos, porque el fútbol no solo se juega en el campo, sino también en nuestro cerebro.
NUNCA SERÁ SOLO FÚTBOL
Uno no puede hablar de lo que no entiende y esto se aplica a todos los ámbitos. Quienes sienten a un club como parte de su vida son los únicos que pueden entender todo lo que genera. A esos sentimientos ahora podemos agregar esta información relevante sobre las reacciones naturales de nuestro cuerpo y nuestro cerebro, que sustentan científicamente lo que nos pasa.
Así como muchos no entendemos de rugby, golf u otros deportes y, por ende, no despiertan nuestro entusiasmo, lo mismo les sucede a quienes no entienden de fútbol. La clave está en respetar lo que a cada uno le gusta.
Táper, Champion, Kolynos: ¿por qué llamamos a las cosas por el nombre de la marca?
Llamar “táper” a cualquier recipiente de plástico utilizado para guardar alimentos o “Kolynos” a todos los tipos de pasta dental, independientemente de su fabricante. La costumbre de reemplazar el nombre de un producto por el de la misma marca es una singular costumbre extendida no solo en Paraguay sino a nivel global.
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26 de julio de 2026 12:00
Por Robert Bourgoing (@robertb_py)
En Paraguay, no existen “calzados deportivos”, hay “championes”. En Paraguay, no se compran “bebidas gaseosas”, se pide “Coca”, aunque después uno acabe eligiendo una marca o sabor distintos a los del icónico refresco gasificado de color negruzco.
Estos son solo dos ejemplos tomados de la cotidianidad de algo que nos ocurre a menudo, pero que probablemente no sabíamos cómo definir. Aquella costumbre de nombrar a las artículos, objetos o productos por términos que, en realidad, representan a una marca y, por ende, a una empresa detrás de su creación.
A esto se le conoce como “genericidio”, aquel fenómeno en el cual un nombre comercial registrado se vuelve tan popular y de uso común para describir toda una categoría de productos o servicios que acaba perdiendo su protección de marca registrada.
Cuando esto sucede, la marca pasa a formar parte del dominio público, permitiendo con ello que cualquier competidor o el público en general utilice el nombre de manera genérica sin infringir la ley.
Uno de los casos más emblemáticos y representativos es el de la popular “Aspirina” (Aspirin), perteneciente originalmente a la farmacéutica alemana Bayer. Este término alcanzó tal nivel de popularidad entre los consumidores que, con el tiempo, dejó de tener los derechos de marca registrada en varios países como EE.UU. tras la Primera Guerra Mundial.
Otro ejemplo digno de mención es el de los reconocidos “tápers”. Este nombre adaptado al español, a su vez, proviene del término inglés “tupper”, que debe su origen a la marca Tupperware, cuyo mayor pecado fue justamente el volverse demasiado conocido. Debido al éxito que obtuvo entre las décadas de 1960 y 1970, el nombre comenzó a usarse de forma generalizada para describir cualquier recipiente plástico con tapa usado para guardar comida, sin importar si era de esa misma marca o de la competencia.
Algo similar sucedió con “Thermos”, una marca de origen alemán que se hizo conocida mundialmente por ser la pionera en la comercialización de recipientes isotérmicos. La marca popularizó tanto el producto que el público comenzó a llamar “thermos” (o termo) a cualquier botella que mantuviera la temperatura de un líquido, independientemente del fabricante, desencadenando —litigio judicial de por medio— en la pérdida de exclusividad en Estados Unidos.
Si nos centramos exclusivamente en nuestro país, ejemplos similares hay de sobra. Tal es así que podemos mencionar la llamativa denominación que le damos a cualquier tipo de calzado deportivo, sin importar su procedencia o fabricante. El popularizado término “champion” surgió hace ya más de 100 años, luego de que en Paraguay se importaran los “Keds Champion” por primera vez, quedando instalada esa denominación en la mente de los consumidores.
Una situación muy parecida se presenta con las pastas dentales, denominadas de manera genérica por cualquier ciudadano promedio como “Kolynos”, pese a que en más de una ocasión, probablemente la compra sea de otras marcas de la competencia, como Colgate o similares. Su masiva aceptación en el mercado paraguayo le dio tal nivel de receptividad que difícilmente uno pueda llamarle de otra manera.
Del caso de la Coca-Cola ni hablemos. A quién no le ha ocurrido -sobre todo en la época de infancia- que, al querer comprar una bebida gaseosa sabor “cola”, haya consultado a la encargada del negocio “¿No tenés Coca?” y, sin embargo, el producto final adquirido haya sido de otras marcas rivales como Nico, por citar solo una de las varias existentes hoy día.
¿Sabían que el balanceado para mascotas en realidad no se llama “purina”? Para muchos, esta información podría significar una novedad. El término en sí procede de la marca de alimentos para perros y gatos fabricada por la reconocida multinacional Nestlé, a pesar de que a la hora de adquirir este tipo de productos, habitualmente usamos esa denominación de manera genérica.
El genericidio es una muestra fiel de cómo puede llegar a impactar una determinada marca con sus respectivos productos en la mente de la población, más aún cuando se da la combinación de artículos de consumo masivo, aceptación positiva y consumo frecuente. Por ello, acabamos adaptándonos a esta clase de situaciones que, si bien son sumamente llamativas, se convierten en parte de la identidad comercial y hasta cultural.
“Voy y lo consigo o me muero en el intento”: de San Pedro a combatir en la guerra de Ucrania
Marcos Barrios, de 34 años, pasó de vender pollos en San Pedro a integrar la Guardia Nacional de Ucrania. Durante un año combatió en el frente de batalla, asegura haber sido condecorado en seis oportunidades y hoy sueña con poner su experiencia al servicio de Paraguay como bombero voluntario.
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26 de julio de 2026 08:30
Por Juan Riveros (@JuancitoRiveros)
Cuando Marcos Barrios decidió viajar a Ucrania, pocos creyeron que hablaba en serio. Él mismo recuerda que muchas personas pensaban que todo era una broma. Sin embargo, meses después regresó al Paraguay con una historia difícil de explicar: combatió durante un año en la guerra entre Rusia y Ucrania, recibió seis condecoraciones por su desempeño y regresó con un nuevo propósito de vida.
A sus 34 años, el oriundo de Lima, departamento de San Pedro, asegura que cumplió un sueño que había nacido en su infancia. “En mi niñez siempre quise ser militar. Soy hijo de una madre costurera, con orgullo, madre soltera”, relató en entrevista con LT. Antes de vestir un uniforme trabajaba como vendedor de pollos, hasta que una convocatoria encontrada en TikTok cambió por completo el rumbo de su vida.
Tras superar las pruebas físicas y psicológicas, recibió la documentación necesaria para viajar. Según su relato, en apenas tres días obtuvo la carta de invitación que le permitió ingresar al país europeo. “En tres días me llega la carta de invitación firmada por el presidente, porque sin la carta de invitación no podés entrar al país”, afirmó. Su decisión ya estaba tomada: “Voy y lo consigo o me muero en el intento”.
Ya en Ucrania recibió entrenamiento militar y equipamiento completo, desde uniformes hasta armamento. También descubrió que no era el único sudamericano en el frente de batalla. Según explicó, entre los voluntarios extranjeros predominaban los colombianos, quienes incluso cumplían un papel importante en la coordinación de varias operaciones.
El “bautismo de fuego” llegó rápidamente. Barrios recuerda que una de las primeras misiones estuvo marcada por una emboscada con drones antes de alcanzar el objetivo. “Un colombiano perdió la pierna”, recordó. En medio del ataque, él y otro paraguayo buscaron refugio detrás de una antigua vivienda mientras respondían al fuego enemigo. “Yo dejaba de disparar y me iba a pasar lo mismo que a ellos”, expresó.
Entre las experiencias que más lo marcaron, menciona una operación para recuperar un hospital ocupado por fuerzas rusas. Permanecieron seis días y seis noches en combate hasta lograr el objetivo. “Lo más difícil fue cuando entré por primera vez al frente. Estuvimos seis días y seis noches para recuperar un hospital y lo recuperamos”, relató.
Durante ese tiempo también recibió formación en atención médica de emergencia, conocimientos que hoy considera uno de los mayores aprendizajes que le dejó la guerra. Su deseo ahora es convertirse en bombero voluntario en Paraguay. Considera que los bomberos son quienes llegan primero cuando ocurre una tragedia y cita como ejemplo el incendio del Ycuá Bolaños para explicar por qué quiere seguir sirviendo a la comunidad.
Barrios sostiene además que fue condecorado en seis ocasiones durante su servicio en Ucrania. Incluso afirma que la última distinción le fue remitida por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, un reconocimiento que considera el mayor honor obtenido durante su paso por la Guardia Nacional.
Mientras él cumplía su misión, su familia vivía una batalla distinta. Su esposa, Gloria Cabral, reconoció que ni ella ni la madre de Marcos pudieron convencerlo de desistir de la idea. “Ni yo como esposa ni su mamá pudimos impedir que fuera a combatir. Es una decisión completamente individual”, expresó. Hoy, de regreso en Paraguay, Barrios asegura que no se arrepiente de la decisión que tomó y que espera que la experiencia adquirida en la guerra pueda servirle para salvar vidas, esta vez lejos del frente de batalla.
El suelo común del dolor
Las miles de lápidas no pueden seguir siendo la excusa para lanzar la próxima bomba, sino el argumento definitivo para parar la guerra, tal como lo entendieron los hijos de Abraham. Para el observador laico, los textos sagrados de las principales religiones monoteístas no son títulos de propiedad de la tierra, sino colecciones de relatos en los que los protagonistas del ayer dejaron grabadas tanto nuestras peores pasiones como las más altas capacidades de supervivencia.
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25 de julio de 2026 10:25
Por Gonzalo Cáceres – periodista
Desde esa perspectiva estrictamente independiente e histórica, pocas narraciones son tan urgentes para el mundo actual como el encuentro en la Cueva de Macpela, en el corazón de la hoy fracturada ciudad de Hebrón.
Allí, un muro fortificado divide el espacio entre una sinagoga y una mezquita; de un lado se reza en hebreo y del otro en árabe, bajo la atenta mirada de soldados armados hasta los dientes. No es sino la trágica ironía de que el lugar donde la arqueología y la tradición sitúan la raíz de dos religiones hermanas, sea hoy el punto palpable de su discordia.
El libro del Génesis (interpretado como literatura histórica y no como revelación divina) guarda una lección que vale su peso en oro. Cuenta el relato que, tras la muerte del patriarca Abraham, sus hijos Isaac e Ismael, se reunieron para el funeral.
Este silencioso encuentro no debe interpretarse como un milagro divino, sino como una muestra de madurez civilizatoria que las dos confesiones necesitan recordar, con urgencia, para avanzar hacia un futuro sin violencia.
Para entender el valor ético, hay que hablar del trasfondo, porque Isaac e Ismael no se habían reencontrado en buenos términos. La infancia de ambos estuvo marcada por los celos de sus madres y un doloroso episodio. Ismael, el hermano mayor, fue expulsado al desierto siendo apenas un adolescente, casi sin agua y con el estigma del rechazo familiar. Isaac, en cambio, se había quedado con los privilegios, las tierras y el estatus de hijo único.
Por eso, cuando el texto dice que Isaac e Ismael se juntaron para enterrar a su padre, el silencio de la escena es lo que realmente importa. La tradición no menciona discursos ni reclamos. Muestra a dos hombres uniendo fuerzas para trasladar el cuerpo del hombre que les dio la vida y depositarlo en la misma cueva donde yacía inhumada Sara (quien exigió la expulsión de Ismael).
Los dos hermanos hicieron un titánico esfuerzo de contención y empatía. Ismael dejó de lado el rencor del desterrado. Isaac zanjó el orgullo del preferido y miró de frente al hermano que su propia familia había lastimado. Frente a la realidad de la muerte, el pasado dejó de importar. No se presentaron como el elegido y el paria; simplemente, como dos hijos a los que el dolor de la pérdida los igualó en condiciones.
Llevar esta parábola al presente no es un llamado a la conversión religiosa, sino una súplica a la cordura. La gran lección de Macpela es que la paz no empieza con inútiles decretos políticos, sino cuando cada sociedad es capaz de entender el sufrimiento de la otra, porque no se puede utilizar el dolor propio como licencia para desconocer o eclipsar el dolor ajeno.
En el conflicto actual, el pueblo judío arrastra un sufrimiento histórico e innegable: siglos de persecución, el horror del Holocausto y el temor constante al exterminio. Por su parte, el pueblo palestino sufre el trauma del desplazamiento, la humillación diaria de la ocupación y la pérdida de sus hogares ancestrales.
El gran drama de los últimos tiempos es que cada bando utiliza sus propias heridas como un escudo, convirtiendo el sufrimiento colectivo en una lamentable competencia por ver quién o cuál es más víctima.
La historia de estos dos hermanos enseña que el verdadero avance ocurre cuando se es capaz de mirar a quien considerás enemigo y entender que su dolor es tan real y legítimo como el tuyo. La madre que llora a su hijo en Israel siente exactamente el mismo vacío en el alma que la madre que busca al suyo entre los escombros en Gaza. El luto no tiene bandera.
Asimismo, este reencuentro ofrece un aspecto fundamental de la convivencia: después de enterrar a su padre, Isaac e Ismael no se sometieron, ni uno obligó al otro a cambiar de vida. Cada uno mantuvo su identidad, se respetaron en la diferencia y regresaron a sus tierras por caminos separados.
Esto demuestra que la paz en la región no exige que los israelíes adopten la narrativa árabe, ni que los palestinos olviden su historia y su identidad. No se trata de borrar quién es cada cual. Se trata de aceptar la realidad geográfica e histórica: son dos comunidades distintas, nacidas de una misma raíz cultural, que están ya destinadas a compartir el mismo territorio.
La situación no consiste en borrar al vecino del mapa, sino en aprender a gestionar la vida junto a él.
Por desgracia, los sectores más extremistas de ambos bandos prefieren ignorar este pasaje. Eligen arrancar las páginas que hablan de tregua y perdón y centrarse únicamente en los mitos que justifican la exclusión, la guerra o el derecho exclusivo sobre la tierra. Al hacerlo, traicionan la esencia de su propia historia compartida.
El único camino para salir de la oscuridad es que estas dos religiones hermanas recuerden la lección de la cueva de Hebrón. Hace falta que los líderes y los ciudadanos miren más allá del humo de los incendios, reconozcan el rostro del vecino y entiendan que, desprovistos de dogmas y armas, están frente a su propio hermano de sangre y de dolor.



