En Madrid, el verano es “un infierno”. Al calor se sumaron los incendios. Desde la capital española, es lo primero que cuenta el escritor argentino Ezequiel Pérez cuando atiende el llamado de Radio Universidad.
El motivo de la comunicación es para hablar de su novela “Hay que llegar a las casas”, pero la realidad inmediata domina la conversación. “No soporto el calor”, exclama, porque desde hace semanas no afloja, sumado a los incendios que causaron estragos en poblaciones cercanas. Junto a su esposa, de nacionalidad española, el escritor hace tres años que vive allí.
Sus orígenes cerca del río
Pérez nació en 1987 en Villa Ramallo (a 210 kilómetros de la Capital Federal, por la Ruta 9) y aclara que no es lo mismo que Ramallo, la ciudad cercana. Es conveniente no confundir los tantos para evitar meter la pata y ahondar cierta disputa vecinal.
La biblioteca popular del pueblo fue la puerta de acceso a los libros. “Era un lujo tener ese lugar. Mi acercamiento a la literatura fue tardío, no crecí en una casa de lectores avezados”, define. Y los textos inaugurales no tuvieron un hilo conductor. “Leí sin rigor, me guiaba por los títulos o las portadas”, cuenta. A los 18 años se mudó a la ciudad de Buenos Aires para estudiar Letras y empezó a leer de manera “organizada”.
El escenario pueblerino de su infancia asoma de manera potente en su primera novela “Hay que llegar a las casas”, que fue reconocida con el Premio Especial del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes y finalista del Premio Medifé/FILBA 2022. La obra fue editada por Libros de UNAHUR (Universidad Nacional de Hurlingham) en 2021. En agosto de este año será relanzada por la editorial Eterna Cadencia.
El argumento habla de un joven que regresa a su pueblo natal tras muchos años de ausencia. Las noticias no son buenas porque una tragedia ha sacudido a la familia. “¿Qué pasó, Abel?”, le pregunta el protagonista a su padre. La respuesta es simple y brutal: “Andrés se pegó un tiro”. Era su hermano.
El sonido de las palabras
El título suena de una manera particular porque no es lo mismo decir “las casas” que “la casa”. “Es una forma de hablar pueblerina. Lo elegí porque sonaba a estar volviendo siempre a un lugar”, define, y agrega: “La novela tiene un lenguaje discreto y los diálogos se expresan de a poco, son escuetos. Es la forma que mis amigos y yo hemos tenido siempre. Crecí en un lugar donde las palabras no salen de manera fácil y menos aun las cosas complejas. Lo gestual es central”.
Hay una línea de la novela que arropa a esa forma de ser: “Esta hora de la tardecita que las horas no pasan. O, en realidad, gotean”. Ezequiel trae a la conversación el cuento “El fin”, de Jorge Luis Borges, y una frase señera: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos…”
De nuevo los silencios, los gestos, como los diálogos entre el protagonista y su padre o los paisanos borgeanos que “conversan un truco” sin levantar la voz.



