Dos pinchazos al año. Es lo único que se necesita para protegerse del VIH con el lenacapavir, un medicamento revolucionario que promete ser el principio del fin de la epidemia, pero que aún anda a paso lento. Tiene una eficacia cercana al 100% y ya se está distribuyendo en pequeñas cantidades en nueve países africanos considerados prioritarios. En países de renta media, como los de Latinoamérica, aún no ha llegado, a pesar de que sus habitantes participaron en los ensayos clínicos. La conferencia internacional de VIH/Sida, celebrada en Río de Janeiro hace unos días, estuvo marcada por las protestas contra la empresa farmacéutica que desarrolló el medicamento y que, de momento, tiene el monopolio mundial, la estadounidense Gilead Sciences.
“Testado en Brasil, negado a los brasileños”, “Usan nuestros cuerpos y después nos niegan el acceso”, decían algunos de los carteles de los manifestantes en la primera jornada del evento. Países como Brasil, México, Argentina o Perú quedaron fuera del acceso a la versión genérica del medicamento, a pesar de que especialistas y organizaciones como Médicos Sin Fronteras defienden que el lenacapavir puede ser producido por apenas 40 dólares al año en todo el mundo. En Estados Unidos, Gilead Sciences lo vende por 28.000 dólares (24.300 euros) por paciente, incluyendo las dos dosis anuales.
Hace un año, el Fondo Mundial y el Pepfar (el Plan de Emergencia del Presidente de EE UU para el Alivio del VIH/Sida) lograron un acuerdo con Gilead para poder suministrar esta profilaxis previa a la exposición (PrEP) a dos millones de personas en países de ingresos medios y bajos hasta 2028. El vicepresidente de la empresa, Jared Baeten, afirmó, en una rueda de prensa en la conferencia, que se han firmado acuerdos con seis fabricantes de medicamentos genéricos para abastecer a 120 países, con lo que se espera que antes de que acabe el año 600.000 personas estén en tratamiento.
En abril, el Fondo Mundial anunció que ampliaría su acuerdo para beneficiar a tres millones de personas. Esto permitiría extender la introducción del lenacapavir a 12 países adicionales. Entre ellos, República Dominicana, Haití y Honduras. Aunque el despliegue aún no ha comenzado, el Fondo Mundial espera que estos tres países de América Latina y el Caribe reciban los primeros lotes antes de que finalice el año y que empiecen su distribución entre la población poco después. “Hemos estado animando a todos los países que recibirán lenacapavir a introducirlo mediante un enfoque gradual y operativamente realista, alineado con el nivel de preparación de cada país, la capacidad de prestación de servicios y la financiación disponible”, ha explicado la organización a este diario a través de correo electrónico.
No obstante, para los activistas, y para la ONU, el alcance del lenacapavir aún es insuficiente. “¿Cómo es posible que Latinoamérica continúe siendo excluida de las licencias de medicamentos que salvan vidas?”, denunció en la conferencia Winnie Byanyima, directora del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/Sida. En su opinión, es totalmente factible eliminar el VIH como amenaza global a la salud pública antes de 2030, pero todo depende “de elecciones políticas”.
¿Cómo es posible que Latinoamérica continúe siendo excluida de las licencias de medicamentos que salvan vidas?
Winnie Byanyima, directora del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/Sida
La presión para que el lenacapavir desembarque en toda Latinoamérica no se da solo por una cuestión ética, por el deber moral de compensar a quienes prestaron sus cuerpos a la ciencia, sino también por motivos prácticos. En Latinoamérica, 2,6 millones de personas viven con VIH y, en 2025, se registraron 28.000 muertes relacionadas con la enfermedad. Aunque la tendencia global ha sido la reducción de casos, en Latinoamérica ha ocurrido lo contrario: entre 2010 y 2024, aumentaron un 13%. En Brasil, el país más poblado de la región, han aumentado un 25%, de acuerdo con el Ministerio de Salud.
Un cuarto de las nuevas infecciones por VIH se dan en los países excluidos de los actuales acuerdos para producir genéricos.
Por eso, durante la conferencia, los activistas redoblaron la presión para que Brasil tome la delantera. “Los de Gilead han venido aquí con las manos vacías, con palabras vacías (…) queremos que Brasil lidere y que sea un ejemplo para todos, que rompa el monopolio”, decía Asia Russell, directora de la organización Health Gap.
El papel que desempeña Brasil en este momento puede ser clave, tanto por su peso geopolítico como por su tamaño (más de 210 millones de habitantes) y porque se enorgullece de tener un sistema público de salud universal, que a pesar de sus carencias, es el más grande del mundo y no deja fuera a ningún brasileño. Tampoco a extranjeros. Brasil tiene un largo historial de éxitos contra la epidemia del VIH/Sida. En diciembre del año pasado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó al país por la eliminación de la transmisión vertical del VIH, de madre a hijo.
El ministro de Salud, Alexandre Padilha, afirmó esta semana que Brasil estaba dispuesto a pagar por el lenacapavir hasta 19 veces más que el valor ofrecido a países de perfil económico parecido, como Indonesia o Tailandia, pero el laboratorio no aceptó la propuesta.
“Innovación sin acceso es injusticia. Vemos con mucha esperanza las nuevas tecnologías de medicaciones inyectables (…) pero exigimos que estén disponibles, sobre todo para los sistemas nacionales de salud, a precios adecuados, no estratosféricos. No vamos a drenar recursos que son fruto de los impuestos de los ciudadanos para beneficiar a una única empresa”, criticó el ministro en el inicio de la conferencia.
Innovación sin acceso es injusticia. Vemos con mucha esperanza las nuevas tecnologías de medicaciones inyectables (…) pero exigimos que estén disponibles
Alexandre Padilha, ministro de Salud de Brasil
En ese contexto, crecen las presiones para que Brasil dé un golpe sobre la mesa y rompa la patente. Desde el punto de vista legal, el país podría recurrir a la autorización obligatoria en situaciones consideradas de interés público, como hizo en 2007 con el antirretroviral efavirenz, del laboratorio estadounidense Merck. El precio cayó un 70%.
La opción no parece estar sobre la mesa, aún menos con Brasil en una relación más tensa que nunca con EE UU, acorralado por aranceles y sanciones que, de hecho, el año pasado afectaron al propio ministro de Salud. Durante la conferencia, el ministro prefirió no hablar de esa posibilidad más radical y dio a entender que sigue confiando en las negociaciones con Gilead. A falta de que llegue el revolucionario lenacapavir, Brasil anunció que de momento incorporará a la sanidad pública el cabotegravir, que también es inyectable, aunque exige un pinchazo cada dos meses.

